jueves, 24 de marzo de 2016

Día 676: Julio César

      Cubrió con cierto desprecio los huesos que alguna vez pertenecieron a su padre. Luego de matarlo lo perdonó, pero aun no podía dejar ir el simple hecho que lo odiaba. Un odio que nacía desde lo más negro de la bilis. Un odio que, si, eso, había llevado a clavarle repetidas veces un cuchillo a la altura de la espalda. Así mueren los grandes, pensó.
      Julio César. Y no se le ocurrió nada más. El viejo se desangró en menos de un minuto. Parecía un lechón degollado. Se cagó encima. También se meó. Fue la última vez que fue al baño, si se quiere verlo de algún modo.
      A veces se necesitan estas acciones. Cambios en el poder, ya saben. Julio César. Tuvo su fama. Su gloria. Pero todo imperio tiene su decadencia. Es un fenómeno natural. Ida. Vuelta. Altas y bajas.
      Después vino el pensamiento frío. ¿Dónde enterrarlo? En realidad cómo sería desaparecerlo. Carne picada. Pero la voz. El espíritu y toda esa mierda. Está ahí, no se va. Nada vuelve.
      Quizás sea una venganza. Julio César se da vuelta y se percata de la conspiración. Toma el cuchillo entre sus manos y asesina a todos sus conspiradores. Reina por quince años más y muere de viejo. Cosas que nunca pasan. 

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