lunes, 29 de febrero de 2016

Día 651: Cruce

      Veníamos a 130 por la autopista hasta que un gato nos hizo ir contra la banquina. De pedo no nos dimos el gran palo. En realidad fue una cosa premonitoria. Ya saben, el gato negro se cruza en el camino y el peaje de más adelante vuela en mil pedazos a causa de un ataque terrorista. Todo muy natural por tratarse de una mañana de domingo.
      Después del atentado declararon estado de sitio. Una situación ideal. El narcoestado se hizo cargo de nuestras vidas. Digamos que acá eran los únicos que tenían un verdadero poder militar para contrarrestar cualquier invasión extranjeras. En la provincia trabajaban tres cárteles, a toda máquina. Entre los tres no tenían que envidiar a la Unión soviética de los años setenta o la actual Pakistán. Ellos solitos habían desarrollado su propia carrera armamentística. Así que el panorama era excelente.
      Luego del incidente del auto caímos en la casa de una vieja. Éramos siete personas dentro de una pieza. Había que sobrevivir del modo que sea. No les digo que la tomamos de rehén a la señora, pero estuvo muy cerca de ser así.
      La pobre mujer nos vio desesperado y nos ofreció el lugar. No dijimos que no. Además teníamos a uno de los nuestros heridos. Me olvidé decirlo, un pequeño detalle. Es que veníamos de robar un banco.
      No somos gente buena, lo acepto. Pero si miran a los que quedaron después del ataque seguro que el año que viene nos beatifican. Les explico, nosotros actuamos como autónomos, no le debemos nada a ningún cártel.
      Y con todo el quilombo del narcoestado aprovechamos para hacer la nuestra. Robamos lo que pudimos, pero también defendimos a la gente, y eso les resultó simpático. Crecimos con una fuerza increíble. Robin hoods del conurbano nos apodaban. Fue una época increíble. Después la cosa fue para peor y ya no tuvimos tiempo de pensar en ese gato que nos hizo zafar. La porquería, de seguro, tuvo mejor suerte.

Día 652: Nacer al revés

      No habría comprado tantos soldados de cotillón. Era una puta fiesta. Por eso el alcohol y las pastillas. Nadie resiste una fiesta sin estar en pedo o drogado, la gente es demasiado aburrida.
      Por si acaso también puso algo de ácido en la comida. Esta noche volarían a Plutón hasta las almas más recatadas. Y así fue, en cuestión de horas todos caminaban por las paredes.
      Había demostraciones de libertad sexual en la esquinas oscuras y personas tirando cartas de tarot como si se tratase de una partida de truco. Los pocos discutían sobre temas trascendentales en relación al cosmos y la revolución soviética. En la única esquina sin relaciones sexuales a la vista, se encontraba sentado un joven de unos veinticinco años. No parecía drogado, ni borracho, a pesar de sostener una botella de vodka semivacía en la mano y chorrear mocos blancos por la nariz. El joven permanecía horizontal, sin perder el equilibrio ni su aparente cordura.
      Le ofrecían de todo y a nada le decía que no. Pero el joven no se dejaba arrastrar por el salvajismo incitante de la droga. De hecho parecía no hacerle efecto.
      Algunos se acercaban a esta persona, curiosos, temerosos de presenciar una posible sobredosis.
      No se preocupen, nací al revés, les explicaba el joven. Como caca, cago comida. Aspiro dióxido del carbono, exhalo oxígeno. Así estoy bien, las drogas ayudan a mantenerme sano. Un día sobrio me mataría.
      Y así fue. Un familiar inconsciente lo metió en una granja de rehabilitación. Un día sin drogas y quedó seco como una momia. Le hicieron una autopsia, y encontraron todos los órganos consumidos por el exceso de oxígeno. Creo que algunos científicos aun estudian su caso.

sábado, 27 de febrero de 2016

Día 650: Genética

      Compromiso. Lo había heredado de su padre. La suma a pagar era importante pero no podía negarse, estaba registrado en el puto papel. No hay pago, no hay transferencia. Es cierto, el viejo estaba gagá como para dejar más de la mitad de su fortuna a una prostituta.
      Allá estaba la señora, cruzada de piernas. No había en su aspecto ni un solo vestigio de su antigua profesión. Parecía una abuela de las que cocinan galletitas para sus nietos. Es difícil ser hijo único, pensó. Bueno, al menos no tengo que dividir entre hermanos lo que me corresponde, salvo con esta persona.
      Vio a la señora por un instante fugaz. Pareció reconocerla. Esa mirada le resultaba familiar. Algún cliente del viejo, seguro, de pequeño vio a mucha gente. Salvo a mamá. Mamá murió muy joven. El cáncer de pecho la dobló como una hoja. Eran tiempos jodidos. Todavía no existían buenos tratamientos. Tenía poco recuerdos de ella.
      La prostituta miró al heredero y sonrió. Preguntó al escribano si podía encender un cigarrillo. Reunión familiar. Firmaron los papeles y a los treinta minutos estaban en la calle.
      No puedo hablar, perdoname. Es lo que firmé, dijo la mujer. Me hubiera gustado que conocieras a tu madre. Lo lamento, pero mi madre murió hace mucho tiempo.
      No es cierto, dijo la prostituta y se alejó sin decir más palabras.

viernes, 26 de febrero de 2016

Día 649: Invencible

      De acuerdo a las estadísticas la criatura debería desarrollar un apetito voraz a la edad de dos días. Como todo experimento fallido el proceso se aceleró y la cosa nació comiendo. Un pobre científico fue su víctima. Se lo tragó de un saque. Sin masticar. 
      A las pocas horas le crecieron sus primeros dientes. Para cuando cumplió un día ya se había graduado de monstruo. Los pocos que sobrevivieron a su ataque se tomaban la cabeza y repetían para si mismos: "¿En qué fallamos? ¿En qué fallamos?"
      La respuesta más acertada: en todo. Desde el motivo inicial de los experimentos hasta el trágico y negligente desenlace. La idea era crear un organismo capaz de digerir toda la basura del planeta y defecar productos biodegradables. El caso es que se les pasó la mano. 
      La cosa comió sin parar. Sin hacer provecho. Devoró una parte importante de la Tierra. Así cuando menos se lo esperaba, la criatura alcanzó el tamaño de un dinosaurio, aunque su aspecto dejara mucho que desear.
Ni siquiera se preocuparon por hacerlo lindo. Era un bicho bien feo. Y destructor. Trataron de pararlo, pero se olvidaron de algo. La criatura era una criatura, un bebé. Con sus berrinches destruyó la otra mitad de la Tierra. Y nada pudo detenerla. Así lo hicieron, invencible.

