jueves, 31 de marzo de 2016

Día 683: Hambriento

      Un gigantesco revoltijo de tripas. Dicen que cuando todos los campos de concentración fueron tomados por los soviéticos éste continuó con su trabajo. Bajo tierra. Al menos se registran actividades hasta el año 1963. Es un misterio cuales fueron las fuentes que invertían en el lugar. Ni siquiera la cúpula nazi sobreviviente sabía de su existencia.
      Estaban los rumores, por supuesto. Un bunker donde torturan judíos, negros y gitanos. En ese orden. Aunque también aseguraban otros que también se castigaba a otras razas, incluso alemanes arios.
      Recién en 1998 las actividades del bunker fueron descubiertas, luego de una excavación fortuita en las afueras de Varsovia. El centro de detención era un amplio galpón de 450 metros cuadrados. La cantidad de huesos hallados no tiene cuenta. Estaban todos ordenados, de mayor a menor. En una esquina habían montado dos estanterías de chapa donde  colocaban los libros contables y documentaciones varias.
      El equipo de excavadores halló dos libros contables. Uno de tapa negra y el otro de cubierta roja. El negro no representaba mayores complicaciones. Tenía anotado con minuciosidad los ingresos y egresos de moneda. Con detalle de pagos y compras y sus fechas respectivas.
      El libro rojo era de una naturaleza distinta. Estaba plagado de anotaciones crípticas. Símbolos en los márgenes. Coordenadas expresadas con lenguaje rúnico.
      El libro rojo fue llevado de regreso a Alemania donde un grupo de filólogos se dedicó a la ardua tarea de descifrarlo. Les tomó tres años. Corría el 2004. Y la verdad vio la luz.
      El bunker debió ser una especie de fábrica. Más bien un frigorífico. Exportaron carne humana durante treinta y cinco años ininterrumpidos. Desde 1927 hasta 1963 para ser precisos. Las anotaciones al margen señalaban los gramos de carne vendidos. Y en un sistema alfabético combinado con el cirílico se precisaban los lugares adonde se destinaba la mercancía.
      Lo curioso es que más del 70 % se envió al mismo lugar. Los investigadores señalaron las coordenadas en el mapa con precisión. Océano Ártico. Un punto perdido entre Canadá y Groenlandia. Al costado derecho las siglas identificatorias, un guiño o un símbolo aún no descubierto, vaya a saber. La transcripción señalaba la siguiente palabra: R'lyeh.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Día 682: Reposo

      Tanto sueño no por el deseo de en un mundo ideal yacer. Mas me provoca el bostezo que gutural emerge de mi boca. Considerad mi gentileza si de tacto me hallo falto. Sabed disculpar los pobres improperios de un poeta que con su poesía puede todo menos dormir.
      De este talento brotan los versos desprovistos de elemento. De esta boca que no ciñe en cerrarse al sutil encanto de Morfeo. Largas horas venideras de trabajo la jornada anuncia. Cuanta pena, alma de Kafka, que brilla por su sombra.
      Supuse saber algo que de oído terminé por tocar. Me metí en esa camisa de once varas contadas. Tomadme por el farsante. O decid que soy el quiebramuecas. Eso tal vez haga justicia al insomnio no deseado. Y decís a vuestros ojos que gentil leen las palabras que manan del teclado. No dormid, perdonad. Piedad. Y dejad que mi alma clave sus uñas sobre la almohada.

martes, 29 de marzo de 2016

Día 681: Función transnoche

El teatro se abandonó tan pronto como los espectadores salían por las ventanas. Las puertas quedaron abarrotadas de cadáveres. El incendio poco a poco se extendía por toda la sala. Un hombre de mediana altura giraba en circulos mientras extendía las llamas con su altura. Esa noche fue todo caos.
No se sabe como se inició la cosa. Dicen que la obra era bastante mala. Contrario a las indicaciones, algunas personas comenzaron a encender sus cigarrillos.
Las alarmas no funcionaron. Hasta lo inevitable, cuando el hombre encendido gritó.
El sistema de ventilación falló y algunas personas sintieron que el aire menguaba. La muerte se escondía entre las butacas. Disfrutaba el buen espectáculo. Sabía que la cosecha sería grande. Solo unos minutos más.
Después la impaciencia comienza a ganar. Parece que nadie muere. Todos comienzan a sobrevivir.  La energía vital de la naturaleza abuchea la obra desde el palco.
Mientras tanto los cuerpos se siguen incendiando. Es un baile eterno de fuego. Parece que va a durar por siempre. Hasta que un clic percudió el silencio de gritos. Alguien tiene una pistola. Es la muerte que no quiere perder la apuesta con esa fanfarrona de arriba del palco. Rompió el orden y le va a tocar pagarlo. Todos saben, de ahora en más, que la muerte puede morir. Es una posibilidad.

lunes, 28 de marzo de 2016

Día 680: Recuerdos de la primera vez

      Ese día perdimos la inocencia. Así se decía tener sexo por primera vez en las épocas del Génesis, más o menos. Entre cuatro o cinco, no recuerdo bien, hicimos una vaquita para pagar una prostituta. Fueron los mejores cinco minutos de mi vida. En realidad fueron tres, pero le sumé dos para alardear ante mis compañeros, ya saben. Éramos chicos. Cualquier cosa en ese entonces era un alarde o una provocación. Así pasan las cosas en la infancia. 
      Luego crecimos, y cada uno siguió su camino. No volvimos a mencionar aquel evento en nuestras vidas. Raro, porque creo que casi todos perdimos la virginidad ese mismo día. Tendría que ser algo importante, pero por alguna razón lo olvidamos. Tal vez por las circunstancias. O nuestro pobre desempeño de ese entonces. Vaya uno a saber por qué.
      Me reencontré con dos personas que participaron de la faena. La magia de las redes sociales. Tuvimos que ponernos bastante al día, hacía como veinte años que no nos veíamos. Como quien no quiere la cosa llegamos al episodio de la prostituta. 
      El ñato trató de iluminarnos, era el que más recordaba de nosotros. Dice que juntamos entre todos como unos doscientos australes, que para ese entonces era mucha plata. Nos llevó como cinco meses de ahorros. La prostituta era amiga de uno de nuestros hermanos mayores. Tenía 16 años. Lo hacía por placer. Para comprar cigarrillos, nos contaba. 
      No lo creímos. La arrastramos al bosque y realizamos nuestro pedido. La chica accedió. Pero no resultó fácil, ya que ella también era virgen. Y ahí intercedí. Pero eso no tiene un carajo de sentido, dije, ¿cómo va a ser virgen si la chica era una prostituta? Es contradictorio.
      Y ahí volvimos a ennegrecer nuestros recuerdos. A decir verdad, más la pensábamos y más nos parecía llegar a la conclusión que la prostituta no existía. Las memorias nos llegaban, no lo niego. Pero todo de a fragmentos. A fulano le venía una sensación, a mengano otra, a mí otro tanto. Juntos descubrimos lo que pasó hace más de veinte años. O al menos, eso creemos.
      No existió la prostituta. Existió ese día, claro. También perdimos nuestra virginidad. Había un bosque. Y sí, de hecho éramos cinco personas las que rodeamos el cuerpo. Lo observamos con curiosidad, era la primera vez que estábamos en presencia de un cadáver. No sé quien dio el primer paso. Tal vez yo, que era el más descarado de todos. Creo que no fue una experiencia placentera. Mejoró a la segunda vez, se los aseguro. Estoy seguro que ahí si lo hice con un ser vivo. 

