domingo, 13 de marzo de 2016

Día 665: Adoptar

      La gratitud vivida de un imponderable caso de ladillas. Un diez de septiembre de 2001, en vísperas de su viaje a Nueva York, un empresario contrae un severo caso de ladillas que salva su vida. Ese es el título de la nota. Pensar que mis bichitos podrían haber impactado contra el World trade center, pensó el empresario. Desde ese día decidió no volverse a afeitar los genitales.
      Todo el amor a sus ladillas. Como es sabido, los millonarios hacen lo que quieren, son como niños caprichosos con vía libre a hacer lo que se les antoje, sin una mamá que los vigile. Niños huérfanos caprichosos, en todo caso. Este hombre no fue la excepción al destinar millones de dólares para crear la primera reserva ecológica de ladillas en el universo.
      Desde ese entonces visitó centenares de prostíbulos con el fin de mantener viva a la prole. El empresario estuvo internado dos veces por sobredosis de antihistamínicos. Nadie podría culparlo, la porquería da mucha comezón.
      Pronto el área de su vello púbico se convirtió en una metrópolis de ladillas. El poblado se extendía a otros lugares también, como las axilas y los pelos en el pecho.
      Por lo general, una infección por ladillas suele combatirse. Nadie investigó, salvo hace millones de años, cuando los hombres de las cavernas convivían con lo que sea, cuál serían las consecuencias de albergar por tanto tiempo a semejante cantidad de ladillas.
      La respuesta es: crecen. Si, crecen. Se hacen del tamaño de una garrapata. Ya no les alcanza la sangre. Necesitan algo más. Con sustancia. La ladilla evoluciona en piraña genital. Y se come todo. Todo. Trasplante de bolas. Eso es. 

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