viernes, 4 de marzo de 2016

Día 656: Varg Vikernes

      El caballo hacía una maldad en un tacho de basura. Maldad a lo que podemos llamar mierda o sorete. Una deposición. Su dueño estaba fuera por un par de semana. Viaje de negocios, o de putas y placeres. El caballo resollaba a sus anchas. El campo sería suyo durante todo ese tiempo. Vacaciones sin seres humanos a la vista. 
      Un pensamiento oscuro se le vino a la cabeza. Algo que le decía: "prendé fuego todo, prendé fuego todo", pero cómo, si solo tenía un par de pezuñas, ¿cómo haría? La voz en su interior proveía soluciones. El granero. Ese aparato. Ya sabés como funciona. Empujalo hasta acá y pisalo. Pisalo, pisalo. 
      Allá estaba, asomado a la infinidad del verde, un caballo con un lanzallamas debajo de sus pezuñas. Pisó tanto como pudo. El gas escapaba a borbotones. Falta una chispa, pensó. ¿Dónde encontraría la chispa en el medio del desierto? 
      Una ayuda del cielo. A lo lejos, a unos quince minuto de galope, se elevaba una columna de humo. Humo significa fuego, dijo el caballo en su idioma de silencios y relinchos. Tardaría un poco más. Debía arrastrar ese trasto humano consigo. Sin aparato no hay incendio.
      El caballo pateó el lanzallamas hasta el foco de la columna de humo como si se tratase de una pelota de fútbol. Fuego. Ahí estaba la chispa. Solo un poco. Pisar. Y la cosa prendería al instante. Así fue. La cosa prendió más que al instante. 
      Las llamas volaban a lo largo de los pastizales, furiosas, sin destino fijo. El caballo pisó y pateó a medida que el incendio se extendía. La tarea ya estaba hecha, pronto alcanzaría la casa y el establo. Meneó la cabeza y relinchó una vez más. Una erección de incalculable tamaño daba la bienvenida al fuego.

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