miércoles, 16 de marzo de 2016

Día 668: Blood brothers

      El pelo en remolino señalaba un mal augurio. Esa persona entraría al salón y se tomaría toda la cerveza. Y también el whisky. Y todo líquido que contuviese algo de alcohol, por supuesto. Eso no exceptuaba al destapacañerías que utilizaban en las letrinas. Nada escapaba a su poder catante. 
      Los pueblerinos se echaban el ojo entre ellos. Nadie quisiera estar en el lugar de ese pobre hígado. Salvo Jack. Claro, el viejo Jack, ese hombre sí que sabía dar buenos bailes con la muerte hasta engañarla en el paroxismo de amor cortés. Un engaño de luces y sombras.
      Por supuesto, todos esperaban pronto una confrontación. Más pronto que nunca, dado que nada pasa en este paraje abandonado a la mitad de la misma nada. Y así ocurrió. El viejo Jack cayó al salón con un par de amigos. Tomó su asiento a la barra que la mesera le guardaba con un ahínco insospechado. Pidió un aperitivo como para abrir el garguero.
      Luego se bajaría dos onzas de vodka de medio pelo y un sorbo de aguardiente. Comencemos, dijo. En una esquina con poca luz, el extraño de pelo en remolino acumulaba cadáveres de bebida desde temprano y no parecía caer bajo los efectos de la borrachera. Sus ojos parecían bolas de acero. Estaba alerta. Era un pistolero etílico. Nada, ni siquiera el vuelo de una mosca, se escapaba a sus reflejos. 
      El salón se sumió en un silencio sobrenatural. Ambos hombres cruzaron sus miradas, y sus hígados, supongo. Ambos tenían el dinero suficiente para tomar hasta matar al más común de los hombres, salvo a ellos mismos, claro. Ejemplares de un mundo antiguo y extraño, eso eran. O al menos es lo que se puede suponer, a medida que las botellas caían y caían. 
      El duelo duró dos semanas, sin exageraciones temporales. Dos semanas de bebida descontrolada. Nadie cayó. Como pueden imaginar, fue un empate. Ambos terminaron fundidos en un abrazo. Un abrazo legítimo. Etílico. Luego de ese abrazo, aunque nadie lo pudo creer, los hombres cayeron redondos al piso, víctimas de una borrachera inminente. 

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