viernes, 15 de enero de 2016

Día 607: Humo sobre la tierra

      Pensar que acá cago Gillan, wow loco, wow, dijo el guitarrista. La banda sabía que algo épico se avecinaba una vez que las puertas del casino de Montreaux se abrieron a sus pies. Una pequeña placa conmemorativa tenía la fecha del incendio épico que dio origen a Smoke on the water. La banda de Frank Zappa ofició de huésped de un tarado con bengala que incendió todo el lugar. El humo sobrevoló el lago Lemán. Allá estaban, ellos, los ídolos del conurbano, parados sobre un cerámico de la historia del rock and roll.
      El encargado solicitó, amable, los datos de cada uno de los integrantes de la banda para chequear las reservas. El baterista, que jugueteaba compulsivamente con sus palillos le increpó, en argentino: "mirá papá, acá venimos a grabar, danos una habitación barata, llevamos nosotros los equipos" luego miró al resto de sus compañeros con una sonrisa cómplice de "lo estoy haciendo bárbaro".
      No entiendo español, dijo el encargado. Speak english? No te entiendo un culo pa, habiteishon, ¿capish? El intento de charla prosiguió unos cuantos minutos. En eso cayó el supervisor, que si hablaba un poco de español. Le explicó a la banda que el hotel no tiene vacantes hasta enero. Que las reservas deben hacerse con al menos seis meses de antelación. A lo sumo puede tomarle una seña de cien euros para una semana de Febrero.
      ¿Este gil qué come? Saltó el guitarrista. Necesitamos una habitación por una noche nomás. Es por la inspiración del lugar, chabón. Queremos hacer algo grande como Purple, vieja.
      El supervisor, que poco entendía de ciertos localismos del español, explicó con paciencia que ninguna reserva puede hacerse menor a la semana. Son las reglas de gerencia.
¿Podemos pasar al baño? ¿Los cinco? Grabamos un cacho y listo. La situación se volvía incómoda. Unos gestos furtivos entre el supervisor y su encargado dieron pie al procedimiento para estos casos. En cinco minutos la famosa banda de rock del conurbano estaba rodeada de diez guardias de seguridad del tamaño de un jugador de rugby inflado de esteroides. 
      Se nos acabó la suerte, viejita, suspiró para sus adentros el bajista. ¿Un último vals? Preguntó el cantante. Un ultimo vals. A lo titanic. Desenfundaron instrumentos y tocaron. Tocaron el rock del alma. La mejor canción de la historia. Nunca mas la grabaron. Todos los miembros de la banda terminaron en el hospital, con grandes golpes en la cabeza y con un solo recuerdo de haber tomado un cierto avión a Europa.

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