viernes, 19 de febrero de 2016

Día 642: Cimientos

      Contrataron a veinte ingenieros para construir la represa y la hicieron patas para arriba. Todos se culparon entre si ante tamaña negligencia. Es que pronto llegaría el Presidente de la nación. El hombre es imponente, quiere que hagan las cosas bien y seguro, va a pedir que rueden cabezas.
      Uno de los veinte hacía dibujos en una esquina. Tenía un lápiz rojo y dejaba que gire libre sobre la hoja. Círculos y más círculos. No parecía tan preocupado como sus compañeros. Le tocó tomar la palabra. Un hilo de sudor le corría por la sien. 
      Todos oyeron sin acotar palabras. A decir verdad pensaron que se trataba de una broma de muy mal gusto. Pero sabían que a Ramírez no se le da esa cosa de hacer chistes, menos con una persona tan importante.
      Somos muchos, veinte si la matemática no me falla. No nos costaría nada doblegarlo. Quién sabe. Tal vez hacer que corra algo de sangre por el bien de la República. La palabra magnicidio corría libre por sus mentes. Era verdad. Es posible. Fácil. Al alcance.
      La discusión se vio interrumpida por la llegada del sujeto en cuestión. El presidente y su comitiva se deshacía en efusivos saludos a cada uno de los integrantes del equipo.
      El ingeniero Regueiro, el más experimentado, tomó la palabra. No tardaron en complotar contra la investidura presidencial. Fue una cosa de dos o tres. Los que creyeron en el discurso de Ramírez. 
      Y la represa emitió su propio veredicto, al romperse sin esperar más palabras o conspiraciones. La fuerza del río contenida estalló y se llevó consigo al presidente, a sus guardaespaldas y a los veinte ingenieros. Nunca volvieron a encontrar sus cuerpos.

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