sábado, 13 de febrero de 2016

Día 636: La única realidad es el gore

      En algún lugar de Albania perdimos las direcciones. Llegamos como cualquier turista, en busca de un prodigio europeo. Algo así como las carnicerías que venden en las películas clase Z de horror. Gore y esas cosas. Esos filmes nos habían vendido la idea de que cualquier campesino podía levantarse a la mañana con ganas de ordeñar a su oveja y convertirse en primo hermano de Jack, el destripador. Así por que sí. Claro, nos equivocamos.
      No lo voy a negar, Albania está llena de campos, y puertos. Odian tanto a los griegos como a los serbios, así como yo odio levantarme un lunes por la mañana, para que se hagan una idea. Pero más allá de ser una nación en ciernes de la vieja Europa con buena esperanza de vida, no pudimos encontrar nada parecido a lo que buscábamos.
      Confieso que pensábamos encontrar alguna especie de Albania profunda al momento de perdernos. Esa era la ilusión. Bueno, no existe, desistan de la búsqueda. No sean obtusos, las películas son de mentira. Esto que les voy a contar a continuación sí es una historia real.
      Nos quedamos sin comida, una cabra se lo comió todo. Hasta nuestros pasaportes. Caminamos quinientos mil kilómetros a pie, hasta que nuestras zapatillas se gastaron. No recuerdo por cuántos días. Llegamos al puto Thálassa y bebimos agua de ahí. Estaba saladísimo, tanto que nuestros labios se agrietaron. Fue horrible. Hasta nadamos entre desperdicios que los albanos son aficionados a tirar en las costas del Mediterráneo. Fue horrible. Una experiencia loca. Pero no van a creer que entre toda la basura encontramos dos o tres pasaportes. Lástima que ninguno era nuestro. 


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