lunes, 22 de febrero de 2016

Día 645: Desistir

      Teníamos una sola chance. Uno de los nuestros haría el disparo. En el silencio del desierto solo sentirían un grito sofocado por la inmensidad de la misma nada. Nos fue bien, por cierto. No al pedo nos llaman grupo de élite. 
      Por lo general nos contratan los gobiernos. Son los únicos capaces de pagar nuestras facturas, je je. Si tan solo supieran la mentira que gira en torno a los sicarios. La gran mayoría no son lo que aparentan. Son nada más que gatitos bebé pendencieros. Nada más. Los únicos hombres somos nosotros. Y matamos de verdad. Tasa de efectividad: 100 %.
      Por supuesto somos personas discretas. Trabajamos más limpiando nuestros nombres que lo que lleva consumar el acto, que no suele extenderse más allá de los quince minutos. Eso sí, la adrenalina que corre por el cuerpo los hacen sentir como si fuesen siglos.
      Una vez estuve a punto de morir. Un guardaespaldas me agarró en posición adelantada. Me ligué un par de agujeros en el cuerpo. Nada grave. No puedo citar nombres o lugares, ya lo saben, por motivos obvios.
      Esa noche en el desierto. Esa noche perfecta. Fue el inicio del fin. No volvimos a sentir el amor a la profesión, la llamada vocacional. No me pregunten por qué, pero a todos nos pasó. Es como si un fantasma nos hubiera cambiado las ideas.
      Desde ese entonces abrimos restaurantes, inauguramos ferreterías y hasta salimos a la calle a vender Biblias. Nunca más nada relacionado con los asesinatos. Cada tanto nos llaman para encargarnos algún trabajito. Pero siempre ocurre lo mismo. Nos negamos de manera rotunda. Y al rato lo sentimos, es inmediato. Algo pasa por nuestra nuca, un frío inexplicable, sensación de que algo más nos sigue.

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