jueves, 21 de enero de 2016

Día 613: Portalitis

     Anoche tuvo un sueño de los más extraño. Se preguntó si no fue por tomar mucha Coca cola. Es que todo parecía tan real. Los monstruos. El oboe. La sensación de un ano desgarrándose. Luego la noche y las estrellas, que se caían de punta, sin seguir un orden. Luego se despertó hecho un mar de sudor. Su mujer roncaba como una buena máquina de cortar pasto echada a perder.
     Tuvo esa sensación de culo roto toda la mañana. Desvirgado por un oboe, eso sí que sería un buen titular para algún diario amarillo. A veces los sueños parecen muy reales, pero este es como que pasó de verdad. Llegaría a la oficina y se revisaría bien, a ver si encuentra algo. Ahí estaba, incrustado, un precioso oboe de doce mil euros.
     Un ruido feo inundó la habitación, fueron los guantes de látex que aprisionaban las manos del proctólogo. Introdujo el dedo anular muy despacio, hasta chocar con la madera del instrumento. Esto va a doler, pensó. Esto va a doler, dijo el médico adivinando sus pensamientos. Muy de a poco salió. Por una cuestión extraordinaria no necesitó una cirugía mayor. Solo unos cuantos puntos de sutura y su culo estaba listo para salir una vez más a la calle.
     El proctólogo se felicitó a sí mismo por la extracción exitosa y advirtió algo, pero se detuvo. El paciente le preguntó si podía volver a ocurrir. No estoy seguro, fue la respuesta. Es un caso extraño. ¿Está seguro que no tiene problemas de memoria? ¿Considera que sus actividades sexuales son normales? ¿Tiene enemigos? Y preguntas de ese tipo relacionadas a la posibilidad de que alguien pueda meterte un oboe en el culo. No sé, pero puede. Ese fue el veredicto final, pero puede.
     Puede ser. Puede salir. Puede que no. Puede. El acto inconcluso del médico lo llenó de terrores. Y todo habría sido una experiencia feliz, hasta que empezó a sentir el peso de un trombón colgándole de la nariz. Acá debe haber algo sobrenatural, reflexionó.
     Su reacción fue de lo más normal. Creía en todas esas cosas que le mostraban los documentales: aliens, conspiraciones, fantasmas, gnomos y otras yerbas alucinógenas. No tardó en contactarse con un parapsicólogo, para su suerte, uno de los más serios del mercado. El experto le explicó que lo que ocurría allá debajo es un caso de portalitis.
     La portalitis es una enfermedad paranormal que se relaciona con el crecimiento insospechado de la energía psíquica de un sujeto, lo que hace que sea capaz de desarrollar portales interdimensionales a lo largo de los orificios dentro de su cuerpo. Si, eso debe ser, afirmó, sin muchos ánimos. ¿Cómo curarlo?
     Es sencillo, respondió el parapsicólogo, La portalitis siempre trabaja desde dos extremos. Un conductor. Un receptor. Usted recibe. Falta encontrar el emisor. Y se tapa la puerta y listo.
     El otro extremo del portal no tardó en aparecer. La noticia sí salió en un diario amarillo. El artículo narraba la inusual desaparición de instrumentos musicales en una sala de concierto. De acuerdo al director de orquesta, en lo que va del mes llevamos perdidos tres flautas, dos oboes, un fagot y cinco violines.
     El violín dolió. Para el resto el culo se acostumbró. En poco tiempo lograron tapar la puerta. Aunque desde ese entonces comenzó a sentir un vacío que ya nada pudo llenar.

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