miércoles, 3 de febrero de 2016

Día 626: Omertà

       Nunca pedimos un estipendio. Nos manejamos con un sistema algo rudimentario, mezcla trueque, parte extorsión comercial, hasta que se pudo. Luego la cosa se volvió algo turbia y ya nada volvió a ser lo mismo. Deberían observarle las caras. Todos mafiosos. Unos pocos negocios quedaron en pie, todos manejados por grandes peces de aguas poco profundas. En ese durante entro yo a la historia. 
       Mi tarifa siempre fue barata, a pesar de los servicios ofrecidos. La gente solía preguntarme por la calle a qué me dedicaba. Siempre les respondí parecido. Me encargo de agujerear un cuerpo con balas hasta dejarlo inservible, si muerto, mejor. Todos se me reían en la cara. Ellos pretendían encontrar un sicario más discreto, tal vez. No los culpo, algo así habrán visto en las películas. Es curioso, pero eso siempre hizo más fácil mi trabajo. 
       Lógico que siempre mantuve una conducta. Tampoco es que ando a los tiros por la calle, pero todo el mundo me conoce, y es mejor así. Uno sabe bien a quién llamar cuando se encuentra en problemas. Este no fue el caso. No necesité a nadie más que a mi persona. Todavía no consigo entender cómo lo logré. No fue una cosa de soplar y hacer botellas, no, no, no. La tarea fue ardua. Trabajo de semanas y semanas. Debo decir que trabajé más durante todo ese mes que en toda mi carrera de asesino a sueldo.
       Matar a una persona es sencillo, más cuando el objetivo es o un estafador o un miembro del hampa. Por lo general suelen ser personas que muy fácil se pierden en el barullo de las ciudades. Mi regla es no coimear a más de dos policías y no mandar a callar a más de una persona. Cuatro son multitud, sobre todo cuando se trata de mantener un secreto. 
       Imaginen lo que vino. Debo reconocer, la paga fue excelente. Pero agujerear un pueblo entero no es cosa de todos los días. Tuve que silenciar a muchos y coimear a otros tantos más. Digamos que con esa tarea terminé mis días como sicario. Mi casa de repente se llenó de tanques de cerveza y mujeres en poca ropa. Viví la vida, es cierto. Lo que no sé es cuando me la pegarán a mí, sé que alguien me la debe.

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