viernes, 8 de enero de 2016

Día 600: Seis años sin accidentes

      Los recuerdos venían, a través la humedad, en forma de agua evaporada. Sería una mañana calurosa, tal como lo indicaba el pronóstico del tiempo. Uno de los abuelos farfulló una frase sin sentido antes de que la enfermera se acercara con el desayuno y su medicamento en una bandeja rota.
      El geriátrico despedía un halo de muerte por doquier. Las paredes negras de tantos hongos lo sabían. El edificio tenía las horas contadas. Esa mañana, en particular cálida, nadie sospechó que lo peor estaba por venir.
      La idea, como siempre, vino de Richard. Todas las malas ideas eran de su autoría. El tipo pareciera que se esforzara en crearlas. Es un Zeus venido a menos, solía comentar jocoso un viejo profesor. Richard era el supervisor del turno de mañana. Su trabajo era tratar de que no se muera ningún anciano. Para eso le pagaban los familiares gordas mensualidades. Y hacía bien su labor. Seis años. Esa es la cuenta que llevaba. Seis años sin accidentes.
      Y de seis años atrás venía el recuerdo, como si fuese hoy. Tan fresco en su memoria. Pobre viejo, una insuficiencia cardíaca. Tenía el reloj con poca batería. El hombre jugaba al truco de a cuatro. Su cabeza quedó colgada del cuello. Frente a todos. Quedó frito. Terminal. Richard aún se culpaba por su muerte. Podría haber hecho algo para estirarlo. Seguro. Aumentarle la dosis, algo. Ese viejito le representaba dos mil dólares mensuales. Dos mil dólares menos. Con ese dinero podría haber arreglado el ventilador del salón, seguro. Ese día con altas temperaturas le habría venido bien un poco de ventilación extra.
      Richard sufría mucho el calor, tanto como sus huéspedes. Resoplaba mientras inspeccionaba que todo estuviera en orden. Hasta los cuarenta nunca había tenido problemas de peso. Ahora le sobraba por todas partes. Me voy a morir acá, hoy, pensó.
      Y con el calor llegaban sus ideas alocadas. Paseos en la plaza. Jornadas de gimnasia aeróbica. Exhibiciones de teatro montadas por los mismos ancianos. A los viejos no le gustaba una mierda tanto movimiento. Ellos querían sentarse a mirar televisión y en lo posible morirse sin darse cuenta. A eso aspiraba la mayoría. A Richard eso le importaba un carajo. Quería personas sanas para mantener la economía del lugar y de su billetera. 
      Esa mañana de humedad asesina llegó con una nueva idea devastadora. Richard anunció con bombos y platillos el cronograma del día. Repetía cada viernes lo mismo. Eran sus viernes de "creación". Hoy le tocaba el turno al arte. Arte dramática le llamó. Unos cuantos payasos fueron entrando al salón. Cada uno de ellos tenía unas grandes valijas de colores. 
      No se sabe si esos payasos tuvieron la mejor actuación de su vida, o quizás la peor. Su aspecto de reclusos no ayudaba. Nadie se lo vino venir. Cuando el susto le llegó al primer viejo, pasó inadvertido. Para cuando el segundo viejo se ahogó con el desayuno, ya era demasiado tarde. Sin vuelta atrás, todos en la sala empezaron a morirse, como lemmings en una orquesta, estuvieron todos de acuerdo.
      Richard no dio crédito a lo que ocurría. Se preguntó si alguien envenenó el agua. ¿Cianuro tal vez? No, eso es una idea nazi de película. Un espectáculo shakespereano. No quedó uno solo en pie. Quince viejos en total. Treinta mil dólares a la basura. Richard observó a los payasos sin decir palabra. Acarició el cable del teléfono y emitió un largo suspiro. Sería una mañana calurosa.

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