martes, 2 de febrero de 2016

Día 625: Corte y confección

      El salvaje había sido reintegrado hace poco a la sociedad. Perteneció en otros tiempos a la tribu de los indios rebanadores de cabeza, que tenían como pasatiempo, bueno, rebanar cabezas. En vano las autoridades de la ciudad trataron de ofrecerle trabajo. Su paso por la carnicería no fue la mejor experiencia. En la maderera lo pusieron a cortar troncos con un hacha y tampoco resultó.
      El salvaje tenía una ira contenida propia de su etnia, que explotaba cada vez que alguien depositaba un objeto cortopunzante sobre sus manos. De acuerdo a los psicólogos, una necesidad de cortar cabezas acuciante. 
      Las pruebas de adaptación parecían ser un fracaso hasta que un par de tijeras eligieron un nuevo hogar. Un peluquero excelente, en eso se convirtió el salvaje. Gritaba, claro, también cortaba cada tanto a sus clientes, pero por lo menos la manía de rebanar cabezas había quedado en el olvido. Es lo que llamamos efecto dique, dijo un psicólogo. El hombre siempre está apunto de algo y no lo logra, y luego inventa una actividad para detener el impulso. Como la cultura, por ejemplo, aunque este no sea el caso.
      Nunca dejó su modo primitivo de vida. Cortaba el pelo desnudo y aun era un paciente psiquiátrico que presenta un gran riesgo para la sociedad. Pero la gente no dejaba de caer a su peluquería. Los clientes depositaban su confianza en un reformado indio rebanador de cabezas. Pero la verdad sea dicha, el hombre cobraba demasiado barato.

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