domingo, 17 de enero de 2016

Día 609: Rehabilitación

      Anochecía y el cielo estaba cargado de electricidad. Pronto caerían unos cuantos rayos por varios lugares. Eso nadie lo dudaba. La naturaleza perra. Mientras tanto, un empleado de la municipalidad terminaba de juntar las últimas hojas arrancadas por el Otoño. El hombre decía por lo bajo: "debo controlarme, debo controlarme" Por supuesto se refería a la bebida. A esa hora le gustaría estar más que borracho.
      Eso ya no correspondía. El empleado tiene que caminar unas cuadras hacia su casa. La lluvia empieza a nacer. Antes la vida era fácil. Llueve y me protejo. El bar de la esquina, que recibe a todos en su seno. El hogar de los desamparados y los pollitos mojados por las tormentas post estivales. Sería fácil entrar, pedir una grappa y tomarla hasta que ver el vaso sin líquido. Sería fácil. 
      Pero no, había adoptado el camino difícil. El de la confrontación. Su mujer le había asestado dos cross y un gancho. Se descubrió tarde en la lona. Borracho, alcohólico. Vas a perder a tu familia. No te va a quedar ni el perro. Mojarte es lo de menos. El camino difícil. El rodeo eterno hacia el hogar. El hogar verdadero.
      Tenía la garganta reseca. Así debe ser la sed cuando se está en el desierto. Claro a que las personas normales se le antoja un vaso con agua. No debo mirarlo, se dijo. Autocontrol, respiro. La puerta del bar tenía una boca de diablo que llamaba al hombre. Le acariciaba el oído, le decía cosas cariñosas, como una mujer excitada al borde del orgasmo. Tentación acuciante. Autocontrol. 
      Una vez que los pasos lo acercaban a su casa el rictus se relajaba. Ya pasó. Libertad condicional. Su mujer le tendría preparado el café, su droga sucedánea. Charlarían un rato y luego irían a la cama para mirar un poco de televisión. Con suerte harían el amor durante cinco, diez minutos. Y ella prepararía la cena. Luego se sentaría a la mesa y observaría a la ventana. Las gotas caen, gordas, irregulares sobre el vidrio. Su mirada está extraviada. Quiere mirar más lejos de lo que le permiten los ojos. Sabe que detrás de la tormenta va a encontrarlo. Esa sombra chinesca, que lo llama, lo llama, y no lo deja de llamar. 

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