sábado, 23 de enero de 2016

Día 615: La mordidita

      Debajo de esas calzas tenía escondido un orto como para veinte. La piba estaba para el asesinato, no hay discusión. ¿Pero que podía mirar ella en él? Un viejo verde, nada más. Es verdad que aún con setenta y dos años podía mantener una erección por un tiempo considerable, ¿pero cómo estás explicárselo a una chica de no mas de veinticinco años?
      De repente el milagro. La piba se acerca. Sabe contonear bien ese culo que la creación le dio. Se sienta al lado del viejo y susurra: "me parece que vos me querés coger" el hombre se hace el desentendido, pero la lascivia que brota de su entrepierna no puede decir lo contrario. Me declaro culpable, su señoría, dice el viejo con sorna.
      La cabalgata duró una hora reloj. La piba gemía y gemía. Por primera vez en su larga carrera sexual no pudo esconder los orgasmos que saltan de su cuerpo como una ametralladora de sentidos. El viejo se ocupaba de la tarea con diligencia. Una sola gota de sudor colgaba de su sien. Se hacía cada vez más larga. Casi hasta descender hasta la garganta.
      La piba acabó tres, cuatro veces. En un momento perdió la cuenta. También los estribos de su voz. Gritaba en el más absoluto ardid de placer. El viejo conocía el oficio mejor que nadie. Dónde tocar y cómo. En un momento, el mejor de la velada, el miocardio dio claras señales de huelga. Quedó tan duro como la cama. El infarto, así como la mejor cogida de su vida, había sido un éxito.

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