domingo, 27 de marzo de 2016

Día 679: El más nuevo orden mundial

      El pájaro cantó al alba, aunque no sabía ni dónde ni cuándo. La resaca fue mortal. No debo beber, pió para sus adentros. No debo beber más. Luego dejó que la orina siga su curso, por un costado del árbol. Ese dolor de cabeza le iba durar todo el puto día. El pedo de pájaro es mucho más  fulero. Todos en la naturaleza lo saben.
     Esa mañana, al igual que todos los animales en el reino del Señor, el pájaro tenía un trabajo. La alarma del bosque, así le decían. Sin su cantar, nadie se despertaría temprano. Estaba dos horas atrasado. Todo por culpa de esa botella de vino. Su solo recuerdo traía la memoria de la náusea y el vómito.
     Desde ese momento el mundo se corrió de lugar. Dos horas para ser precisos. Y aquellos animales que no dependían del cantar del pájaro aprovecharon para hacer sus fechorías. Eso hicieron los murciélagos, que se chuparon toda la sangre de los principales depredadores de la Tierra, como los leones y los seres humanos. 
     Por esas dos horas de retraso el pájaro perdió su trabajo. Lo echaron sin indemnización alguna. Tenía dos crías a las que alimentar y un divorcio en trámite. Así que el apremio de plata lo tenía con la soga al cuello. Y encima borracho. Tuvo que salir a robar. Y mal no le fue, aunque los murciélagos siempre tengan algo que decir.

sábado, 26 de marzo de 2016

Día 678: Nostalgia escatológica

      La camioneta venía arrojando sus desperdicios a lo largo de los kilómetros donde se extendía la ruta. En silencio atravesó el desierto. El único ruido en la inmensidad de la misma nada era un motor con ciertas deficiencias en los inyectores. Tengo que hacer arreglar el motor, dijo para sus adentros el campesino. Solo quinientos metros más. El fin de todo. Su propio fin.
      Todo cuerpo es regulado por el principio de ingreso y evacuación. Desde el espermatozoide hasta el ataúd. Es así. Nadie puede negarlo. El campesino poco entendía acerca de estas disquisiciones. Pero algo dentro suyo había, culpa del temperamento melancólico quizás. Una necesidad de archivarlo todo. Pero todo. Hasta lo que sale del cuerpo.
      Lo que sale. Claro, mocos, excremento. Todo guardado. El tanque australiano del fondo era el mayor archivo de su vida. Un océano de caca, pis, moco y pus. Ninguna vaca o caballo osaba acercarse al tanque a una distancia inferior a los 100 metros.
      Y el contenido del tanque creció, hasta exceder el espacio cubierto. Una montaña de porquerías se elevaba en el campo. Sin vecinos a la vista el mal olor no significaba una queja, salvo que el aroma llegara a la ciudad.
      El miedo a perder aquello querido, ese espejo nostálgico que representaba la mierda y el resto de las porquerías le impedía al campesino tirar todo adonde corresponde. A la basura, claro. 
      Debería cargar la camioneta con cientos de kilos de existencia material. Desperdicios. Aunque con el cariño hacia algo que alguna vez fue parte de uno. El basurero más cercano estaba a cinco kilómetros. Una distancia perfecta para desaparecer.

Día 677: El orden de los factores sí altera el producto

      El ratón, ofuscado por la falta de logros, saltó del quinto piso de un edificio. Para su fortuna, los daños fueron severos. Murió en el acto. No hubo entierros, ni actos fúnebres. Nadie entierra a un ratón, por cierto. Salvo ese gato. 
      Ese gato observó desde el piso el suicidio y pensó en darle una sepultura al ratón. Ni siquiera se detuvo a meditar el porqué. Tan sólo lo enterró y dejó el montículo a merced de las fuerzas naturales.
      La naturaleza, caprichosa como pocas, quiso revivir al ratón. Convertido en zombie el roedor pululó por las oscuras esquinas a la búsqueda de cerebros de ratones. En muy poco tiempo el apocalipsis zombie de los ratones fue una realidad. Y la plaga fue difícil de combatir.
      Pronto llegó la primer víctima humana. Los efectos no fueron inmediatos. En realidad nadie llegó a entender bien las consecuencias de la mordida. Algunos se convertían en hombres ratas, otros adquirían super fuerza, unos pocos privilegiados desarrollaban su miembro viril a niveles de caballo o burro, después otros morían sin decir más nada.
      El apocalipsis zombie roedor pronto pasó a llamarse una plaga aleatoria. Un producto desconocido ocasionado por alguna clase de dios desconocido. Y en realidad la causa era simple. Más de lo que se esperaba. Culpen al gato. Alteró el orden de lo esperado. El felino debía almorzarse al roedor. Su acto de contrición le ganó una reprimenda de la madre naturaleza. Y así fue. 

jueves, 24 de marzo de 2016

Día 676: Julio César

      Cubrió con cierto desprecio los huesos que alguna vez pertenecieron a su padre. Luego de matarlo lo perdonó, pero aun no podía dejar ir el simple hecho que lo odiaba. Un odio que nacía desde lo más negro de la bilis. Un odio que, si, eso, había llevado a clavarle repetidas veces un cuchillo a la altura de la espalda. Así mueren los grandes, pensó.
      Julio César. Y no se le ocurrió nada más. El viejo se desangró en menos de un minuto. Parecía un lechón degollado. Se cagó encima. También se meó. Fue la última vez que fue al baño, si se quiere verlo de algún modo.
      A veces se necesitan estas acciones. Cambios en el poder, ya saben. Julio César. Tuvo su fama. Su gloria. Pero todo imperio tiene su decadencia. Es un fenómeno natural. Ida. Vuelta. Altas y bajas.
      Después vino el pensamiento frío. ¿Dónde enterrarlo? En realidad cómo sería desaparecerlo. Carne picada. Pero la voz. El espíritu y toda esa mierda. Está ahí, no se va. Nada vuelve.
      Quizás sea una venganza. Julio César se da vuelta y se percata de la conspiración. Toma el cuchillo entre sus manos y asesina a todos sus conspiradores. Reina por quince años más y muere de viejo. Cosas que nunca pasan. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Día 675: Puerta trasera