jueves, 25 de febrero de 2016

Día 648: De Irlanda con amor

      El que me vendió el perfume dijo que era una esencia turca. Claro que el contenido en realidad no era más que agua de riachuelo. Creo que hasta vi flotar un pequeño sorete dentro del envase. ¿Por qué lo compré? Llámenme ingenuo. Un soñador, tal vez.
      Desde chico fui un imán para esta clase de tratos. Soy como un acentuador de la maldad ajena. Las personas hacen turno para aprovecharse de mi buena fe. Y vaya si lo logran. Yo les dedico mi mejor sonrisa. Y no es que esté metido en alguna mierda religiosa. Es que no me sale de otro modo. Supongo que debe ser una clase de maldición.
      La cosa viene desde Irlanda. Al menos así lo asegura mi abuela. Ella perdió al abuelo hace seis años atrás. Le quedaron una parva de anécdotas y una pensión jugosa en euros.
      Según lo que me dicen la abuela, fue mi abuelo el que mató a un leprechaun. No me pregunten ni cómo ni lo que es un leprechaun, no sé nada de eso. Lo único que puedo asegurarles que mi padre también está maldito, tiene una racha de mala suerte de la que aun no logra salir. También está mi problema y el de mis hermanos, que no puedo contarles porque bueno, respeto su privacidad. 
      Espero pronto comprarme un libro sobre Irlanda. Mi idea es averiguar lo que diantres sea que es un leprechaun y ver si puedo revivirlo, a ver si echa atrás toda la maldición. No lo sé, es una posibilidad.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Día 647: El sombrero puesto

      Esa mañana se dejaría la incipiente barba. A los muertos nadie les reclama nada. El ataúd se reservó con tres meses de antelación. Una persona colocó su sombrero dentro del cajón. De esa manera quedó hecha la reserva. Así se manejaban las cosas en su pueblo. Uno solo tenía que colocar un sombrero para indicar que la cosa en cuestión le pertenecía a otra persona. Sea un perro, una mujer o una cama para el eterno descanso.
      Esa mañana tenía derecho a sentirse perverso. El cáncer te hace así, todo un perversito. Recordó que esa tarde tenía que pasar a retirar por la gráfica las tarjetas que mandó a imprimir. Se las enviaría a todos sus amigos, familiares y conocidos. Te invito a mi funeral, va a haber globos, café, bebidas blancas y llantos al por mayor, te espero.
      Esa mañana se levantó y palpó sus mejillas con la precisión de un proxeneta. Desaparecidas en acción. Me falta comer cerebros. Soy el zombie ideal, pensó. Dame cerebro, el carcinoma necesita cerebro fresco. Ja ja. A veces la enfermedad y la muerte te terminan por dotar de sentido del humor, ¿quién lo pensaría? Hasta hace seis meses atrás era el tipo más serio del mundo. Parquedad total. Ahora le competía a los mejores humoristas del mundo, todo gracias a su amiga la gran C.
      Más despierto, así se sentía. En realidad el término más acertado es vivo. Vivo. Por un término de tres meses. Lo suficiente.

martes, 23 de febrero de 2016

Día 646: Regulador

      Inyecté el veneno y esperé a que hiciese efecto. El hijo de puta iba a sufrir como el hijo de puta que era. Luego moriría y repartiría su cadáver entre los perros hambrientos. No es el odio. Es más bien un sentido de justicia. Retorcido dirán, pero efectivo.
      Nunca me consideré un asesino en serie. A mi no me gusta matar, no lo disfruto, no lo necesito para calmar una parte de mi inconsciente. Tampoco me acucia el bolsillo. Soy un tipo que estudió y llegó a una conclusión bastante simple y evidente. Hay muchas, pero muchas personas de más en la Tierra.
      Y no es que sienta que mi rol en la sociedad posea un carácter divino, no creo en esas estupideces. Mato personas que están de más. No siempre son ladrones. A veces son tipos de traje. Niños. Incluso viejos insignificantes.
      Es como el agujero de la capa de ozono, hay cosas que la joden. Lo mismo con los seres humanos, hay personas que joden al equilibrio natural de la Tierra, sea por motivos biológicos, ecológicos o estructurales.
      Me guío por una fórmula. El método científico ante todo. A cada individuo le asigno un número, y le sumo y resto oro y contras al sistema humano. Y no, no es algo subjetivo. Es el resultado de muchos libros leídos. La fórmula es lo más objetivo que puede salir de un ser humano, si consideramos nuestra subjetividad inherente. 
      Como toda fórmula, doy el beneficio de la duda. Siempre hay un elemento X que se resiste a ser categorizado. Lo tengo en cuenta. Por eso no mato a la ligera. Elijo a las personas y tardo un año en estudiarlas y matarlas, si es el desenlace lógico.
      De algún modo hacer lo que hago me trae una paz existencial plena. He predicho y anulado miles de atentados contra la infraestructura de nuestra humanidad. Está todo en los registros. Y digo, como a los grandes genios, que sea el tiempo mi juez y regulador.

lunes, 22 de febrero de 2016

Día 645: Desistir

      Teníamos una sola chance. Uno de los nuestros haría el disparo. En el silencio del desierto solo sentirían un grito sofocado por la inmensidad de la misma nada. Nos fue bien, por cierto. No al pedo nos llaman grupo de élite. 
      Por lo general nos contratan los gobiernos. Son los únicos capaces de pagar nuestras facturas, je je. Si tan solo supieran la mentira que gira en torno a los sicarios. La gran mayoría no son lo que aparentan. Son nada más que gatitos bebé pendencieros. Nada más. Los únicos hombres somos nosotros. Y matamos de verdad. Tasa de efectividad: 100 %.
      Por supuesto somos personas discretas. Trabajamos más limpiando nuestros nombres que lo que lleva consumar el acto, que no suele extenderse más allá de los quince minutos. Eso sí, la adrenalina que corre por el cuerpo los hacen sentir como si fuesen siglos.
      Una vez estuve a punto de morir. Un guardaespaldas me agarró en posición adelantada. Me ligué un par de agujeros en el cuerpo. Nada grave. No puedo citar nombres o lugares, ya lo saben, por motivos obvios.
      Esa noche en el desierto. Esa noche perfecta. Fue el inicio del fin. No volvimos a sentir el amor a la profesión, la llamada vocacional. No me pregunten por qué, pero a todos nos pasó. Es como si un fantasma nos hubiera cambiado las ideas.
      Desde ese entonces abrimos restaurantes, inauguramos ferreterías y hasta salimos a la calle a vender Biblias. Nunca más nada relacionado con los asesinatos. Cada tanto nos llaman para encargarnos algún trabajito. Pero siempre ocurre lo mismo. Nos negamos de manera rotunda. Y al rato lo sentimos, es inmediato. Algo pasa por nuestra nuca, un frío inexplicable, sensación de que algo más nos sigue.

domingo, 21 de febrero de 2016

Día 644: Trámite biológico

      Existen contados momentos significantes en los cuales la vida y la persona suelen confluir. Al nacimiento, la muerte y tal vez el sexo. Incluso una anotación realizada del equipo favorito puede despertar esas cosas que sienten los seres vivos. Pasiones y todo lo demás. 
      Pasiones. Y todo lo demás. Pueden desgranarse hasta el infinito, hasta las muchas contadas personas que pululan por la roca azul. Sentirse vivo a veces es cuestión de aire. Es cuestión de sentir el pulso. También que corra sangre por el cerebro. Un trámite biológico. Una casualidad, quizás.
      A veces se vive para no morir. Porque el tiempo ejerce su propia inercia. Nunca podemos comprender al cangrejo, excede nuestra lógica de simples humanos mortales. ¿Quién de los tantos nadies puede aseverarlo? ¿Quién puede decir un sí seguro? Un momento, un fragmento en la eternidad, de algo que se repite hasta el hartazgo.
      En la cofradía de los sueños perdidos también está la esperanza adquirida. Ese motor que solo hace ruido y que nada mueve. Es la creencia de lo que pasa con un mejor paisaje. Infierno con nieve.

