lunes, 11 de enero de 2016

Día 603: Reptil

      No dejes que la paranoia de este mundo te haga estallar, me dijo. Es curioso, porque segundos después un misil aire-tierra voló en cientos de pedazos el cuerpo de mi compañero de guerra. En realidad no recuerdo si terminó la frase o si yo la completé con mi mente. Esa parte se me hace borrosa. Se imaginarán. Tuve que correr como un condenado para salvar mi mierda de vida.
      Corrí durante kilómetros como un maratonista consumado. A mis espaldas sentía las balas que trataban de alcanzar mi preciado no-cadáver. Llegué a las inmediaciones de un campo, ocurrió que salté la tranquera de una. Si me hubieran visto habrían pensado que era todo un deportista. Nada más cerca de eso. Tres atados de cigarrillos al día y una botella de whisky al día pueden  atestiguar lo contrario. Aún así salté esa tranquera como si no midiera un metro cuarenta de alto. Busqué refugio donde pude. Encontré un establo y me metí en una pila de mierda.
      No sé cuanto tiempo habré estado metido ahí dentro. Para mí fue una eternidad. Aunque seguro no debe haber sido más de dos minutos. Me quedé hasta que el ruido de las ametralladoras pareció alejarse. Entre tanto me entretuve con imágenes mentales de películas. Recordaba Pelotón y también Apocalypsis now. También se me vino a la cabeza ese personaje de Schwarzenegger que se embarra todo para no ser percibido por un extraterrestre mata todo. Algo parecido conmigo, pero con caca. Un cerdo que se encontraba dentro del establo me miró por unos segundos y creo que se alejó asqueado. Lo entiendo, juro que lo entiendo.
      Y adentrado en la casa maldita toda la puta paranoia del mundo se desató sobre mí. El lugar era un bunker de una guerra futura. Ninguno de los militares allá convocados podía observarme. Y, por más extraño que parezca, a ninguno le llegó mi fragancia a mierda. Estuve ahí como veinte minutos, un fantasma, mientras cinco personas de alto rango militar decidían el porvenir de sus naciones.
      Escuché con atención lo que decían, pero poco logré entender. Era una torre de Babel. Y yo que nunca fui muy hábil con los idiomas. Noté caras de preocupación. Un gran mapa, y alguien que movía piezas. Algunas con forma de bomba, otra con forma de personas. Incluso naves desconocidas para mí. De todos modos lo más asombroso fue cuando uno de los generales presentó un gran mapa.
Era mi cuerpo. Esas porquerías estaban dentro mio. Y yo pude ver lo que pasaba. Me autoengullí, por decirlo de algún modo. Una puesta en abismo ontológica. Me pregunté cuántas veces podría tragarme a mi mismo sin desaparecer. Dejé de hacerme esa pregunta porque sonaba idiota. Y porque al fin y a cabo, estamos en guerra.

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