jueves, 28 de enero de 2016

Día 620: Magia zombie

       Hasta que perdió el brazo la cosa vino bien. No era un mal zombie, de hecho había tenía ya un año de vida desde su conversión. Un zombie promedio no superaba los tres meses antes de caer en alguna trampa o bala plantada por los humanos. 
       Como ex miembro de la humanidad estaba muy consciente de ellos a pesar de no poder hacer mucho al respecto. Su enfermedad era similar a un Parkinson, pero más desquiciado. Su cerebro pensaba, por cierto, pero su cuerpo actuaba de modo aleatorio. Y después estaban las funciones básicas, las inalterables, que ni el cuerpo ni la mente podían esquivar. Comer. Caminar. Morder. Comer. 
       Al menos la falta de sueño era algo positivo para un zombie. Nadie quería dormirse y pasar a mejor vida. De hecho él, junto a su comunidad, eran muy agradecidos a Dios por esta retorcida segunda oportunidad que les daba para caminar un poco más sobre la Tierra. 
       Claro que nunca estaban exentos de caer en la tragedia. Su cuerpo no podía ganar autonomía si tenían a un humano ex familiar cerca suyo. Trescientos metros o más era una distancia sana como para tener a salvo a sus familiares, al menos de sus propios dientes. Más cerca, la cosa podía cambiar, y mucho. Bien lo sabía Catalina, que cometió el error de acercarse demasiado a su hijo. Lo rebanó como si fuese un pan de manteca. 
       Por dos semanas o más un par de lágrimas le corrieron por su cuerpo deforme. Nada que pueda percatarse un simple humano. Igual la vida no era tan mala. Bastante como para que los días pasen y ejerzan parte de su magia.

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