viernes, 5 de febrero de 2016

Día 628: The Truman show

      Estamos cagados hasta en las patas y no es solo una expresión. De hecho ya tres personas de mi tripulación evacuó en sus pantalones. El olor es espantoso. Si no se tiene en cuenta todos los meses de suciedad acumulada y el maldito escorbuto. Ya saben, el mar no es para cualquiera, ni siquiera para los marineros más avezados. El mar, en realidad no tiene dueño, es más libre que nosotros, y para navegarlo hay que saber un poco y tener la suerte más grande de la historia para no toparse con un desastre y no morir en el intento. A veces pienso que existe poca literatura que explique el fenómeno de los cuerpos que pasan mucho tiempo suspendidos sobre aguas abiertas dentro de una embarcación de proporciones significativas.
      Hace dos semanas perdimos a nuestro timonel. El mal tiempo, que duró una semana exacta, nos condujo al fin del mundo, o sea, a ninguna parte en especial. La mala suerte, esa buena amiga del marinero, quiso que nuestras cartas de navegación se perdieran en un casi naufragio hace tres semanas atrás. Ni siquiera las estrellas querían dar una mano. Si existía algún Poseidón en el Olimpo, de seguro se encontraba de parrandas, bebiendo vino con Dionisio, o haciendo el amor con vaya a saber quién. Sin ayuda del exterior estábamos librados a nuestro propio azar. Un azar malo, por cierto.
      Por algún lugar del Océano Pacífico flotamos a la deriva, mientras nuestra nave delineaba una espiral ascendente en consonancia con los vientos que la empujaban. Creo que debimos tocar cada centímetro de agua salada que hay en el planeta y no es exageración. Giramos y giramos, en un remolino lento e inexorable. A veces el pensar en esa situación nos hacía vomitar la poca comida que nos quedaba. 
      Llegado al mes ocurrió el milagro. O la sorpresa, según como gusten observarlo. Tocamos tierra firme, o mejor dicho pared. El horizonte, con el sol, las estrellas, las nubes, todo era una inmensa decoración, un gran teatro, en el medio estábamos nosotros, los pobres marineros, dando vueltas sin rumbo como unos idiotas. Alguien nos abrió la puerta. El sujeto, lo juro por mi madre, era tan verde como nuestras bocas. Abrió una de sus manos e hizo un gesto que aún no comprendo, luego nos dijo en perfecto castellano: "amigo, nebuliano, amigo" 

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