miércoles, 24 de febrero de 2016

Día 647: El sombrero puesto

      Esa mañana se dejaría la incipiente barba. A los muertos nadie les reclama nada. El ataúd se reservó con tres meses de antelación. Una persona colocó su sombrero dentro del cajón. De esa manera quedó hecha la reserva. Así se manejaban las cosas en su pueblo. Uno solo tenía que colocar un sombrero para indicar que la cosa en cuestión le pertenecía a otra persona. Sea un perro, una mujer o una cama para el eterno descanso.
      Esa mañana tenía derecho a sentirse perverso. El cáncer te hace así, todo un perversito. Recordó que esa tarde tenía que pasar a retirar por la gráfica las tarjetas que mandó a imprimir. Se las enviaría a todos sus amigos, familiares y conocidos. Te invito a mi funeral, va a haber globos, café, bebidas blancas y llantos al por mayor, te espero.
      Esa mañana se levantó y palpó sus mejillas con la precisión de un proxeneta. Desaparecidas en acción. Me falta comer cerebros. Soy el zombie ideal, pensó. Dame cerebro, el carcinoma necesita cerebro fresco. Ja ja. A veces la enfermedad y la muerte te terminan por dotar de sentido del humor, ¿quién lo pensaría? Hasta hace seis meses atrás era el tipo más serio del mundo. Parquedad total. Ahora le competía a los mejores humoristas del mundo, todo gracias a su amiga la gran C.
      Más despierto, así se sentía. En realidad el término más acertado es vivo. Vivo. Por un término de tres meses. Lo suficiente.

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