sábado, 9 de enero de 2016

Día 601: El hombre equivocado

      Podría haberse preocupado en romper el hechizo, pero esta noche lo dejó pasar. El perro hacía su trabajo. El universo estaba mantenido a raya, o al menos eso le gustaba creer antes de que Morfeo tapara de arena su cabeza.      Despertó con la salida del sol. Sintió algo de frío en los huesos por lo que decidió encender el fuego.
      Desayuno de campeones, dijo, mientras vertía un chorro del líquido de su petaca sobre una sartén negra del uso. Un desperdiciado momento en la fuga. Fugitivo se toma el tiempo para desayunar y es atrapado mientras trataba de digerir una sartenada de porotos rehogados en whisky. Algo así iban a decir los titulares si no se apuraba.
       Es la vida de mierda de todo lo que algún día el hombre creyó injusto. Lo perseguían desde hace meses, es cierto. Era un criminal, también es cierto. Pero nunca de los crímenes que le atribuían. Podría haberse llamado a sí mismo el hombre equivocado. El que nació en un tiempo equivocado, el que se paró en un lugar equivocado. Y cosas así. 
      No es que tenga pensamientos muy moralistas que digamos. A veces el asesinato es un acto justificado. Sobre todo si se actúa en defensa propia. Pero él no había matado a nadie. Esa mujer fue degollada por otra persona. Las personas, por cierto, son extrañas. Sin ir más lejos hace un año atrás era uno de ellos, un tipo común sin grandes aspiraciones, un patriarca de familia. Dos hijos, una mujer con cierta belleza, si se quiere. ¿Desde cuándo lo suyo era la fuga? Podría haberse entregado, es cierto. Incluso habrían descubierto su inocencia, también es cierto. ¿Qué le llevaba a mover los pies como un condenado? ¿Tendría un grado de culpa hasta ahora desconocido para él? Debería descubrirlo en el camino. 
      Por suerte el perro servía de ayuda. Esa porquería con pelos lo viene siguiendo desde su casa. Calculó unos quinientos kilómetros. Todavía no había llegado a la frontera de la provincia. Tengo tiempo para quedarme tranquilo, son unos cuantos kilómetros más. Esta noche llego, seguro.
      El sol cayó sobre el horizonte mucho más rápido de lo esperado. Las estrellas iluminaban el camino junto a una luna gorda de tanta luz solar. La tranquilidad poco a poco se fue desdibujando. El paisaje solitario por el que caminaba, silencioso, empezaba a ganar en sonidos, primero distantes, luego cada vez más cercano. ¿Serían las voces? No, no se podía engañar. Los patrulleros, se acercaban. Ruido de sirenas, inconfundible. Final de la ruta. Debería sucumbir a sus convicciones, vaya uno a saber cuáles eran. El hombre equivocado acarició a su perro y dejó que la hoja del cuchillo se deslizara por el cuello del animal. Pronto iba a comprobar su inocencia. El momento había llegado.

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