miércoles, 2 de marzo de 2016

Día 654: Mercado

      Tenía el espíritu oxidado, por falta de uso, dicen. Como no existe aceite para eso lo vendió al mejor postor. Estaba cansado, dijo. Todos los días son igual, dijo. Como una rueda para ratón, o mejor, como esos juegos a los que hay que colocarle monedas, una tras otra, para no perder la partida. Y se arrepintió. Mejor remarcar los precios, como esos supermercados coreanos.
      Pensó una aventura. Montar un supermercado argentino en Corea. Eso sería divertido. Entregar caramelos como cambio, hablar en argentino, devolverles la gentileza. Pero eso es tarde, eso es tarde sin espíritu. La iniciativa a otro lado. Fuera alma. 
      Hablemos sin escrúpulos. Sin las cadenas que nos dicta la cordura y toda esa situación semejante que nos pretende encapsular en un cono de corrección política. Hablemos chancho, como los mejores políticos. Los mejores de su generación, dicen. 
      Pasó una eternidad charlando consigo mismo, de sus empresas y sus engaños. Tretas de colegiala. ¿Cuántos tacos aguja necesitaría sobre su cuello para hacer prevalecer algo parecido a la esperanza? Capaz dos, duelen como la gran puta. Tampoco su voluntad era la mejor de la cuadra. 
      No recordar esas antiguas charlas donde el más fuerte prevalece. Esa fortaleza que podría haberlo llevado a Corea, si tan solo tuviera un espíritu. Uno nuevo, con aceite y todo lo demás. 

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