      El convenio con la sociedad ha tenido desde su constitución el efecto de una hemorroides leve. Una picazón anal. Un trozo de carne que sobresale. Que entra y sobra al mismo tiempo. La cultura vista, así, como un dolor de culo.
      Por supuesto en esta historia siempre existen los entregadores. Esas personas de poca monta, excelsos contables, que hacen su negocio a partir de la cuota inicial de treinta módicos denarios.
      Esos señores sí que fueron despiadados. Les importó poco la teoría de los escalafones, sobre todo los más bajos, esos sectores perjudicados. El decoro de una moneda invertida. Ese es el riesgo, dijeron. Hay que apostar al sistema, y lo hicieron. Mierda si lo hicieron, se jugaron hasta la vida que no tenían. Claro, en las mejores películas, y en la realidad también, la casa siempre gana.
      Pero, dato curioso, si uno se pone a pensar bien, ellos son la casa. Defienden los intereses de las corporaciones caníbales, que son sus queridas criaturas. 
      Así que sigue picando, allá por lo bajo. La hemorroides cuelga un poco, pero no jode. La costumbre impermeabiliza la zona. Ya no duele tanto. Hasta se siente el gozo del área torturada. Al fin y a cabo, ¿qué tanto merece un culo dilatado?

martes, 22 de marzo de 2016

Día 674: John Connor

      Monté un espectáculo barroco con toda la parafernalia. No le faltaba nada. Ni las putas, ni el bebedero de cerveza, ni los enanos de circo. Ya saben, una buena fiesta. Hasta las cuatro de la mañana la cosa vino bien. La música sonaba a todo lo que da. La mayoría ya estábamos medio desnudos. Creo que uno de los enanos se murió, o quizás estaría muy drogado, no lo sé.
      A las cuatro sentimos las primeras sirenas. La policía, pensamos al unísono.  Tapamos con una alfombra grande todos los desperdicios de las drogas y apagué el minicomponente. Si no les hubiera contado lo que pasó acá dudo que alguien se hubiera percatado de algo raro. La verdad que soy bueno limpiando escenas del crimen.
      El timbre sonó. Dudé en atender. Esa duda, sumado al silencio sepulcral del living, habrá durado un minuto. El timbre volvió a sentirse. Del otro lado había un policía, de pelo corto y ojos claros. Tenía una mirada inquisidora, como de búho malo. Temí por un instante que me descubriera en infracción. 
      El oficial se presentó. Lo invité a pasar, no sé porqué, me surgió así. Mis compañeros de espectáculo lo observaban sin decir palabra. Éramos como veinte en un living de cinco por cuatro, para que se hagan una idea. 
      Linda casa, dijo el agente de la ley. No se preocupen, no vengo a arruinarles la fiesta. Aspiró una bocanada del tufo que había en el aire y me guiñó el ojo. Por un instante me sonrosé como una adolescente. Esa porquería de persona me había descubierto en falta.
      Aproveché el momento para preguntarle el motivo de su visita. Temí saber la respuesta, ese hombre se me hacía familiar de algún lado. ¿Dónde lo vi? Crucé miradas con un par de amigos de ahí y me confirmaron lo mismo. Ellos también lo conocían al tipo. 
      El policía sacó una foto estrujada en donde aparecía un adolescente de unos quince, dieciséis años. Me preguntó si lo vi por alguna parte o si lo conozco. Le dije que no, que no me sonaba haberlo visto por el barrio. Acto seguido, el oficial se excusó y se retiró sin decir más palabras.
      No sé que tan blanco quedé. Supongo que pálido es el término más adecuado. Los miré a todos, no me animé a prender el equipo de música. ¿Es él? Pregunté. Todos asintieron con la cabeza.

lunes, 21 de marzo de 2016

Día 673: Torniquete

      Holocausto carbónico. El fin de todas las especies. Nadar. Volar. Pisar. Sin aire. Cinturón atmosférico de pesares. Contagia lo que alguna vez tuvo cura. Un caballo de Troya al revés. Si pueden atreverse a ser otros. Muy diferentes. ¿Cuántos dedos podrán contar los mundos posibles? 
      Pusieron el señuelo y se olvidaron de la presa. ¿Cuál es la pregunta? Nadie entra al templo perdido. Está al resguardo de lo  que muchos creen que es. Pero nadie está a salvo. Están todos muy perdidos, con sus sacos para dormir y sus guerreros de terracota. 
      El instinto primitivo devora la sangre del sacrificio. Anuda firme el torniquete. Fugar. Sido, fugar, sido. Una clave al horizonte perdido. De los soles y las páginas de la historia.
      Cínico amigo. Besa el anillo. Impío camina el sendero de sombras, inarticulados lamentos. Un desdeño de otro tiempo. Una autoridad que dejó de serlo para ver lo que nunca más fue. Un hombre.

domingo, 20 de marzo de 2016

Día 672: Desmesura

      Lo volcó todo porque así quería que fuera. Un inglés lo habría calificado de descortés, pero poco importaba. Tiraría cada taza de té que se le cruzara por enfrente. Cuánta lujuriosa maldad. Aquel arrojador masivo salió a la calle a volcarlo todo. Una porquería humana, ya saben. 
      Es que había nacido para ofender con sobrantes de líquidos al mundo condenado a servir más poco de lo que su pulso necesitaba. Derramar la gota gorda. O algo así. No tienen por qué preocuparse. Es una condición patológica. 
      Síndrome de manos nerviosas. Eso lo explica todo. O al menos una parte de todo lo que le ocurre a este hombre, que recibe los más cálidos aplausos en su cara. Deberían verlo, imposibilitado de cubrir con un manto de piedad sus excentricidades. Esa necesidad de volcar y volcar hasta dejar todas las gotas en el piso. Hasta el mismo charco. Y sobre todo si es té, mejor. 
      Un inglés inútil pueda ser, quién sabe. A decir verdad estas cosas del cerebro cada vez sorprenden más. Y las constatan en los libros de psicología, que es peor. Estos casos de uno en un millón. Uno en un millón. Vayan a saber cuántas locuras más de este tipo pululen por el mundo. 

sábado, 19 de marzo de 2016

Día 671: Rodolfo Ranni

      Actualizaron todas las bases de dato el lunes. La humanidad se encontró a si misma tan confundida como un canario congelado en Siberia. Alguien fue capaz de borrarlo todo. También se tomó el trabajo de reinscribir los nombres. Bueno, no tan complicado. Replicó el mismo nombre una y otra vez. La Tierra, una mañana de lunes, se llenó de Rodolfos Rannis. Rodolfos Rannis varones y Rodolfos Rannis mujeres.
      Incluso los verdaderos Rodolfos Rannis fueron reinscriptos en el sistema. Cosa inaudita. El autor anónimo no tardó en develar sus intereses. Había creado la mejor tapadera para realizar cualquier clase de crimen. Esta persona no era un Rodolfo Ranni. Era otro. Un otro libre del sistema. Para su suerte y la poca de los demás.
      Novios y maridos, todos Rodolfos Rannis, tuvieron que aceptar, contra su naturaleza, el matrimonio homosexual.  Todos tuvieron que aceptar los crímenes cometidos por Rodolfo Ranni, aunque también es el presidente de múltiples naciones. O sea, un caos absoluto.
      Tardaron una semana en restaurar la base de datos dañada. Mientras tanto, el autor anónimo ya se había esfumado de la Tierra. Nadie lo pudo encontrar. Dicen que se llamaba Rodolfo Ranni.