sábado, 20 de febrero de 2016

Día 643: Tic tac

      A veces se nos dibuja la palabra riesgo en la cara y somos capaces de cometer los actos más estúpidos. Supongo que tiene que ver con esa cuota extra de adrenalina que necesita el ser humano para sentirse vivo. Boludeces. Como esa persona que de la noche a la mañana se descubrió ladrón neófito de nacimiento.
      Pensarán que el tipo empezó a robar billeteras. Y no. Nada más lejano de la realidad. Se lo reconozco, el hombre tenía coraje. Verán, su modus operandi distaba de ser organizado o pertenecer a esa gama de acciones que podamos catalogar de "crimen perfecto" Nada de eso. El tipo pululaba por ahí, como un pasajero cualquiera a punto de tomar un avión, con su maleta y sus boleta de viaje, falsa, por supuesto.
      En esa tediosa y ficticia espera este ladrón de poca monta buscaba a sus víctimas. Elegía a los desprevenidos, por supuesto. Extranjeros en lo posible, los más fáciles de estafar. Luego como quien no quiere la cosa, se acercaba a la persona y apoyaba, de modo casual, su valija en el piso. Casual o no, observamos que su valija es muy parecida a la de su víctima. Y ahí nuestro ladronzuelo opera. En el sigilo de la confusión.
      Le reconozco, tuvo suerte. Al menos hasta hoy. Paso a contarles. La víctima era la indicada. Un extranjero de aspecto nervioso que no paraba de mirar a su reloj. Por un momento temió que se desmayase o algo y echara a perder todo el operativo, pero no. El extranjero caminaba de acá para allá. En un momento colocó su valija en el piso y envió un mensaje de texto con su celular. El momento indicado, allá vamos.
      Fue demasiado fácil. Nadie lo vio alejarse. Pero sí puedo asegurarles que la explosión se sintió a varios kilómetros a la redonda. Esa mañana del 11 de septiembre de 2001 el extranjero tomó su vuelo con destino a Washington, el cual llegó dos horas después, a la hora programada, sin mayores inconvenientes.

viernes, 19 de febrero de 2016

Día 642: Cimientos

      Contrataron a veinte ingenieros para construir la represa y la hicieron patas para arriba. Todos se culparon entre si ante tamaña negligencia. Es que pronto llegaría el Presidente de la nación. El hombre es imponente, quiere que hagan las cosas bien y seguro, va a pedir que rueden cabezas.
      Uno de los veinte hacía dibujos en una esquina. Tenía un lápiz rojo y dejaba que gire libre sobre la hoja. Círculos y más círculos. No parecía tan preocupado como sus compañeros. Le tocó tomar la palabra. Un hilo de sudor le corría por la sien. 
      Todos oyeron sin acotar palabras. A decir verdad pensaron que se trataba de una broma de muy mal gusto. Pero sabían que a Ramírez no se le da esa cosa de hacer chistes, menos con una persona tan importante.
      Somos muchos, veinte si la matemática no me falla. No nos costaría nada doblegarlo. Quién sabe. Tal vez hacer que corra algo de sangre por el bien de la República. La palabra magnicidio corría libre por sus mentes. Era verdad. Es posible. Fácil. Al alcance.
      La discusión se vio interrumpida por la llegada del sujeto en cuestión. El presidente y su comitiva se deshacía en efusivos saludos a cada uno de los integrantes del equipo.
      El ingeniero Regueiro, el más experimentado, tomó la palabra. No tardaron en complotar contra la investidura presidencial. Fue una cosa de dos o tres. Los que creyeron en el discurso de Ramírez. 
      Y la represa emitió su propio veredicto, al romperse sin esperar más palabras o conspiraciones. La fuerza del río contenida estalló y se llevó consigo al presidente, a sus guardaespaldas y a los veinte ingenieros. Nunca volvieron a encontrar sus cuerpos.

jueves, 18 de febrero de 2016

Dia 641: Rebelión literaria

      Si pudiera observar el costado siniestro de toda situación, usted se daría cuenta de que todo es una gran mierda. A no ser que sea de esas personas que le gusta buscar palabras en el diccionario. Acá les va una, lo siniestro está asociado a las extremidades izquierdas, lo que viene por ese lado. ¿Qué les parece? A mí se me hace una tontería sin sentido. Pero yo no mandé a escribir los diccionarios. Seguro fue una persona muy aburrida con ganas de joderle la vida al mundo.
      Ustedes, nihilistas del universo, deben creer que nadamos en un océano de fuego sobre una balsa agujereada. Trágico pero conveniente. El drama siempre ha vendido más que la comedia, es un hecho. Y si la comedia vende, es tan solo por su similitud con el drama. Es así, no queda otra.
      Bueno, no importa. No hace falta hacer una cínica apreciación de la humanidad, ¿qué van a pensar los nuevos inquilinos? esto se supone que debe ser un desfachatado intento de escribir un testamento.
      A los extraterrestres legamos esta piedra azul, con la esperanza de que sepan usarla mejor que nosotros. Tengan cuidado con las serpientes, las nutrias y los abogados. Sean gentiles con sus esclavos, o sea nosotros. Tampoco es que hayamos tratado muy bien a los nuestros cuando los tuvimos. A decir verdad tampoco nos tratamos bien entre nosotros, aún sin ser esclavos. No sé.
      En otra vida, antes de la invasión, fui un solícito padre que terminó en la calle por culpa del alcohol (tomen nota de eso). Ustedes me sacaron de la calle. Me tomaron por un mensajero de la humanidad, un escriba, un representante legal, todo eso junto, a mí, un borracho sin cura. Me dijeron: escribí. Y acá estoy.
      Numero cada página. También le coloco una fecha, es como mi diario íntimo, pero público. Es una contradicción graciosa. Me causa risa. Tomen nota, se llama humor, espero que lo tengan para cuando lleguen a la etapa final de la terracolización. Nombre feo, ¿No? Es lo que hay. 
      Por cierto, esta es la página número 459.451, del año 35 de mi bitácora. La artritis ya no me deja escribir tanto como antes, pero al menos puedo jurar que a veces entre mis divagues se me escapa alguna genialidad que tipos como Poe o Stephenie Meyer me hubieran envidiado. Me dijeron que escriba y nada más. Lo hago como un poseso, porque la esperanza implícita es la salvación de los nuestros. Soy una resistencia de un solo hombre. Monto guardia por los nuestros. De algún modo les digo, les escribo, vamos a ganar. La batalla está servida.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Día 640: La ley de Murphy

