martes, 26 de enero de 2016

Día 618: Vox

      El mago se acercó al niño y le contó cómo funcionaba el truco. Humedeció los labios. Pronunció la palabra con un dejo de grave solemnidad. Satán. El diablo. Lucifer. La ayuda del demonio. El pequeño trató en vano de controlar la vejiga. Un chorro brotaba de las piernas.      Es curioso, nadie cuestionó la muerte del niño. Todos pensaron que fue un accidente. Una de esas enfermedades raras que cada tanto aparecen y te hacen pelota. Esa fue la explicación oficial. No se volvió a hablar del caso. En tanto el mago siguió trabajando sin ser molestado por la policía.
      A menudo la gente moría a su alrededor. Esos secretos entre voces donde esa palabra volvía a aparecer. Satán. El diablo. Lucifer. Y la calma del cuerpo o muerte, para los amigos. Nadie decía nada, porque la muerte parecía lo más natural del mundo. Ningún arma. Nada de grandes hoyos en el cerebro. Un cuerpo impóluto y muerto cuyo organismo cesa su función. 
      Ese era el truco. La palabra mágica. Un abracadabra mortuorio. Ese hombre estaba movido por el espejo. La criatura se asomaba, sentada en su hombro izquierdo y susurrrraba un mantra initeligible. Su cometido era agotar la paciencia del mago. Tarde. Temprano. Algún día. A la larga el convencimiento llega. Es como un velo oscuro que de pronto se ilumina, con todas sus verdades rugosas a la intemperie.
      ¿Cuánto tiempo más podría resistirlo? Ser culpable de unas cuantas muertes no era nada cuando uno es soldado de causas mayores. Poco quedaba del recuerdo de ese pequeño que cayó muerto a su lado como una ardilla con problemas respiratorios. Nada que llame al remordimiento. Allá arriba estaba en pugna cosas como el destino de la humanidad. Y si, tal vez estaría loco. Pero les llevaría un tiempo demostrarlo. Para ese entonces, seguro va a estar preparado.

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