domingo, 27 de marzo de 2016

Día 679: El más nuevo orden mundial

      El pájaro cantó al alba, aunque no sabía ni dónde ni cuándo. La resaca fue mortal. No debo beber, pió para sus adentros. No debo beber más. Luego dejó que la orina siga su curso, por un costado del árbol. Ese dolor de cabeza le iba durar todo el puto día. El pedo de pájaro es mucho más  fulero. Todos en la naturaleza lo saben.
     Esa mañana, al igual que todos los animales en el reino del Señor, el pájaro tenía un trabajo. La alarma del bosque, así le decían. Sin su cantar, nadie se despertaría temprano. Estaba dos horas atrasado. Todo por culpa de esa botella de vino. Su solo recuerdo traía la memoria de la náusea y el vómito.
     Desde ese momento el mundo se corrió de lugar. Dos horas para ser precisos. Y aquellos animales que no dependían del cantar del pájaro aprovecharon para hacer sus fechorías. Eso hicieron los murciélagos, que se chuparon toda la sangre de los principales depredadores de la Tierra, como los leones y los seres humanos. 
     Por esas dos horas de retraso el pájaro perdió su trabajo. Lo echaron sin indemnización alguna. Tenía dos crías a las que alimentar y un divorcio en trámite. Así que el apremio de plata lo tenía con la soga al cuello. Y encima borracho. Tuvo que salir a robar. Y mal no le fue, aunque los murciélagos siempre tengan algo que decir.

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