      A veces debo dejar de lado el beneficio de la duda y no creerme. Soy un mentiroso nato. ¿Qué oscuro secreto descubro con eso? Ninguno. Al menos es una buena terapia de supervivencia. Un paliativo para mi condición, no más que eso. Podría jurar que lo maté. Aunque no soy un asesino. Pero no lo sé. Hace tiempo que la verdad y yo vamos por caminos separados.
      Caí una noche en un estado extremo, desesperante. Creo que fue cuando me di cuenta que había sido bendecido por alguna clase de demonio. No existía otra posibilidad. No cualquiera nace con estas cualidades extraordinarias. Podía dejar de respirar, volar por los cielos y, lo más importante, acceder a la verdad que me había sido negada.
      Mi condición de mentiroso entró en conflicto con los nuevos poderes adquiridos. No se puede ser una cosa y la otra al mismo tiempo. Algo tiene que ceder. Así fue como me volví un esclavo de la verdad.
      Nunca fui capaz de volver a decir falsedades. Y por eso me trataron de loco. Nadie creer en lo extraordinario de manera ferviente, a no ser que se trate de la religión, o que uno se vuelva loco. Para los efectos prácticos, es lo mismo. 
      Quisieron encerrarme pero me escapé con lo justo. Durante seis meses anduvieron detrás mío. Después las cosas se calmaron, habrán pensado que me morí de algún tumor en el cerebro o algo así. Y no. Acá estoy, más vivo que nunca, escribiendo esta confesión.
      Tal vez no. Tal vez siempre fui el mentiroso que creí ser y todo esto es nada más que un gastadero de palabras. No sé, a mí me divierte. Ustedes elijan.

martes, 16 de febrero de 2016

Día 639: La otra llamada de Cthulhu

      Hombre intenso. Así decidió presentarse en el aviso clasificado. No puso el tamaño de su pene. De ese intenso una mujer podría deducir "lo justo y necesario" o lo que sea, a decir verdad, solo contaba con el dinero suficiente para publicar esa línea.
      A los tres días lo llamó un millonario. Un tipo excéntrico. Quería ofrecerle un trabajo. Necesitamos hombres intensos, dijo. No agregó más. El hombre del aviso tampoco hizo muchas preguntas, ya que la paga hablaba por sí sola.
      Un millón de dólares, esa era la oferta. No tenía que divulgar el trato, de lo contrario perdería el trabajo.
      El hombre intenso recibió la citación un mes después. Lo mandaron a buscar en helicóptero. Así de importante era su trabajo. Luego de cuarenta minutos de vuelo arribó a la mansión del millonario.
      El complejo se hallaba a las afueras de la ciudad. Contaba con miles de hectáreas de selva virgen a sus alrededores. Según los rumores, hasta vivían animales salvajes allá dentro. Una excentricidad más, pensó el hombre, que solo se interesaba en ver donde gastar su millón de dólares.
      Invertiría y multiplicaría la suma. Quizás en un par de años, quien sabe, pueda vivir en un caserón así. Todo gracias a un aviso para relacionarse con una mujer.
      El millonario lo esperaba en la gran puerta de entrada. Vestía una chomba rosa y un pantalón corto de tela. Todo de marca. En su mano sostenía una sopapa que no hacía juego, es seguro, con su vestimenta elegante sport. Esos zapatos deben valer como diez mil sopapas, dijo el hombre intenso para sí.
      No es muy alto, tiene el típico bigote amanerado de familia de alta alcurnia. Sonríe algo preocupado y extiende su mano, la que no tiene la sopapa. Lo siento, dijo el millonario, es todo lo que tengo, esa cosa va a ser mi ruina. Destápelo, por favor, destape ese inodoro de una bendita vez.
      El millonario apoyó la cabeza sobre el hombro de su empleado. Emitió un sollozo muy refinado. Le indicó como llegar al baño. Tenga cuidado, agregó.
      Destapar un inodoro, el millón de dólares ganado más fácil de toda mi vida. Esta gente de guita debe tener problemas digestivos. No importa. Armado con tan solo una sopapa, el hombre intenso atravesó el pasillo que conducía al baño, dos puertas después se encontró con su trabajo.
      Un calamar, es un calamar verde. No pudo evitar el grito. Salió de su boca con la fuerza de un matafuegos o una manguera a presión. Decía algo como: AHHHHHHHHGGGHHHHHHHAAAAHHHH, o algo parecido. El calamar extendió dos de sus tentáculos y chorreó como dos litros de tinta negra.
      Esa porquería está en celo. No sabía como tuvo esa certeza. Lo sabía y listo. Si se acercaba un poco más, sería carne inseminada de pulpo. Por cierto no era cualquier calamar. Esta criatura tenía grandes cualidades. Potencia en la mente para transmitir ideas sin mencionar una sola palabra. Telepatía que le dicen.
      Sentía el llamado. Vení, acercate, no seas cagón, dale, vení, putito. Así le decía ese calamar gigante.
      El hombre intenso luchó contra sí mismo. Oyó la voz del millonario que gritaba desde el living algo así como: "ha vuelto a pasar"
      Arrojó la sopapa al piso. Vení, trolita, vení, no tengas miedo, dejá que te la meta toda, vas a sentirlo rico, putita. El hombre intenso dio un paso mas dejando su cuerpo al alcance de los tentáculos. Estaba tan hipnotizado por el llamado que poco pudo percatarse del cementerio de sopapas que yacía al costado del inodoro.

lunes, 15 de febrero de 2016

Día 638: Pequeña historia del eterno retorno

      Para todas las mentes suspicaces en proceso de atontarse acá les va una novedad: ya está todo inventado. No se preocupen, no es solo una frase para llamar la atención, es la realidad. Vean lo que ocurrió.
      Hace millones de años el creador de la Tierra, un borracho empedernido que algunos idiotas llaman Dios, perdió una apuesta con unos burócratas nebulianos. El creador nunca pagó su deuda. Si, en algo nos parecemos, ¿no?
      Los amigos nebulianos, que antes que todo son unos despiadados gerentes del espacio, nunca desatienden un negocio, mucho menos cuando se trata de un cliente moroso. Y de algún modo se salieron con la suya. A cambio de la apuesta perdida, una mesa de póker por si les interesa, los nebulianos se quedaron con el infinito hipotético de patentes creativas que atañen a la especie humana. Los monos con cerebritis, tal como nos conocen los nebulianos, o monos con el seso inflamado, para una definición más de barrio interespacial.
      Así que Nietzsche al final tenía razón, creamos cosas hasta el límite finito de nuestras posibilidades y después volvemos a empezar, como ese cangrejo que solo le enseñaron a caminar hacia atrás. Pero eso ya es otra historia, y también tiene mucho licor y apuestas clandestinas.

