miércoles, 17 de febrero de 2016

Día 640: La ley de Murphy

      A veces debo dejar de lado el beneficio de la duda y no creerme. Soy un mentiroso nato. ¿Qué oscuro secreto descubro con eso? Ninguno. Al menos es una buena terapia de supervivencia. Un paliativo para mi condición, no más que eso. Podría jurar que lo maté. Aunque no soy un asesino. Pero no lo sé. Hace tiempo que la verdad y yo vamos por caminos separados.
      Caí una noche en un estado extremo, desesperante. Creo que fue cuando me di cuenta que había sido bendecido por alguna clase de demonio. No existía otra posibilidad. No cualquiera nace con estas cualidades extraordinarias. Podía dejar de respirar, volar por los cielos y, lo más importante, acceder a la verdad que me había sido negada.
      Mi condición de mentiroso entró en conflicto con los nuevos poderes adquiridos. No se puede ser una cosa y la otra al mismo tiempo. Algo tiene que ceder. Así fue como me volví un esclavo de la verdad.
      Nunca fui capaz de volver a decir falsedades. Y por eso me trataron de loco. Nadie creer en lo extraordinario de manera ferviente, a no ser que se trate de la religión, o que uno se vuelva loco. Para los efectos prácticos, es lo mismo. 
      Quisieron encerrarme pero me escapé con lo justo. Durante seis meses anduvieron detrás mío. Después las cosas se calmaron, habrán pensado que me morí de algún tumor en el cerebro o algo así. Y no. Acá estoy, más vivo que nunca, escribiendo esta confesión.
      Tal vez no. Tal vez siempre fui el mentiroso que creí ser y todo esto es nada más que un gastadero de palabras. No sé, a mí me divierte. Ustedes elijan.

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