miércoles, 13 de enero de 2016

Día 605: Autoservicio

      Fantasmas atrapados en un disco de 78 revoluciones, eso eran. La música de los muertos inundaba el local a medida que se llenaba.
      Dos parroquianos discutían abiertamente ciertas teorías respecto a la eutanasia. ¿Homicidio asistido o suicidio involuntario? Detrás de esa clase de preguntas alquitranaban sus cerebros. El alcohol empezaba a hacer efecto. Uno de ellos habló en una lengua desconocida. El diablo se metió en la botella, pensó su contrincante.
      Son los fantasmas. Las voces grabadas de las personas que abandonaron el plano de nuestra existencia. Música de muertos que contagia e invita a la locura prematura. Todos en el bar empezaron a enloquecer. Bailaron una danza quebrantahuesos. Salvo esta persona. Agradeció al diablo su sordera. Sólo tenía que bajar el volumen del aparato colocado sobre su oído sano y adiós mundo.
      Adiós disco de los muertos. Adios locura. Adiós a las personas que dicen cultivar su ego en el sótano. Adiós a sí mismo. El parroquiano bebía de a grandes sorbos su cerveza. Pronto tendría que servirse otra él mismo. El dueño del bar se retorcía en el piso. Como en esos rituales umbanda en el que las personas adoptan poses extrañas. Boludeces.
      El mundo necesita calmarse, pensó. Rebajar un cambio a la marcha. Pronto estaría muerto, es cierto. Cuestión de meses. Años. Segundos. Es tan inevitable como el meteorito que hizo papilla a los dinosaurios. Él mismo era un dinosaurio en su mundo. Un sordo amateur. El disco emitía sus fantasmas, ajeno al desastre provocado. Una melodía atona. Esa voz. El cantante muerto. Un grabado eterno. El parroquiano se sirvió otra cerveza. Cuánta sed.

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