lunes, 14 de marzo de 2016

Día 666: Adierim anu se etimíl opmeit le

      Me dijeron que trabajar con plazos no es complicado. Es como trabajar con una soga al cuello, eso dijeron. Para su fortuna, no se equivocaron demasiado. Es como tener la soga al cuello y caminar sobre un pavimento hecho de piedras prendidas fuego mientras te gritan improperios y cosas que te puedan dar verguenza. No sé, que ventilen tus cotilleos con tu mamá de cuando eras chico y el Edipo todavía no se te había pasado. Eso es un plazo, o como el inglés bien nombra: deadline. Línea muerta. Nada mejor dicho.
      Sé un buen periodista, por supuesto. Sé un buen escritor, por supuesto. Sé un buen amante, por supuesto. Y también puedo matar a Osama Bin Laden de nuevo si me dan tiempo. Claro, tiempo no hay. Por eso es una fecha límite. Una línea muerta que no deja pasar más allá del velo de lo muerto, como le ocurrió a Gary Oldman en esa película de hechiceros adolescentes. Usted también podría intentarlo, ser un buen periodista, un buen escritor y un buen asesino de Bin Laden y todo lo demás. Después me va a pedir prestado la soga, e incluso el cuello. Lo siento, tengo uno solo, y por ahora lo estoy usando. 
      Lo peor de todo igual, más que la muerte, Osama y todo lo demás es repetirnos. El periodismo, sobre todo el radial, nos enseña que una cierta redundancia es útil a efectos de guardar la información que deseamos en la mente del audioespectador, por ejemplo, el hombre y la luna. Es necesario que digamos, por un suponer, doscientas veces que el 20 de julio de 1969 Neil Armstrong puso un pie sobre el satélite que en suerte le tocó a la Tierra, o sea la Luna. Ese coso redondo y grisáceo que se suele ver de noche, y a veces de día, o de tarde. Con repetir unas doscientas veces más toda esa sarta de información sin sentido, uno puede llegar a aprender cuál es la estricta relación entre el hombre y la luna. Es lo que queremos. Gracias por todo.
      Igual lo peor no es esa clase de repetición. Lo peor es volver sobre nuestros pasos, como cangrejo borracho. ¿Acá era no? ¿Dónde enterraron el cadáver? Por supuesto, aún está fresco, calentito, casi se le puede sentir la sangre coagulándose a través de esas venas ya muertas, como el resto del cuerpo. ¿Ya les dije que el hombre alunizó un 20 de julio de 1969? Esa repetición. La asfixia del autoplagio. Y como bien se puede decir, la serpiente que se come la cola e implota en una suerte de limbo con visos de Alzheimer y LSD. 
      O peor de todo. Lo peor de lo peor es sentir que la asfixia de la soga al cuello, por cierto, y si, asfixia, aún más, y necesitamos sacar un bendito puto conejo de la maldita obvia galera. Y se nos da por inventar una historia con elementos que andaban por ahí despertigados. Pistas. O migas de pan para Hansel y Gretel. Buscamos por ahí, y asociamos a Gary Oldman con Osama Bin Laden, después le damos un background y lo situamos un 20 de julio de 1969 en una conjura macabra para evitar que el hombre colonice la luna. 
      Después digo, y me repito, que lo peor de lo peor de lo peor no es ni repetirse, ni a propósito ni sin querer, es lo peor de lo peor de lo peor que creamos que exista un peor de peores, cuando en realidad todo es producto de nuestra puta mente. Los plazos límites no existen. Nosotros somos el plazo límite. Y en realidad si, es como dijeron. Trabajar con plazos límites no es complicado. 

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