viernes, 18 de marzo de 2016

Día 670: Culpas repartidas

      Dicen que como legado ese hombre amó en demasía y ese fue su error. Una suma de incalculados. Tanta pasión por cometer un crimen que pocos conocen. Así fue como se deshizo del cadáver. Lo tiró al lago, mientras nadie miraba. 
      Como lo enseñó aquel cuento de Poe, un cuerpo siempre desea ser encontrado, más aún uno muerto. No tardó mucho en flotar y llegar a la orilla del río. Las autoridades tuvieron que tragar sus impresiones. El cadáver estaba destrozado. 
      Alguien más allá de lo humano había consumado el crimen. Claro que nadie en su momento podía suponerlo. Todos pensaban cosas obvias. Un crimen pasional. Un desquiciado rito satánico. E incluso se habló de un asesino serial que todavía andaba suelto. Nada de eso.
      Las huellas de la criatura, frescas en un inicio, se desvanecieron como por arte de embrujo.
      Un buen observador habría notado los orificios. Por supuesto, necesitaría antes recomponer el rompecabezas de carne. Un buen observador sabría repartir las culpas. Alguien con tentáculos. De otra dimensión. Un ser primigenio. Novedades de R'lyeh.

jueves, 17 de marzo de 2016

Día 669: Lavar las piedras

      La suma de un mal tras otro. Pérfido. Y atrás de ello lo siniestro. Traman una solución para la complacencia de unos pocos. Es lo obvio. Luego comprender una esperanza entre tantos pensamientos oscuros. Cuantos panoramas por definir, cuantas preguntas por realizar. 
      El confín de una cosa esperada. De lo último por aparecer será. Es el tónico de un buen personaje depresivo. Comería por tal lo que haría falta. Desearé como nunca lo ha hecho un hombre. Buen valle de lirios resulta ser ese camino empedrado. 
      Una santísima trinidad que se eleva por algún lugar. Un fenómeno no sacro, cuasi científico. Momentos de un sentir específico, sin lugar a dudas. Sobrenatural. Cosificado. Si nadie responde, es una cápsula vacía. Sin espejos, ni fantasmas. Pero alguien le llena el sentido y todo lo representa. 

miércoles, 16 de marzo de 2016

Día 668: Blood brothers

      El pelo en remolino señalaba un mal augurio. Esa persona entraría al salón y se tomaría toda la cerveza. Y también el whisky. Y todo líquido que contuviese algo de alcohol, por supuesto. Eso no exceptuaba al destapacañerías que utilizaban en las letrinas. Nada escapaba a su poder catante. 
      Los pueblerinos se echaban el ojo entre ellos. Nadie quisiera estar en el lugar de ese pobre hígado. Salvo Jack. Claro, el viejo Jack, ese hombre sí que sabía dar buenos bailes con la muerte hasta engañarla en el paroxismo de amor cortés. Un engaño de luces y sombras.
      Por supuesto, todos esperaban pronto una confrontación. Más pronto que nunca, dado que nada pasa en este paraje abandonado a la mitad de la misma nada. Y así ocurrió. El viejo Jack cayó al salón con un par de amigos. Tomó su asiento a la barra que la mesera le guardaba con un ahínco insospechado. Pidió un aperitivo como para abrir el garguero.
      Luego se bajaría dos onzas de vodka de medio pelo y un sorbo de aguardiente. Comencemos, dijo. En una esquina con poca luz, el extraño de pelo en remolino acumulaba cadáveres de bebida desde temprano y no parecía caer bajo los efectos de la borrachera. Sus ojos parecían bolas de acero. Estaba alerta. Era un pistolero etílico. Nada, ni siquiera el vuelo de una mosca, se escapaba a sus reflejos. 
      El salón se sumió en un silencio sobrenatural. Ambos hombres cruzaron sus miradas, y sus hígados, supongo. Ambos tenían el dinero suficiente para tomar hasta matar al más común de los hombres, salvo a ellos mismos, claro. Ejemplares de un mundo antiguo y extraño, eso eran. O al menos es lo que se puede suponer, a medida que las botellas caían y caían. 
      El duelo duró dos semanas, sin exageraciones temporales. Dos semanas de bebida descontrolada. Nadie cayó. Como pueden imaginar, fue un empate. Ambos terminaron fundidos en un abrazo. Un abrazo legítimo. Etílico. Luego de ese abrazo, aunque nadie lo pudo creer, los hombres cayeron redondos al piso, víctimas de una borrachera inminente. 

martes, 15 de marzo de 2016

Día 667: La veinteava extinción

      Aún el más despiadado psicópata es capaz de tener los sentimientos más profundos. Odio, por lo general, pero a veces amor, un amor no manchado por la cultura, por cierto. Algo extraño de entender para el común de la sociedad. Igual esta historia no trata en modo alguno de un psicópata o algo parecido. De hecho el cuento versa acerca de un hombre común. Un tipo como cualquiera. Como ese que cruza por la vereda, o aquel que se sopla los mocos desprevenido, como si nadie se diera cuenta de lo que hace. 
      Este hombre nunca fue a una iglesia. Nunca sintió la necesidad de masturbarse con desenfreno en un baño. Tampoco sintió la pasión de la carne entrada la adolescencia. En realidad estaba bastante muerto por dentro, y también por fuera. Un espíritu abúlico, diríamos. 
      Tenemos que suponer que a la larga puede estallar y hacer cosas como de psicópata, pero no, nunca lo hace. Es un hombre muy recatado. Con una buena posición social. Un buen sueldo. Una familia tipo. Dos hijos. Sexo adecuado. 
      A los cincuenta y siete años, en su último día de vida, este hombre enloqueció. A la enésima potencia. No sería una exageración decir que su locura movilizó al mundo. De hecho hay científicos que estudian el fenómeno de rotación y traslación terrestre. Dos kilómetros hacia el cénit. 
      Este hombre pasó veinticuatro horas desnudo, hablando un lenguaje inteligible, mientras construía aparatos inimaginables para la mente humana. Bombas gravitacionales, agujeros negros sintéticos, portales interdimensionales y cosas así. Su mente se conducía al colapso, a medida que el hervor maníaco le insuflaba el cerebro. 
      Operó en lo bajo, cómo un cáncer inteligente. Y nadie se dio cuenta que antes de morir había condenado a la Tierra a la extinción inmediata. Nadie pudo entender cuáles fueron sus motivaciones. Nadie, porque para ese entonces ya todos estaban muertos. 