domingo, 14 de febrero de 2016

Día 637: El gen de la discordia

      La otra noche dejé mi corazón en Tijuana. Ya saben, para que le hagan un retoque. Esos artefactos a partir de ciertos kilómetros empiezan a fallar. El mío vino de segunda mano. Lo compré en el mercado negro con algunos años de uso. Y a los 150 años le tocó un cambio.
      Vivimos en una era artificial, lo reconozco. Pero somos tan inmortales como el deseo de nuestros cuerpos quiere serlo y eso es bueno, ¿no? Bah, a mí me parece algo bueno. No me hubiera gustado morirme todo, como les solía pasar a nuestros tatarabuelos. 
      Claro que ellos no cuidaban una mierda. La Tierra era un basurero. Un tacho de basura lleno. Así fue la vida en nuestro planeta hasta que descubrimos el nuevo Edén de la tecnología biológica. Por suerte abandonamos todos los cuestionamientos religiosos de la Gran Edad Oscura, ese período de dos mil años que la humanidad vivió sumida en la negra noche de las religiones. Lo superamos. Así como nos superamos a nosotros mismos.
      No fue fácil, claro. Se requirieron sacrificios. A raudales. Hoy en día cuentan en la historia como "muertes sumarias" Digamos que nuestra especie logró aislar el gen de la discordia, esa parte hija de puta de nuestro cuerpo que nos hace creer en cosas sin sentido. 
      Millones de sacerdotes, cientos de imbéciles, políticos, amas de casa, niños en su más tierna infancia. Todos por igual conocieron la muerte de cerca. Un sacrificio justo, si me preguntan a mí. Necesitamos tan solo erradicar el cincuenta por ciento de la población para que vuelva a nacer esta idea de orden. El nuevo orden mundial. Y saben qué, no lo cambio por nada.

sábado, 13 de febrero de 2016

Día 636: La única realidad es el gore

      En algún lugar de Albania perdimos las direcciones. Llegamos como cualquier turista, en busca de un prodigio europeo. Algo así como las carnicerías que venden en las películas clase Z de horror. Gore y esas cosas. Esos filmes nos habían vendido la idea de que cualquier campesino podía levantarse a la mañana con ganas de ordeñar a su oveja y convertirse en primo hermano de Jack, el destripador. Así por que sí. Claro, nos equivocamos.
      No lo voy a negar, Albania está llena de campos, y puertos. Odian tanto a los griegos como a los serbios, así como yo odio levantarme un lunes por la mañana, para que se hagan una idea. Pero más allá de ser una nación en ciernes de la vieja Europa con buena esperanza de vida, no pudimos encontrar nada parecido a lo que buscábamos.
      Confieso que pensábamos encontrar alguna especie de Albania profunda al momento de perdernos. Esa era la ilusión. Bueno, no existe, desistan de la búsqueda. No sean obtusos, las películas son de mentira. Esto que les voy a contar a continuación sí es una historia real.
      Nos quedamos sin comida, una cabra se lo comió todo. Hasta nuestros pasaportes. Caminamos quinientos mil kilómetros a pie, hasta que nuestras zapatillas se gastaron. No recuerdo por cuántos días. Llegamos al puto Thálassa y bebimos agua de ahí. Estaba saladísimo, tanto que nuestros labios se agrietaron. Fue horrible. Hasta nadamos entre desperdicios que los albanos son aficionados a tirar en las costas del Mediterráneo. Fue horrible. Una experiencia loca. Pero no van a creer que entre toda la basura encontramos dos o tres pasaportes. Lástima que ninguno era nuestro. 


viernes, 12 de febrero de 2016

Día 635: El regalo prometido

      El regalo prometido nunca vino. Pasó navidad. Pasó año nuevo. Pasaron los reyes. Alguien guardó el arbolito. Terminó enero. Terminó febrero. También Marzo. Y así hasta diciembre. Un año después o casi, al pibe se le ocurre preguntar, ¿Y dónde está mi regalo? Fue amable, hay que reconocerlo. Un adulto en su lugar ya estaría pateando paredes con los codos.
      Sutiles. No lentos. Tampoco perezosos. Los padres responden: "hijo, tu regalo quedó trabado en la aduana" el chico, que todavía no sabe atarse los cordones, no entiende ni qué carajos es una aduana y mucho menos esta idea de quedarse "trabado" ¿Es un nuevo gusto de helado, tal vez?
      En definitiva el hijo de puta de papá mintió como los mejores. Como le enseñaron en el trabajo, o sea, bien. Mentir bien puede llegar a considerarse una obra de arte, sobre todo si entre medio le rompés el corazón en mil pedazos a una criatura. Bravo, papá.
      Mamá está muy empastillada para entender lo que ocurre a su alrededor. Dice si, si como una pavota. A ella no le enseñaron nada en el trabajo, a decir verdad, dudo que pueda aprender algo. Mamá es un poco eso que el diccionario llama una persona con insuficiencias mentales. O mejor dicho, una idiota. 
      El nene, mientras tanto, descubre los cigarrillos arriba de la mesa. Aprovecha que nadie lo mira y trata de encender uno. Se siente poderoso como papá, hace una mímica de inspirar con la mala suerte que el humo se le cuela por todos los pulmones, hasta los alvéolos. Pobre nene. Tose como por dos días seguido. Toda esa tarde se la pasó con un gusto horrible en la boca. No fumo más, se dijo a si mismo. Y mintió. Mejor dicho, no supo que más adelante su promesa sería quebrantada. Unos dos o tres atados de quebrantamiento diario, para ser más precisos.
      Los años pasaron y el regalo siguió trabado en la aduana. El nene entró a la escuela y se recibió. Entró al secundario y se recibió. Cursó en la Universidad y se recibió. La aduana, mientras tanto, seguía confiscando con tenacidad su regalo prometido. 
      Por suerte el nene creció y aprendió, entre otras cosas el significado de la palabra aduana, quedarse trabado y, lo principal, el valor de la mentira. Ese regalo que nunca llegó le había cagado la vida. Pero el nene creció, aprendió y se resigno. El nene se convirtió en un escritor consagrado. Escribió tres novelas y miles de cuentos, aunque de este no se quiera hacer cargo.

jueves, 11 de febrero de 2016

Día 634: Más relleno

      Pasó por la aduana y nadie se dio cuenta. Hasta que un perro de esos que tienen entrenado se puso como loco. Cincuenta kilos de cocaína. La más pura de todo. De eso estaba hecho la gordura de la mula. El hombre en realidad era bien flaco. Todo relleno.
      Era la primera vez que lo pescaban. Hasta hace poco la cosa era exitosa. La piel falsa antiolor, el aparato para inutilizar a los rayos X. Todo funcionaba a la perfección. Todo hasta que apareció Nicanor. Así lo llamaban en el aeropuerto. Nicanor era el nuevo perro mimado de migraciones. Su trabajo, no grato por cierto, era impedir que los delincuentes anden por la vida yendo y trayendo drogas.
      Para eso lo entrenaron. Su olfato fue inducido, de modo pavloviano, al asco por cualquier tipo y vertiente de droga ilegal. Según las anotaciones de su entrenador, Nicanor tenía un 9'75 en conducta y un 10 rotundo en índices de detección. Por decirlo de otro modo, nada escapaba a su nariz. Y así fue.
      Aunque no todo terminó ahí. El perro se ve que odió a la mula. Lo odió con un odio propio de un ser humano. En Nicanor nacía una necesidad de morder y desgarrar, morder y desgarrar. Su olfato estaba poseído por el horrible aroma de la cocaína. 
      Morder, desgarrar. El perro tenía todo el hocico cubierto de polvo. Gruñó cuando la correa se ciñó sobre su cuello. Una mancha roja atravesaba la nariz de Nicanor, seguiría rastreando hasta lo último. Hasta encontrar la droga maldita, ahí dentro de la bolsa de carne. El perro masticó con un gusto que rozaba el sadismo. 
      El hombre gritó del dolor hasta donde se lo permitieron sus fuerzas. En cuestión de segundos el hijo de puta de ese perro lo había lastimado. Mucho. Para cuando le arrancó el corazón del cuerpo, ya no tenía ni vida ni conocimiento.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Día 633: Relleno

