lunes, 18 de enero de 2016

Día 610: La rueda gira

      No padecimos esa gripe que los mató a todo. Por suerte. Nos mantuvimos fuera del radar de la plaga por mucho tiempo. Salimos de un bunker enterrado a reclamar los restos de un planeta hecho mierda. Nadie dijo nada. Estaban todos muertos. Había mucho, pero mucho para pedir prestado. Casas, teléfonos, comida, televisores de ochenta pulgada, perros, y cosas así.
      De mi contingente éramos doce personas, todas sanas. Cinco mujeres y siete hombres. Ningún niño. Todos adultos. A decir verdad ninguno tenía una pareja estable, y no sé cuántos de nosotros realmente tendrá capacidad para reproducirse. Es que nadie lo dice así de forma abierta, pero algún día va a llegar esa pregunta incómoda. Esa duda lacerante. ¿Somos solo nosotros?
      Nada más inquieta que saber la verdad. Si así fuese, nos veríamos en la penosa tarea de perpetuar la especie, si así lo deseáramos. En caso de que existan otros grupos, el panorama sería aún más complejo. Quizás algunos intenten forzar a nuestras mujeres, o tal vez intenten convencerlas por las buenas. O por ahí deciden reproducirse entre ellos.
      En todo caso no sé las respuestas a esos interrogantes porque todavía no hablamos nada. Nos decimos cosa estúpidas entre nosotros, chistes como para aligerar la carga de esta soledad cósmica. Después, el resto del día, lo pasamos en silencio. Mientras comemos, dormimos, caminamos, nadie habla. Es como una especie de gran respecto hacia el gran cadáver de la humanidad.
      No creo que falte la hora de que empecemos a actuar como unos enfermos depravados. Seguro vamos a empezar a mirarnos con recelo. Y cuando llegue ese momento nos vamos a comer entre nosotros. Alguno asesinará al otro. Llegado el caso también accederíamos a violar a nuestros amigos. Vaya uno a saber, tal vez eso podría ser un nuevo principio, una nueva oportunidad para los seres humanos.

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