sábado, 20 de febrero de 2016

Día 643: Tic tac

      A veces se nos dibuja la palabra riesgo en la cara y somos capaces de cometer los actos más estúpidos. Supongo que tiene que ver con esa cuota extra de adrenalina que necesita el ser humano para sentirse vivo. Boludeces. Como esa persona que de la noche a la mañana se descubrió ladrón neófito de nacimiento.
      Pensarán que el tipo empezó a robar billeteras. Y no. Nada más lejano de la realidad. Se lo reconozco, el hombre tenía coraje. Verán, su modus operandi distaba de ser organizado o pertenecer a esa gama de acciones que podamos catalogar de "crimen perfecto" Nada de eso. El tipo pululaba por ahí, como un pasajero cualquiera a punto de tomar un avión, con su maleta y sus boleta de viaje, falsa, por supuesto.
      En esa tediosa y ficticia espera este ladrón de poca monta buscaba a sus víctimas. Elegía a los desprevenidos, por supuesto. Extranjeros en lo posible, los más fáciles de estafar. Luego como quien no quiere la cosa, se acercaba a la persona y apoyaba, de modo casual, su valija en el piso. Casual o no, observamos que su valija es muy parecida a la de su víctima. Y ahí nuestro ladronzuelo opera. En el sigilo de la confusión.
      Le reconozco, tuvo suerte. Al menos hasta hoy. Paso a contarles. La víctima era la indicada. Un extranjero de aspecto nervioso que no paraba de mirar a su reloj. Por un momento temió que se desmayase o algo y echara a perder todo el operativo, pero no. El extranjero caminaba de acá para allá. En un momento colocó su valija en el piso y envió un mensaje de texto con su celular. El momento indicado, allá vamos.
      Fue demasiado fácil. Nadie lo vio alejarse. Pero sí puedo asegurarles que la explosión se sintió a varios kilómetros a la redonda. Esa mañana del 11 de septiembre de 2001 el extranjero tomó su vuelo con destino a Washington, el cual llegó dos horas después, a la hora programada, sin mayores inconvenientes.

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