martes, 23 de febrero de 2016

Día 646: Regulador

      Inyecté el veneno y esperé a que hiciese efecto. El hijo de puta iba a sufrir como el hijo de puta que era. Luego moriría y repartiría su cadáver entre los perros hambrientos. No es el odio. Es más bien un sentido de justicia. Retorcido dirán, pero efectivo.
      Nunca me consideré un asesino en serie. A mi no me gusta matar, no lo disfruto, no lo necesito para calmar una parte de mi inconsciente. Tampoco me acucia el bolsillo. Soy un tipo que estudió y llegó a una conclusión bastante simple y evidente. Hay muchas, pero muchas personas de más en la Tierra.
      Y no es que sienta que mi rol en la sociedad posea un carácter divino, no creo en esas estupideces. Mato personas que están de más. No siempre son ladrones. A veces son tipos de traje. Niños. Incluso viejos insignificantes.
      Es como el agujero de la capa de ozono, hay cosas que la joden. Lo mismo con los seres humanos, hay personas que joden al equilibrio natural de la Tierra, sea por motivos biológicos, ecológicos o estructurales.
      Me guío por una fórmula. El método científico ante todo. A cada individuo le asigno un número, y le sumo y resto oro y contras al sistema humano. Y no, no es algo subjetivo. Es el resultado de muchos libros leídos. La fórmula es lo más objetivo que puede salir de un ser humano, si consideramos nuestra subjetividad inherente. 
      Como toda fórmula, doy el beneficio de la duda. Siempre hay un elemento X que se resiste a ser categorizado. Lo tengo en cuenta. Por eso no mato a la ligera. Elijo a las personas y tardo un año en estudiarlas y matarlas, si es el desenlace lógico.
      De algún modo hacer lo que hago me trae una paz existencial plena. He predicho y anulado miles de atentados contra la infraestructura de nuestra humanidad. Está todo en los registros. Y digo, como a los grandes genios, que sea el tiempo mi juez y regulador.

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