lunes, 14 de marzo de 2016

Día 666: Adierim anu se etimíl opmeit le

      Me dijeron que trabajar con plazos no es complicado. Es como trabajar con una soga al cuello, eso dijeron. Para su fortuna, no se equivocaron demasiado. Es como tener la soga al cuello y caminar sobre un pavimento hecho de piedras prendidas fuego mientras te gritan improperios y cosas que te puedan dar verguenza. No sé, que ventilen tus cotilleos con tu mamá de cuando eras chico y el Edipo todavía no se te había pasado. Eso es un plazo, o como el inglés bien nombra: deadline. Línea muerta. Nada mejor dicho.
      Sé un buen periodista, por supuesto. Sé un buen escritor, por supuesto. Sé un buen amante, por supuesto. Y también puedo matar a Osama Bin Laden de nuevo si me dan tiempo. Claro, tiempo no hay. Por eso es una fecha límite. Una línea muerta que no deja pasar más allá del velo de lo muerto, como le ocurrió a Gary Oldman en esa película de hechiceros adolescentes. Usted también podría intentarlo, ser un buen periodista, un buen escritor y un buen asesino de Bin Laden y todo lo demás. Después me va a pedir prestado la soga, e incluso el cuello. Lo siento, tengo uno solo, y por ahora lo estoy usando. 
      Lo peor de todo igual, más que la muerte, Osama y todo lo demás es repetirnos. El periodismo, sobre todo el radial, nos enseña que una cierta redundancia es útil a efectos de guardar la información que deseamos en la mente del audioespectador, por ejemplo, el hombre y la luna. Es necesario que digamos, por un suponer, doscientas veces que el 20 de julio de 1969 Neil Armstrong puso un pie sobre el satélite que en suerte le tocó a la Tierra, o sea la Luna. Ese coso redondo y grisáceo que se suele ver de noche, y a veces de día, o de tarde. Con repetir unas doscientas veces más toda esa sarta de información sin sentido, uno puede llegar a aprender cuál es la estricta relación entre el hombre y la luna. Es lo que queremos. Gracias por todo.
      Igual lo peor no es esa clase de repetición. Lo peor es volver sobre nuestros pasos, como cangrejo borracho. ¿Acá era no? ¿Dónde enterraron el cadáver? Por supuesto, aún está fresco, calentito, casi se le puede sentir la sangre coagulándose a través de esas venas ya muertas, como el resto del cuerpo. ¿Ya les dije que el hombre alunizó un 20 de julio de 1969? Esa repetición. La asfixia del autoplagio. Y como bien se puede decir, la serpiente que se come la cola e implota en una suerte de limbo con visos de Alzheimer y LSD. 
      O peor de todo. Lo peor de lo peor es sentir que la asfixia de la soga al cuello, por cierto, y si, asfixia, aún más, y necesitamos sacar un bendito puto conejo de la maldita obvia galera. Y se nos da por inventar una historia con elementos que andaban por ahí despertigados. Pistas. O migas de pan para Hansel y Gretel. Buscamos por ahí, y asociamos a Gary Oldman con Osama Bin Laden, después le damos un background y lo situamos un 20 de julio de 1969 en una conjura macabra para evitar que el hombre colonice la luna. 
      Después digo, y me repito, que lo peor de lo peor de lo peor no es ni repetirse, ni a propósito ni sin querer, es lo peor de lo peor de lo peor que creamos que exista un peor de peores, cuando en realidad todo es producto de nuestra puta mente. Los plazos límites no existen. Nosotros somos el plazo límite. Y en realidad si, es como dijeron. Trabajar con plazos límites no es complicado. 

domingo, 13 de marzo de 2016

Día 665: Adoptar

      La gratitud vivida de un imponderable caso de ladillas. Un diez de septiembre de 2001, en vísperas de su viaje a Nueva York, un empresario contrae un severo caso de ladillas que salva su vida. Ese es el título de la nota. Pensar que mis bichitos podrían haber impactado contra el World trade center, pensó el empresario. Desde ese día decidió no volverse a afeitar los genitales.
      Todo el amor a sus ladillas. Como es sabido, los millonarios hacen lo que quieren, son como niños caprichosos con vía libre a hacer lo que se les antoje, sin una mamá que los vigile. Niños huérfanos caprichosos, en todo caso. Este hombre no fue la excepción al destinar millones de dólares para crear la primera reserva ecológica de ladillas en el universo.
      Desde ese entonces visitó centenares de prostíbulos con el fin de mantener viva a la prole. El empresario estuvo internado dos veces por sobredosis de antihistamínicos. Nadie podría culparlo, la porquería da mucha comezón.
      Pronto el área de su vello púbico se convirtió en una metrópolis de ladillas. El poblado se extendía a otros lugares también, como las axilas y los pelos en el pecho.
      Por lo general, una infección por ladillas suele combatirse. Nadie investigó, salvo hace millones de años, cuando los hombres de las cavernas convivían con lo que sea, cuál serían las consecuencias de albergar por tanto tiempo a semejante cantidad de ladillas.
      La respuesta es: crecen. Si, crecen. Se hacen del tamaño de una garrapata. Ya no les alcanza la sangre. Necesitan algo más. Con sustancia. La ladilla evoluciona en piraña genital. Y se come todo. Todo. Trasplante de bolas. Eso es. 

sábado, 12 de marzo de 2016

Día 664: Cacaquinesis

      Arrojó el cohete al inodoro con la esperanza de limpiarlo. Para su mala fortuna el cohete funcionó. Pedazos de caca volaron por doquier, impregnando el baño con el clásico hedor de la mierda. Tardaron cinco semanas en reconstruir la escena del hecho. Otras cinco semanas para encontrar todos los pedazos de lo solía ser el cuerpo del autor del hecho.
      La policía tardó un año en averiguar las motivaciones escondidas detrás del loco del inodoro. Diez meses después el caso fue llevado a un tribunal, el cual se pasó tres meses y dos días rascándose la cabeza. Para el sexto aniversario de la catástrofe un juez de relativo prestigio se sintió capacitado de hacerse la historia. Le llevó una semana animarse a contarla.
      El señor, que pasaremos a llamar R para mantener su identidad a cubierto, era el encargado de las labores de mantenimiento en un departamento de la avenida Gaona. De acuerdo a lo que detalla el registro de inscripción de empleados, desempeñaba su cargo en los horarios de 11 a 20 hs, con descanso diario de una hora para almorzar. 
      El señor R no cuenta con antecedentes policiales. Solo registra dos familiares vivos, una prima que vive en Chivilcoy y su madre, de 78 años de edad. El resto parece haber muerto en un accidente vial que no se tiene mayores registros.
      El juez, al tercer día, se animó a contar el resto de la historia. Es macabra, advirtió. Al parecer en el baño destrozado no se registraron explosivos de ningún tipo. Tampoco existe indicio alguno de que el señor R haya hecho uso de la fuerza física para provocar los desmanes. 
      Un gran libro de color marrón estaba abierto a la mitad en el escritorio del juez. Tomó los anteojos y leyó en voz alta una descripción que puso a más de uno los pelos de punta.
      El juez golpeteó con los dedos el libro varias veces. Cacaquinesis. Eso es. La habilidad de mover heces con la mente. El señor R poseía este extraño don sin ser consciente de su habilidad. Hizo mucha fuerza con la mente. Un desliz. Y la caca voló hacia todos lados con la potencia destructiva de miles de bombas Molotov con forma de sorete. Y lo más increíble, la cacaquinesis persiste aún muerto el huésped, en este caso, el señor R.
      El cuerpo del señor R tuvo que ser enterrado dentro de una bolsa de consorcio. Por las dudas. Aun así, desde ese día, nadie durmió tranquilo.