      Algo que el modulador de voz no pudo corregir es esa maniática obsesión por señalar detalles inútiles. Así que lo que debería ser un secuestro terminó siendo un arresto ejemplar. Lo metieron en la cárcel muy rápido, el juez no necesitó demasiadas pruebas como para contemplar lo obvio: la estupidez del maleante. 
      Lo obvio. Así lo llamaron, lo obvio. El hombre presentaba un par de pistolas, un prontuario que decía: "encerrame" y cosas así. El perfecto delincuente. Un tarado. Tanto que cuando estuvo encerrado lo violaron tantas veces que su culo se olvidó que tenía sentimientos.
      Después lo liberaron, pero para ese entonces el tipo estaba tan loco que lo declararon inofensivo para la sociedad. Aunque nadie se imaginó que por lo hondo seguía tramando cosas oscuras. Cosas relacionadas con robos y muertes, a lo Bonnie y Clyde. 
      En realidad terminó todo más bien a lo Thelma y Louise. Una persecución final y una muerte asombrosa. Colgado de una reja, así lo encontraron. Tenía la pierna atravesada. Gritó y gritó, nadie le prestó atención y así se desangró.

martes, 9 de febrero de 2016

Día 632: Solo se vive dos veces

      La vida reserva a los seres humanos una sola oportunidad para vivirla, salvo que sean yo, a mí me dio dos chances. Una tras otra. Efecto loop podrían llamarlo. Deja vù desquiciado, también, es un buen nombre. No me preocupa mucho equivocarme en lo que les voy a decir, voy a tener otra oportunidad. Como por dos, por cuatro y por cualquier múltiplo de dos, puedo aumentar mis chances a niveles exponenciales.
      Verán, el asunto es así, una mañana me levanté, una mañana me levanté. Y me sorprendí, y me sorprendí. Y así. Y así. Imaginen que eso se extendió por la mañana, por la tarde, por la noche, y por el resto de los días de mi vida, todas las cosas que me ocurrieron de ahí en más pasaban dos veces, del mismo modo, sin alteración. Como el día de la marmota, o memento, nomás que más acelerado y con menos control de la situación. 
      No tardé mucho en darme cuenta de lo que ocurría. Me rendí bastante rápido, lo acepto, es mi pensamiento de "negate hasta donde puedas y si no dejate llevar con la corriente". Eso hice, me dejé llevar. Y la corriente era bastante, bastante fuerte. 
      Repetí momentos felices, y otros no tanto. Besos, operaciones y muertes. En ese orden. Multiplicado por dos. Tumbas, golosinas y nacimientos. Puedo estar todo el día, toda la noche y el resto de los años que me queden repitiendo estas secuencias hasta el mismo puto infinito, duplicado por dos. 
      A la larga la cosa resulta ser exasperante, aunque no tanto más que una gripe o un cáncer. Lo terminás por aceptar y vivís con eso, como mejor te sale, como mejor le sale a un lisiado o un deficiente mental. Convivo con este don extraño que me cayó de la nada, así sin pedirlo ni quererlo. 
      Nunca aprendí a controlarlo, me hubiera encantado cambiar tantas cosas a la segunda vez de vivido sabiendo de inmediato como iba a terminar. Tantas cosas. Pero no, todo vuelve a repetirse. Una, otra vez. Una, otra vez. Una, otra vez. Sí, es exasperante. No se preocupen, ya se van a acostumbrar. La vida reserva a los seres humanos una sola oportunidad para vivirla, salvo que sean yo, a mí me dio dos chances...

lunes, 8 de febrero de 2016

Día 631: Erik, el colorado y el portal hacia lo desconocido

      Después no digan que no se los advertimos, que íbamos a llegar y lo devastaríamos todos. Qué mierda, somos vikingos, ¿pretendían que lleguemos en son de paz? ¿quieren abrazos? Entiendo que son tiempos confusos, nunca debimos haber atravesado ese portal, pero ya lo saben, cuando Odín te mete algo en la cabeza, es muy difícil que un normando se eche atrás. 
      Así fue como caímos de improviso en el año 2013. como navegantes de tierras extrañas y ahora, viajeros del tiempo. Contrario a los que muchos creían nos adaptamos rápido a las nuevas tecnologías, cuánto habríamos deseado tener en nuestra época un GPS o un celular inteligente, nos habría salvado de unas cuantas debacles. Ahora es tan solo un click y la información (y también los pueblos sometidos) están a nuestros pies.
      Al principio ganamos por el factor sorpresa, nadie esperaba una invasión vikinga en pleno siglo XXI. Luego, con el paso de los meses, tuvimos que sofisticar nuestros ataques, a lo que me refiero, armarnos mejor. Las armas de fuego también son un gran invento, nuestras hachas poco tienen para hacer ante el poder de una buena ametralladora o la puntería de un fusil, son elementos de guerra extraordinario, puedo jurarlo por todos los dioses del Valhalla.
      Debo reconocer que el cambio de época hizo un poco de mella en nuestra motivación guerrera. Recuerdo que invadir aldeas solía ser divertido. Ahora preferimos invertir en la bolsa o mirar alguna de nuestras series preferidas en la televisión. Han cambiado las costumbres y como les digo, nos adaptamos muy bien. 

