jueves, 7 de enero de 2016

Día 599: Descanso

      Fresco como una lechuga. Nadie malograría su mañana. Salvo esos estúpidos radares. Estaban por todas partes, la comida, los sueños, la calle, en las palabras de mamá. Nada se escapaba a su visión periférica. Estaría mejor debajo de una tumba, pensó. Pero eso sería igual a morir. Nadie quiere eso, salvo que se esté enfermo.
      Enfermo. Enfermo. A veces dudaba de la cordura que podía llegar a esgrimir las veces que salía y entraba al paredón. La tarjetita lo distinguía de los locos. Ya no la necesitaba, porque todos en el pabellón lo conocían. El doctor Stein y su rigurosa calvicie. Aún así, luego de diez años de trabajo ininterrumpido en el ala psiquiátrica B, Stein nunca olvidaba su tarjetita. 
      Es para recordar quien soy. Por si lo olvido. Sé que algún día caminaré entre ellos, como un igual. Esos pensamientos lo atoraban cada vez más. Es el contacto, el maldito contacto. Necesito unas vacaciones para asfixiar la transferencia. Unas vacaciones, largas. 
      El doctor Stein coordinó con la junta directiva las fechas. Estaría fuera del país a partir de Febrero y volvería al trabajo a mediados de Mayo. Tres meses y medio, lo que correspondía si se sumaban todas las vacaciones que le debían y la carpeta por estress. 
      El psiquiatra tomó el crucero junto a su mujer el 2 de febrero. Un viaje de treinta días por todo el Mediterráneo. Una joya inolvidable, así se lo vendieron de la agencia de turismo. Y les creyó, los muy bastardos. Lo último que necesitaba ver era agua. Con razón Coleridge escribió ese poema. Con razón los gatos les tienen tanto temor. El agua es lo peor que nos puede pasar como humanidad.
      Stein trató de serenarse. Después de todo, las vacaciones era un regalo postergado que le debía a Alicia casí desde sus primeros aniversarios de casados. Los hijos, el trabajo y los nietos después fueron postergando la fecha definitiva. Al final llegó el día cercano al ocaso de su carrera, ¿y de su vida? ¿Moriría arriba de ese bote como los tarados del Titanic? Necesitaba un trago urgente. 
      El bar del crucero servía una amplia variedad de cervezas y tragos tropicales. Extraño, estamos en invierno y en Europa. Deberían tener vodka, tal vez grappa. O un vino espumante. Stein pidió un martini dry, pero sin aceituna. Se señaló el estómago, como indicando que le caía mal. El barman ignoró las señas y colocó una aceituna del tamaño de un meteorito. 
      Jugó con el escarbadiente entre las manos hasta que lo arrojó al piso. Un oficial de a bordo le indicó que estaba prohibido arrojar comida al piso. Stein hizo un gesto obsceno señalándose la entrepierna. La conversación empezó a encenderse. Para ese entonces, el hombre estaba tan borracho como lo podría estar un marinero tras cinco años en altamar. 
      La discusión se convirtió en gritos de cavernícolas. Stein trató de neurótico compulsivo al oficial de a bordo. El oficial respondió en italiano. Parecían malas palabras. Escupió el piso y lo señalaba compulsivamente.
      Stein, cansado del bochorno, se retiró a la baranda. Encontró a su mujer. Lo había escuchado todo. Sus manos se entrelazaron. Ella sonreía. Recuerdos. Se sentía tan enamorada. Como el primer día. Stein era un nervio caminando. ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué tengo que hacer? Alicia permanecía tranquila. Nada podía alterar su calma. Nadar, le dijo. Tenés que nadar hasta relajarte. Alicia acarició la cabeza de Stein y le dio un beso maternal.
      Stein asintió. Los anteojos cayeron al piso. Luego se despojó de la remera y la malla. Stein estaba como vino al mundo. Un viejo arrugado. Nada parecido a un bebé. Ensayó su mejor postura de nadador consumado y se tiró al mar. Y nadó. Nadó. Nadó. Hasta que las fuerzas lo abandonaron. Y así se relajó.

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