viernes, 11 de marzo de 2016

Día 663: La oficina de Bathory

      El benjamín de la empresa. Renato era un joven provisorio. Bueno, lo era hasta que le llegaron los años y comenzó ese lento proceso que lleva a la muerte llamado envejecer. Su desempeño laboral empeoraba mes a mes. Ya cerca de fin de año, cuando bordeaba los cuarenta, empezó a tener pensamientos suicidas. Pero también, lo cuál era extraño, soñaba con la inmortalidad. Su teoría era algo así como que su cuerpo necesita morir para que otra parte pueda vivir por siempre.
      Para esa época Renato se obsesionó con Bathory. Y también con las personas más jóvenes que él, que llenaban sus vecinos cubículos. Es culpa de recursos humanos, solía decir, los malditos piensan hacerme la cama y no los voy a dejar. A decir verdad el departamento que gestionaba su área ya tenía planeado echarlo. Aunque no llegaron a hacerlo. Antes tuvieron que digerir cada embiste sobrenatural de Renato.
      Nadie debe sobrevivir, dijo Renato mientras clavaba un lápiz en la nuca de su compañero de trabajo. Nadie se percató hasta que pasó un día. Estaban todos concentrados en sus tareas y en llegar lo más pronto a su casa. Fue la esposa del muerto el que dio el alerta a la empresa.
      Nadie debe sobrevivir, repetía el mantra para si mismo. Nadie menor que él, claro. Renato necesitaba la sangre joven para rejuvenecerse, para recuperar su talentosa habilidad perdida. A la condesa le había funcionado, al menos eso documentan los libros. Elizabeth Bathory, por siempre joven. Peter pan, ese cuento para niños, estaba basado en su leyenda sangrienta. 
      Joven, joven, joven. Renato observaba al extraño que devolvía su mirada frente al espejo. Un hombre que empezaba a echar canas, arrugas y piel fláccida en lugares insospechados.
      Repitió su modus operandi a las dos semanas del primer asesinato. Le tocó caer a una chica de 23 años. Fue fácil ahorcarla. Más aún borrar sus huellas. La investigación tardaría meses en descubrirlo, para ese entonces, su eterna juventud laboral estaría asegurada.

jueves, 10 de marzo de 2016

Día 662: Repoblar

      Podría despertar aquella mañana con todas las glorias. La victoria estaba pronto a ocurrir. Los marcianos deberían retirarse, Marte ya no era su planeta. Despojos de civilización. Allá a lo lejos emitían sus últimas señales antes de ser atropellados por el vendaval humano. 
      Les ofrecimos oportunidades de negociar, clamaron los terrícolas. Puras mentiras, decían los marcianos por lo bajo en su propio idioma de señas y silbidos. Sin embargo la muerte no fue el final para ellos, más bien el principio de algo grandioso.
      Los marcianos volvieron a su mundo. Marte es un planeta, pero no un mundo, al menos no desde la corteza superior. Ahí dentro, a kilómetros de distancia bajo el polvo de la superficie marciana, los nativos cultivaron sus colonias y se hicieron fuertes. Tan fuerte como les podía permitir aquel clima hostil. Una nueva guerra se avecinaba. Como en Rocky IV. 
      Mientras tanto los humanos tampoco la pasaban tan bien. Tenían muchas dificultades para sostener el ritmo de vida de las colonias. Requerían mucho oxígeno, para respirar, para las plantaciones, y Marte tenía poco de eso. Todavía faltaría unos veinte años para que el proceso de reoxigenación y terracolización hiciera sus efectos. Pero por sobre todas las cosas, el mayor inconveniente era la paranoia. 
      Los colonos temían una invasión marciana. Los coroneles de la frontera aseguraban que la raza marciana había dejado de existir. Pero la mayoría era reacia a creer en semejante aseveración. Todos pensaban por lo bajo: "Van a volver, van a volver" Y todos tenían la culpa pintada en la piel. Matamos a sus hijos, van a venir a hacer lo mismo con los nuestros. 
      Y nada de eso pasó. Los años siguieron su curso. Hasta que el plazo de la oxigenación fue una realidad. Los primeros árboles marcianos echaban sus brotes. Y lo mismo las mujeres. El cambio de aire había hecho mella en su libido, elevándola a unos extremos cuasi pornográficos. Al poco tiempo gran parte de ellas quedaron embarazadas, lo cual fue extraño por cierto, ya que alguno de los hombres ni siquiera había tenido sexo con ellas. Incluso uno de los colonos se jactaba de tener hecha la vasectomía. Y sin embargo ahí tenía a su mujer rebosante de energía sexual y embarazada, por cierto. 
      Los bebés tardaron cinco meses marcianos en nacer. Mucho menos tiempo les tomó regresar al lugar desde donde recibían el llamado. Un silbido subterráneo cubrió todo el suelo marciano. El proceso de incubación había llegado a su fin.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Día 661: Edad oscura oscura

      La justa justa. Adecuada. Por supuesto, el caballero fue arrancado de su montura como si fuese un chicle mal pegado. El contrincante estaba más allá de sus posibilidades. Una nave voladora despertó a los contendientes de sus ensoñaciones medievales. En el siglo XXIII las cosas antiguas estaban de moda. De hecho, salvo las naves voladoras, la sociedad del futuro se parecía demasiado a la antigua. Sobre todo en cuestiones de salud, política y economía. 
      Incluso en el siglo XXIII aún no se había erradicado el mal de las religiones. La gente creía tanto o más en Dios, y montaba, aún, guerras en su nombre, aunque no lo conocieran. Después mantenían ese mismo discurso de que Dios puede tener muchos nombres, y cosas así. Pero las guerras se hacían igual. Y por cierto, los muertos seguían siendo los mismos: muchos y pobres. La pobreza alcanzaba a gran parte de la población, un ochenta por ciento del total. 
      Los pocos que ostentaban la riqueza en la Tierra también controlaban el curso de los ríos, los pocos que aún conservaban agua. Muchos menos tenían agua para tomar. La gente envejecía pronto sin líquido. Existían los sucedáneos, pero no era lo mismo. Vivir más allá de los sesenta era un lujo que pocos podían darse.
      Aun así, todavía podían permitirse unas vacaciones anuales a los centros de veraneo conocidos y recomendados por la Academia Internacional de Turismo, el ente que regulaba todos los desplazamientos de las personas con fines recreativos. En realidad todos los movimientos eran de ese índole. Ya nadie trabajaba. En realidad todos poseían millones dentro de sus bolsillos. Pero al lado de los millones de millones que tenían los megamillonarios, eran pobres. Y así se consideraban, pobres. 
      El pobre podía comprarse un yate, una casa de tres pisos, incluso podía contratar a una troupe de cien personas para que le lavaran la pieza, pero no tendría la moneda necesaria para obtener una gota de río tomable. 
      Por fortuna estaban las justas. Dos caballeros se batían a duelo y el ganador obtenía un bidón de agua. El espectáculo era una violación a los ojos, algo digno de ver. Salvo por ese caballero maldito. Hace dos semanas que permanecia imbatible. 
      Las personas sospecharon la identidad del caballero de victorias intachables. Nadie lo conocía en el Country. Todos los pobres millonarios entre ellos se conocen, pero este no. Esta persona se mantenía oscurecida por el velo de la incógnita.
      Cansados de ver como se les escurría el agua de entre las manos. Un grupo de pobres rodearon al caballero invencible luego de una nueva victoria. Lo forzaron a desnudarse. Bueno, en realidad querían nada más que se saque el casco. Pero una cosa lleva a la otra. Un hombre desnudo, con exceso de vello púbico los observaba. Randy Flyleaf, megamillonario, dueño de las tres cuartas partes de reservas mundial de agua. El muy bastardo se negaba a compartir sus ganancias.
      La ceremonia duró poco. Colocaron el cuerpo de Randy sobre una estaca y lo empalaron a partir del culo. Luego arrojaron nafta sobre su cuerpo, dado que si algo sobraba en esos tiempos era petróleo. Lo encendieron y su cadáver hizo otro espectáculo digno de ver.

