domingo, 14 de febrero de 2016

Día 637: El gen de la discordia

      La otra noche dejé mi corazón en Tijuana. Ya saben, para que le hagan un retoque. Esos artefactos a partir de ciertos kilómetros empiezan a fallar. El mío vino de segunda mano. Lo compré en el mercado negro con algunos años de uso. Y a los 150 años le tocó un cambio.
      Vivimos en una era artificial, lo reconozco. Pero somos tan inmortales como el deseo de nuestros cuerpos quiere serlo y eso es bueno, ¿no? Bah, a mí me parece algo bueno. No me hubiera gustado morirme todo, como les solía pasar a nuestros tatarabuelos. 
      Claro que ellos no cuidaban una mierda. La Tierra era un basurero. Un tacho de basura lleno. Así fue la vida en nuestro planeta hasta que descubrimos el nuevo Edén de la tecnología biológica. Por suerte abandonamos todos los cuestionamientos religiosos de la Gran Edad Oscura, ese período de dos mil años que la humanidad vivió sumida en la negra noche de las religiones. Lo superamos. Así como nos superamos a nosotros mismos.
      No fue fácil, claro. Se requirieron sacrificios. A raudales. Hoy en día cuentan en la historia como "muertes sumarias" Digamos que nuestra especie logró aislar el gen de la discordia, esa parte hija de puta de nuestro cuerpo que nos hace creer en cosas sin sentido. 
      Millones de sacerdotes, cientos de imbéciles, políticos, amas de casa, niños en su más tierna infancia. Todos por igual conocieron la muerte de cerca. Un sacrificio justo, si me preguntan a mí. Necesitamos tan solo erradicar el cincuenta por ciento de la población para que vuelva a nacer esta idea de orden. El nuevo orden mundial. Y saben qué, no lo cambio por nada.

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