sábado, 26 de marzo de 2016

Día 678: Nostalgia escatológica

      La camioneta venía arrojando sus desperdicios a lo largo de los kilómetros donde se extendía la ruta. En silencio atravesó el desierto. El único ruido en la inmensidad de la misma nada era un motor con ciertas deficiencias en los inyectores. Tengo que hacer arreglar el motor, dijo para sus adentros el campesino. Solo quinientos metros más. El fin de todo. Su propio fin.
      Todo cuerpo es regulado por el principio de ingreso y evacuación. Desde el espermatozoide hasta el ataúd. Es así. Nadie puede negarlo. El campesino poco entendía acerca de estas disquisiciones. Pero algo dentro suyo había, culpa del temperamento melancólico quizás. Una necesidad de archivarlo todo. Pero todo. Hasta lo que sale del cuerpo.
      Lo que sale. Claro, mocos, excremento. Todo guardado. El tanque australiano del fondo era el mayor archivo de su vida. Un océano de caca, pis, moco y pus. Ninguna vaca o caballo osaba acercarse al tanque a una distancia inferior a los 100 metros.
      Y el contenido del tanque creció, hasta exceder el espacio cubierto. Una montaña de porquerías se elevaba en el campo. Sin vecinos a la vista el mal olor no significaba una queja, salvo que el aroma llegara a la ciudad.
      El miedo a perder aquello querido, ese espejo nostálgico que representaba la mierda y el resto de las porquerías le impedía al campesino tirar todo adonde corresponde. A la basura, claro. 
      Debería cargar la camioneta con cientos de kilos de existencia material. Desperdicios. Aunque con el cariño hacia algo que alguna vez fue parte de uno. El basurero más cercano estaba a cinco kilómetros. Una distancia perfecta para desaparecer.

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