martes, 8 de marzo de 2016

Día 660: El invierno de los patriarcas

      Aunque parezca increíble la pira funeraria se apagó. Unos centímetros de saliva nomás. El fuego cayó víctima de un garzo, potente y conciso. Y así se terminó el velorio vikingo más corto de toda la historia. Por cierto, el autor de semejante herejía fue prendido fuego, junto con el antiguo cadáver.
      Poco tiempo después, de acuerdo a lo acostumbrado, los hombres fueron a la guerra. Tomaron sus barcos y navegaron hacia el sur, en busca de mayores tesoros para acrecentar la fama de los reinados del Norte. La travesía duró más de lo esperado. Tres años les llevó al pueblo normando reunirse con sus familiar.
      Las mujeres recibieron a sus maridos con honras aunque con una displicencia que extrañó al más perspicaz de los guerreros, un hombre llamado Reirgalf.  
Reirgalf comprendió temprano que algo pasaba en su pueblo. El accionar de las mujeres confirmó sus sospechas. Poco tardaron en informarle a sus maridos que sus servicios ya no eran requeridos.
      Independencia y autonomía, eso solicitamos. Podemos vivir sin ustedes, como lo hicimos durante tres años. Pueden tomar sus barcos y volver por donde vinieron. 
      Los normandos no eran pueblos de grandes discursos. Su fama estaba unida y sin disociar al terreno de batalla. Y eso fue en lo que pronto se convirtió aquel pueblo. Mujeres y hombres combatieron durante largos días. En esos tiempos el amor era un producto exótico de oriente. Sólo había sexo para procrear y violaciones. El concepto de familia era más laxo aún. Así que no resultó extraño ver a una mujer clavarle un hacha en la espalda al padre de sus hijos. Al fin y a cabo tenía la fuerza suficiente y la convicción para hacerlo.
      El ataque tomó por sorpresa a los vikingos. Tuvieron que huir como perros heridos. El pueblo fue gobernado por las mujeres durante doscientos años. No se conocieron conflictos provenientes de esos lugares hasta que cayeron a manos de los ingleses.

lunes, 7 de marzo de 2016

Día 659: Avance nebuliano

      Fuimos tipos normales hasta que cayó el meteorito. Después quedamos hechos mutantes, o algo así. Deformes es la palabra. Si nos hubiese crecido un segundo pito, pero no. Todos desarrollamos un hermano gemelo malvado. No necesito agregar, la Tierra se superpobló muy fácil.
      Por suerte le encontramos tarea pronto a estos excesos de carne. Para las cosas difíciles. Visitar a una suegra. Ir a trabajar los lunes. Comer las verduras. Todo un riesgo a costa de los gemelos malvados. Salvo el detalle. Ese pequeño detalle acerca de la maldad de los gemelos.
      Pronto empezaron a tener planes. Planes ocultos. Ideas macabras con nuestra deformidad como punto. En realidad nadie entendía bien lo que pasaba. En algún punto desconocido de la Tierra alguien fabricaba humanos. Y esas eran nuestras copias.
      No salían de nuestros cuerpos, como si fuesen tumores externos. No, no. Salían de una fábrica. Y los responsables, como es la costumbre, no son originarios de nuestro planeta.
      Pueden adivinarlo y pronunciarlo: nebulianos. Si, esos pequeños renacuajos verdes con intereses económicos en nuestro planeta. No se cansan. Viven para poseer el planeta. Y no van a cejar en su propósito. Ya lo sabemos, acá están, entre nosotros. Haciendo realidad la tan mentada conquista.


domingo, 6 de marzo de 2016

Día 658: Día 658

      Marcó una equis en el calendario. Día 658. De acuerdo a sus estadísticas, las confiables estadísticas de un presidiario, hoy era el vencimiento de su deuda con la sociedad. Así es como dejaría de ser un recluso, un delincuente. Podría volver a vestir sus largas remeras y sus pantalones chillones sin que nadie, salvo la policía del buen gusto, lo detuviera. Un año y nueve meses, diez, no recuerda, en realidad la condena era más bien de las anecdóticas.
      Detenido por una cuestión política. No es que pensara diferente a sus superiores, que ahora gobernaban el país. Era más bien una ligero deslizamiento de criterios. Opiniones que pueden encerrarte. Es cómico, aunque no tan gracioso. Que le digan eso a un tipo encerrado 658 días por un crimen que nunca cometió. 
      Tampoco podía quejarse. Adentro tenía todo. Televisión satelital. Tres comidas a elección. Libertades sexuales. Una celda amplia. Todos los beneficios de un preso político. Incluso sabía que el día 658 llegaría, aún sabiendo que su condena era en principio de dos años. Eso ya es otra historia, otro arreglo.
      En realidad lo tenía todo calculado. Trabajar para el sector oficial, colaborar con los conspiradores. Algún día pagaría las cuentas con ambos y tendría una cuantiosa jubilación. Claro que nunca supo con quien se metió. Los conspiradores resultaron ser revolucionarios. Y sí, salió ese mismo día. El 658, con un arma debajo del brazo.
      Fue obligado a luchar en el frente. El país, de un modo bastante literario, se consumía por las llamas. En todas las principales ciudades explotaba todo elemento con cualidad combustible. Desde afuera montó su propia revolución. No tardó en convertirse en un conspirador, pero de los nuevos. Y pronto, 658 días después, alguien rendiría cuentas a la patria. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Día 657: Empezar

      La hoja permanecía sin caracteres. Como si ejerciese una suerte de magia, clickeó la tecla de espacio y volvió al inicio. La raya vertical titilaba a un ritmo frenético. Una búsqueda en internet. Procrastinar no es pecado. Bueno, al menos hasta fines del siglo XX. La Iglesia debería rever esa situación.
      Las ideas siguen sin aparecer. Se fugaron. Se tomaron vacaciones. Un expreso a las Bahamas, con tragos gratis y todo. Así es fácil caer en la trampa del prestidigitador. Tan solo un movimiento de manos. Un dedo índice y todo se esfumaría. Hasta la gran historia. Junto con el gran escritor.
      Expresarse con tino no hace al argumento. Es solo un alargar lo inevitable. Como la vida misma. Tiene un final que todos conocemos, con coronas de flores y esa clase de cosas. Y el gran blanco se presenta. Blanco sobre hoja.
      Sinuoso. La historia se resiste. Tiembla. Suda. No cae la maldita. Un gesto involuntario sobre el teclado. Unos cuantos movimientos y la palabra al fin se digna a aparecer. Empezar.

