martes, 15 de marzo de 2016

Día 667: La veinteava extinción

      Aún el más despiadado psicópata es capaz de tener los sentimientos más profundos. Odio, por lo general, pero a veces amor, un amor no manchado por la cultura, por cierto. Algo extraño de entender para el común de la sociedad. Igual esta historia no trata en modo alguno de un psicópata o algo parecido. De hecho el cuento versa acerca de un hombre común. Un tipo como cualquiera. Como ese que cruza por la vereda, o aquel que se sopla los mocos desprevenido, como si nadie se diera cuenta de lo que hace. 
      Este hombre nunca fue a una iglesia. Nunca sintió la necesidad de masturbarse con desenfreno en un baño. Tampoco sintió la pasión de la carne entrada la adolescencia. En realidad estaba bastante muerto por dentro, y también por fuera. Un espíritu abúlico, diríamos. 
      Tenemos que suponer que a la larga puede estallar y hacer cosas como de psicópata, pero no, nunca lo hace. Es un hombre muy recatado. Con una buena posición social. Un buen sueldo. Una familia tipo. Dos hijos. Sexo adecuado. 
      A los cincuenta y siete años, en su último día de vida, este hombre enloqueció. A la enésima potencia. No sería una exageración decir que su locura movilizó al mundo. De hecho hay científicos que estudian el fenómeno de rotación y traslación terrestre. Dos kilómetros hacia el cénit. 
      Este hombre pasó veinticuatro horas desnudo, hablando un lenguaje inteligible, mientras construía aparatos inimaginables para la mente humana. Bombas gravitacionales, agujeros negros sintéticos, portales interdimensionales y cosas así. Su mente se conducía al colapso, a medida que el hervor maníaco le insuflaba el cerebro. 
      Operó en lo bajo, cómo un cáncer inteligente. Y nadie se dio cuenta que antes de morir había condenado a la Tierra a la extinción inmediata. Nadie pudo entender cuáles fueron sus motivaciones. Nadie, porque para ese entonces ya todos estaban muertos. 

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