viernes, 1 de abril de 2016

Día 684: Cubrir el sol

      A veces nos quedamos con la costumbre de decirlo todo solo por costumbre. Las palabras nos exceden. Nos interpelan. Tratan de llevarnos a un mejor mundo aunque estén empecinadas en clavarnos anzuelos de hierro en las rodillas.
      Deberán perdonarnos estos deslices verborrágicos. La palabra nace como la diarrea, una vez que ataca por detrás es imposible detenerla. Caemos en cualquier clase de devaneo estúpido con tal de sobrevolar la intemperie de nuestras realidades. 
      El signo no es más que un juego de máscaras superpuestas que esconden el vacío. La nada mira y obnubila. Puede ser el consuelo de muerte o el abrazo empalador que despierta la electricidad en el cerebro. No hay elecciones correctas. El valor intuitivo detrás de lo que decimos queda bien lejos de aquello que creemos hacer.
      Una multitud de nadie vuelcan sus pensamientos en esas tretas dispuestas por el alfabeto. Conjugan desprevenidos sus verbos en la esperanza de hacer mover la foto. Quieren embellecer la piedra con suntuosos adjetivos o proclamar las más obvias verdades a través del nombre. Todo lo puesto. Todo lo ocurrido. Un resabio más de la corta historia de la humanidad.
      Si lo dijimos antes lo repetimos. El regocijo de la palabra conocida es el mantra. Es volver al hogar, una y otra vez, luego de arduas batallas en campos desconocidos. Una sintaxis finita e imprevista que desata las tempestades más absolutas y sinceras del alma. Allá lejos es lo más cerca que podremos llegar. Hay tanto sol y tan pocas manos.

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