viernes, 4 de marzo de 2016

Día 656: Varg Vikernes

      El caballo hacía una maldad en un tacho de basura. Maldad a lo que podemos llamar mierda o sorete. Una deposición. Su dueño estaba fuera por un par de semana. Viaje de negocios, o de putas y placeres. El caballo resollaba a sus anchas. El campo sería suyo durante todo ese tiempo. Vacaciones sin seres humanos a la vista. 
      Un pensamiento oscuro se le vino a la cabeza. Algo que le decía: "prendé fuego todo, prendé fuego todo", pero cómo, si solo tenía un par de pezuñas, ¿cómo haría? La voz en su interior proveía soluciones. El granero. Ese aparato. Ya sabés como funciona. Empujalo hasta acá y pisalo. Pisalo, pisalo. 
      Allá estaba, asomado a la infinidad del verde, un caballo con un lanzallamas debajo de sus pezuñas. Pisó tanto como pudo. El gas escapaba a borbotones. Falta una chispa, pensó. ¿Dónde encontraría la chispa en el medio del desierto? 
      Una ayuda del cielo. A lo lejos, a unos quince minuto de galope, se elevaba una columna de humo. Humo significa fuego, dijo el caballo en su idioma de silencios y relinchos. Tardaría un poco más. Debía arrastrar ese trasto humano consigo. Sin aparato no hay incendio.
      El caballo pateó el lanzallamas hasta el foco de la columna de humo como si se tratase de una pelota de fútbol. Fuego. Ahí estaba la chispa. Solo un poco. Pisar. Y la cosa prendería al instante. Así fue. La cosa prendió más que al instante. 
      Las llamas volaban a lo largo de los pastizales, furiosas, sin destino fijo. El caballo pisó y pateó a medida que el incendio se extendía. La tarea ya estaba hecha, pronto alcanzaría la casa y el establo. Meneó la cabeza y relinchó una vez más. Una erección de incalculable tamaño daba la bienvenida al fuego.

jueves, 3 de marzo de 2016

Día 655: Espacio anal

      Entendían que el asunto era un timo. Cinco delincuentes esa noche se saldrían con la suya. El engaño de la lotería pondría cinco millones de dólares en cada una de sus manos. Después de eso vino un retiro lógico y temprano.
      El abogado encargado de blanquear el dinero les había aconsejado no levantar monumentos faraónicos o empresas que llamaran mucho la atención del fisco. No le hicieron caso. Compraron autos deportivos. Levantaron casinos, hoteles de lujo e incluso compraron equipos deportivos de dudosa cualidad competitiva.
      No los atraparon, pero eso fue una suerte. O una maldición, si se lo ve en retrospectiva. Sus movidas económicas llamaron la atención de criaturas de otras galaxia. Cazadores de recompensa, para ser preciso. 
      Los extraterrestres secuestraron a los nuevos millonarios con la esperanza de obtener un cuantioso tesoro por su rescate. Se equivocaron. Nadie quería rescatar a un delincuente. De hecho pedían que los matasen. 
      Los secuestradores se horrorizaron. Eran cazadores profesionales, no asesinos. Respetaban mucho la vida. Toda clase de vida. Así que tuvieron que adoptar a los terrestres a la fuerza. Nuevas mascotas.
      Estuvieron cinco meses girando en el espacio. Ocurrió lo imprevisto. El instinto ganó. Una cuestión de abstinencia llevó a los delincuentes a tomar por la fuerza a sus secuestradores. Una fuerza sexual. 
      Fue una pena, pero algo para lo que no está preparado el cuerpo extraterrestre es para ser tomado de forma sexual. Sus organismos estallaron. Los delincuentes, allá lejos en el espacio, una vez más ganaron.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Día 654: Mercado

      Tenía el espíritu oxidado, por falta de uso, dicen. Como no existe aceite para eso lo vendió al mejor postor. Estaba cansado, dijo. Todos los días son igual, dijo. Como una rueda para ratón, o mejor, como esos juegos a los que hay que colocarle monedas, una tras otra, para no perder la partida. Y se arrepintió. Mejor remarcar los precios, como esos supermercados coreanos.
      Pensó una aventura. Montar un supermercado argentino en Corea. Eso sería divertido. Entregar caramelos como cambio, hablar en argentino, devolverles la gentileza. Pero eso es tarde, eso es tarde sin espíritu. La iniciativa a otro lado. Fuera alma. 
      Hablemos sin escrúpulos. Sin las cadenas que nos dicta la cordura y toda esa situación semejante que nos pretende encapsular en un cono de corrección política. Hablemos chancho, como los mejores políticos. Los mejores de su generación, dicen. 
      Pasó una eternidad charlando consigo mismo, de sus empresas y sus engaños. Tretas de colegiala. ¿Cuántos tacos aguja necesitaría sobre su cuello para hacer prevalecer algo parecido a la esperanza? Capaz dos, duelen como la gran puta. Tampoco su voluntad era la mejor de la cuadra. 
      No recordar esas antiguas charlas donde el más fuerte prevalece. Esa fortaleza que podría haberlo llevado a Corea, si tan solo tuviera un espíritu. Uno nuevo, con aceite y todo lo demás. 

martes, 1 de marzo de 2016

Día 653: El regreso de los muertos vivos

      Creo que voy a morirme mirándome los pies. Voy a mirarlos a ambos y voy a decir: "¡Qué lindo par de extremidades que tengo!" Luego de eso me dedicaré a cultivar polvo y gusanos con mi cuerpo. ¿Les agrada la perspectiva? A mi también.
      Siempre tuve fascinación por el dedo anular o, como lo llamamos en casa, el dedo inútil. Ya saben, ese dedo que no sirve para nada. ¡Ni siquiera sostiene una lapicera, qué mierda! Bueno, pero eso no importa. El caso es que voy a morirme, pronto. Así que si no quieren seguir leyendo, los dispenso de la tarea. Viene una gran alerta de spoiler.
      Me desperté el domingo y no me sentí enfermo. En realidad fue como un sentimiento, de esos premonitorios, en los que sabés que algo te va a pasar pero no sabés cómo lo sabés. Ni cómo ni cuándo. Así que llamé a la funeraria. No, miento, esperé al lunes. Ahí llamé y saqué turno, ya saben, para mi velatorio.
      Invité a un par de conocidos, amigos de la infancia. Pensaron que se trataba de una broma pesada. Tendrían que haber visto sus caras cuando me morí de verdad. Estaban desencajados los pobres. La culpa, supongo.
      Sobre un par de caballetes velaron mi cadáver, fue una ceremonia hermosa. Eso es lo que me contaron después. Bueno, hermosa hasta que lo arruiné con mi resurrección. En realidad no había muerto nunca. En medicina lo conocen como estado cataléptico, creo que una vez pasó algo así en un cuento de Poe. A mi me pasó igual. 
      En la actualidad suelen dejar un par de días al cadáver en la morgue. Para que no ocurra esto de las resurrecciones por catalepsia una vez que estás varios metros bajo tierra. Conmigo creo que se apuraron. O tal vez mi estado cataléptico duró un poco más. No tengo ni idea. De todos modos, creo que voy a morirme mirándome los pies.

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...