domingo, 7 de febrero de 2016

Día 630: Punga

      El hombre despertó de sus ensueños ante la conducta hierática de la empleada. Lo siento, no atendemos por esa obra social, va a tener que pagar por una consulta particular, esas fueron las palabras de la chica que no paraba de morder el chicle entre sus dientes. Lo saborea como si fuese un pito, pensó el hombre.
      No pienso pagar una mierda, dijo. La empleada dijo que cuide su vocabulario, que hay menores en la sala. Me importa un carajo. Salió a la calle, echando putas. Pendeja del orto. ¿De dónde cree que puedo llegar a sacar doscientos pesos? Si pudiera extraerme un diente y venderlo. Vendería mi alma al demonio, ahora mismo. 
      Tan rápido, como era de esperarse, un demonio salió de una alcantarilla. Al parecer lo oyen todo, cada plegaria negra. Cada invocación. Y ahora tenía el trato de su vida, un alma joven, fresca, con esperanzas, eso cotizaba mucho en el infierno.
      Tengo lo que necesitás, dijo el demonio, muy canchero y seguro de sí. No lo quiero, dame doscientos pesos. Bueno, firmame esto, y los doscientos pesos son tuyos. Es solo un formulario. Por los doscientos nos cobramos el alma. El hombre hacía que no con la mano, y también con la cabeza. Estaba serio y enojado al mismo tiempo. No quiero nada de eso, cosa roja, rajá para allá.
      El demonio, poco familiarizado con su trabajo, no supo qué responder. De acuerdo a lo que le enseñaron en la escuela con tentar al humano, firmar el contrato es tan fácil como, bueno, como algo  tan fácil. 
      En la escuela de demonios tampoco le enseñaron las posibles tretas que un ser humano puede realizar si se encuentra en un estado límite, sea drogado, borracho o enojado. El hombre, sin decir palabras, se colgó al cuello del demonio y lo sopapeaba a la altura de la nuca. Estaba prendido como una garrapata con hambre. Parecía que buscara algo. Y lo encontró. El demonio logró zafarse y huyó despavorido. Acá me matan, se dijo a sí mismo, a pesar de su naturaleza casi inmortal. 
      Llegó al infierno con el cuello rojo, bueno, con el área del cuello más roja que el resto de su cuerpo. Esa porquería humana casi lo atrapa. Se le dio por tantearse los bolsillos. Los labios le temblaban, la porquería le había robado la billetera. 

sábado, 6 de febrero de 2016

Día 629: Lady Di

      Un buen día, de esos increíbles, la mayor convención de motoqueros del universo decidió cruzar a nado la distancia que separa Estados Unidos de Europa, a través del Océano Atlántico, con sus motos. Una hazaña estúpida, dirían muchos, y no le erraron. Pero no se confundan, el corazón de un motoquero está en el lugar indicado y eso es, bueno, un lugar en donde por lo general no van a encontrar un corazón. 
      Arriesgado, temerario, esa clase de adjetivos fluye por la sangre de un apasionado por las motos. Poco le importa perder la cabeza en una curva. Poco le importa que su cuerpo le quede tan raspado como un fósforo usado. Así es su vida. Y eso le devuelve al mundo el lugar de las cosas, el orden adecuado, por decirlo de algún modo.
      Debo confesar que el desafío fue agradable a la vista, no por el morbo de ver morir a tanta gente, no, no se confundan. Soy una persona con un cierto sentido de ética o moral o como quieran llamarlo. Me gustó por el simple hecho de ver las barbas flotar. En realidad esa era mi teoría, que el motoquero iba a caer hacia el fondo del océano, pero que su barba iba a flotar, ¿raro, no? bueno, díganselo a Newton si tienen dudas. Yo lo vi por la televisión y así fue.
      En la costa de Gales, donde esperaban a este grupo de aventureros de las dos ruedas, montaron un pequeño escenario y una fanfarria que ensayaba a destiempo los acordes de born to be wild, ese tema que todo el mundo conoce de Steppenwolf, pero que nadie puede decir ni el nombre de la banda ni de la canción, es cierto, lo juro, lo vi en la televisión, pero también en la calle. A veces salgo a hacer las compras, como cualquier ciudadano, común y corriente.
      Bueno, no sé si llegar al final de la crónica o seguirla estirando, la cosa es que algunos llegaron, aunque ustedes no lo crean. No recuerdo bien, pasó hace unos años, me parece que fueron dos o cuatro. Entre esa cifra. Un dato curioso, la gran mayoría no tenía barba, lo cuál deja un gran hoyo en mi teoría de la barba flotante, pero bueno, eso es otra historia. 
      Los pocos sobrevivientes aprovecharon las ventajas de llevar consigo unos buenos botes salvavidas inflables, y también unos flotadores hechos a la medida de sus motos. Es una pena que lo diga, pero como ustedes se dan cuenta, así de solitos, como lectores inteligentes que son, estas personas hicieron TRAMPA, así con mayúsculas. Y si hay algo que en Gales no se soporta, aparte de dejarse sodomizar por Inglaterra, es a los TRAMPOSOS, así con mayúsculas. El escenario vino de pelos. Enseguida ensayaron una horca y ahí nomás los colgaron, como se suele hacer con los tramposos por esos lares de Europa. Eso también lo vi por la televisión. Fue entretenido. 

viernes, 5 de febrero de 2016

Día 628: The Truman show

      Estamos cagados hasta en las patas y no es solo una expresión. De hecho ya tres personas de mi tripulación evacuó en sus pantalones. El olor es espantoso. Si no se tiene en cuenta todos los meses de suciedad acumulada y el maldito escorbuto. Ya saben, el mar no es para cualquiera, ni siquiera para los marineros más avezados. El mar, en realidad no tiene dueño, es más libre que nosotros, y para navegarlo hay que saber un poco y tener la suerte más grande de la historia para no toparse con un desastre y no morir en el intento. A veces pienso que existe poca literatura que explique el fenómeno de los cuerpos que pasan mucho tiempo suspendidos sobre aguas abiertas dentro de una embarcación de proporciones significativas.
      Hace dos semanas perdimos a nuestro timonel. El mal tiempo, que duró una semana exacta, nos condujo al fin del mundo, o sea, a ninguna parte en especial. La mala suerte, esa buena amiga del marinero, quiso que nuestras cartas de navegación se perdieran en un casi naufragio hace tres semanas atrás. Ni siquiera las estrellas querían dar una mano. Si existía algún Poseidón en el Olimpo, de seguro se encontraba de parrandas, bebiendo vino con Dionisio, o haciendo el amor con vaya a saber quién. Sin ayuda del exterior estábamos librados a nuestro propio azar. Un azar malo, por cierto.
      Por algún lugar del Océano Pacífico flotamos a la deriva, mientras nuestra nave delineaba una espiral ascendente en consonancia con los vientos que la empujaban. Creo que debimos tocar cada centímetro de agua salada que hay en el planeta y no es exageración. Giramos y giramos, en un remolino lento e inexorable. A veces el pensar en esa situación nos hacía vomitar la poca comida que nos quedaba. 
      Llegado al mes ocurrió el milagro. O la sorpresa, según como gusten observarlo. Tocamos tierra firme, o mejor dicho pared. El horizonte, con el sol, las estrellas, las nubes, todo era una inmensa decoración, un gran teatro, en el medio estábamos nosotros, los pobres marineros, dando vueltas sin rumbo como unos idiotas. Alguien nos abrió la puerta. El sujeto, lo juro por mi madre, era tan verde como nuestras bocas. Abrió una de sus manos e hizo un gesto que aún no comprendo, luego nos dijo en perfecto castellano: "amigo, nebuliano, amigo" 

jueves, 4 de febrero de 2016

Día 627: El cazador cazado

      "Hijo, se acercan tiempos oscuros" dijo el hombre antes de clavar una estaca de cuarenta centímetros en el corazón del demonio. El chico sobrevivió. El padre tardó cinco largos años en morir luego de la mordedura de la cosa. Suficiente para enseñarle al pequeño todo lo que sabía. No era mucho, pero al menos le servía para empezar a golpear puertas.
      Los tiempos se oscurecieron, es verdad, pero también se volvieron confusos, entre las nuevas tecnologías y la caída del grunge y el hippismo en masa. Las personas no sabían si suicidarse o abrir un Mc Donalds, o hacer las dos cosas. Internet, a fines de los noventa, ya era un fenómeno de masas. Y la información comenzó a circular libre, tan libre como un caballo salvaje y asesino. 
      Por la red pululaban los manuales de lo que sea, incluso amplios tratados de demonología, los cuales le sirvieron de mucho a este chico, que para entonces ya era un hombre hecho y derecho. Nunca se supo su nombre, pero se lo conocía como Estigma. Al saberse huella o herida de su padre, el apodo era más que adecuado.
      Estigma, a diferencia de su padre, nunca conoció un solo demonio. No por falta de talento, no no. A Estigma en realidad le faltó un poco de suerte, el último demonio conocido sobre la Tierra fue despedazado por aquella persona que solía ser su padre. Ahora el oficio de cazador de demonios estaba en declive. Para una partida de juego de rol los conocimientos podían resultar útiles, pero nada que pueda aplicarse a la nueva realidad sin demonios.
      El cazador de demonios murió, al igual que su padre, en la ignorancia total. Si hubieran caminado unos dos, tres kilómetros, como mucho, se habrían topado con un galpón. Dentro del mismo encontrarían el cadáver de un científico junto a una máquina, una auténtica máquina de crear "demonios" o robots, para utilizar un término más preciso. El científico, paralizado ante su éxito tan repentino, se quitó la vida encima de la máquina de los prodigios. Y nunca más volvió a funcionar. Al menos no hasta cien, doscientos años después.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Día 626: Omertà

       Nunca pedimos un estipendio. Nos manejamos con un sistema algo rudimentario, mezcla trueque, parte extorsión comercial, hasta que se pudo. Luego la cosa se volvió algo turbia y ya nada volvió a ser lo mismo. Deberían observarle las caras. Todos mafiosos. Unos pocos negocios quedaron en pie, todos manejados por grandes peces de aguas poco profundas. En ese durante entro yo a la historia. 
       Mi tarifa siempre fue barata, a pesar de los servicios ofrecidos. La gente solía preguntarme por la calle a qué me dedicaba. Siempre les respondí parecido. Me encargo de agujerear un cuerpo con balas hasta dejarlo inservible, si muerto, mejor. Todos se me reían en la cara. Ellos pretendían encontrar un sicario más discreto, tal vez. No los culpo, algo así habrán visto en las películas. Es curioso, pero eso siempre hizo más fácil mi trabajo. 
       Lógico que siempre mantuve una conducta. Tampoco es que ando a los tiros por la calle, pero todo el mundo me conoce, y es mejor así. Uno sabe bien a quién llamar cuando se encuentra en problemas. Este no fue el caso. No necesité a nadie más que a mi persona. Todavía no consigo entender cómo lo logré. No fue una cosa de soplar y hacer botellas, no, no, no. La tarea fue ardua. Trabajo de semanas y semanas. Debo decir que trabajé más durante todo ese mes que en toda mi carrera de asesino a sueldo.
       Matar a una persona es sencillo, más cuando el objetivo es o un estafador o un miembro del hampa. Por lo general suelen ser personas que muy fácil se pierden en el barullo de las ciudades. Mi regla es no coimear a más de dos policías y no mandar a callar a más de una persona. Cuatro son multitud, sobre todo cuando se trata de mantener un secreto. 
       Imaginen lo que vino. Debo reconocer, la paga fue excelente. Pero agujerear un pueblo entero no es cosa de todos los días. Tuve que silenciar a muchos y coimear a otros tantos más. Digamos que con esa tarea terminé mis días como sicario. Mi casa de repente se llenó de tanques de cerveza y mujeres en poca ropa. Viví la vida, es cierto. Lo que no sé es cuando me la pegarán a mí, sé que alguien me la debe.

martes, 2 de febrero de 2016

Día 625: Corte y confección

      El salvaje había sido reintegrado hace poco a la sociedad. Perteneció en otros tiempos a la tribu de los indios rebanadores de cabeza, que tenían como pasatiempo, bueno, rebanar cabezas. En vano las autoridades de la ciudad trataron de ofrecerle trabajo. Su paso por la carnicería no fue la mejor experiencia. En la maderera lo pusieron a cortar troncos con un hacha y tampoco resultó.
      El salvaje tenía una ira contenida propia de su etnia, que explotaba cada vez que alguien depositaba un objeto cortopunzante sobre sus manos. De acuerdo a los psicólogos, una necesidad de cortar cabezas acuciante. 
      Las pruebas de adaptación parecían ser un fracaso hasta que un par de tijeras eligieron un nuevo hogar. Un peluquero excelente, en eso se convirtió el salvaje. Gritaba, claro, también cortaba cada tanto a sus clientes, pero por lo menos la manía de rebanar cabezas había quedado en el olvido. Es lo que llamamos efecto dique, dijo un psicólogo. El hombre siempre está apunto de algo y no lo logra, y luego inventa una actividad para detener el impulso. Como la cultura, por ejemplo, aunque este no sea el caso.
      Nunca dejó su modo primitivo de vida. Cortaba el pelo desnudo y aun era un paciente psiquiátrico que presenta un gran riesgo para la sociedad. Pero la gente no dejaba de caer a su peluquería. Los clientes depositaban su confianza en un reformado indio rebanador de cabezas. Pero la verdad sea dicha, el hombre cobraba demasiado barato.

lunes, 1 de febrero de 2016

Día 624: Wi-fi gratis

      Descargas asombrosas, un terabyte por segundo y lo mejor de todo gratis. Así se publicitaba la venta de terrenos y casas en un nuevo pueblo creado para la ocasión. Wi-fi gratis, eterno. Sin necesidad de cables o modems, solo tecnología de punta. A un precio módico: la vida. Los habitantes morirían y nacerían allí, sin conocer otro mañana.
      Tan gratis no resultó ser. La conexión, a pesar de lo mucho que pudieran decir los genios de Silicon Valley, estaba viva. Mucho más viva que un organismo creado a base de carbono. Como todo organismo que crece y se desarrolla, la conexión de Wi-fi necesitaba alimentarse. La energía de los seres humanos le servía a la perfección a sus propósitos gastronómicos. 
      La conexión absorbía cada centímetro de los habitantes del nuevo pueblo. Como se vacía un tanque de nafta en un auto a medida que avanza. El Wi-fi ofrecía el internet más veloz del universo a cambio de años de vida. Las personas descargaban filmografías enteras en segundos mientras sus pieles se pudrían como pasas de uva.
      Y al poco tiempo le quedó corta la necesidad. En realidad dejó de serlo, el hambre se convirtió en gula. La gula en anhelos de poder, cosas que puede desear cualquier organismo de inteligencia artificial. La conexión alimentó a sus pequeñas criaturas, que salían a la luz del día o bajo el manto de la noche para saciar esa gula de carne humana. 
      El pueblo nuevo tuvo un apocalipsis pequeño, a su medida. Descubrieron de la manera más fea los alcances que puede tener internet, sobre todo cuando está manejado por una cosa con tintes psicóticos. Dicen que desde un puerto remoto alguien apagó toda la conexión y eso fue todo.

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