sábado, 2 de abril de 2016

Día 685: Zeus rerum

      Por supuesto que no sabía que se trataba de una historia de amor. Pensé escuchar algo sobre asesinatos y sangre, ustedes entienden, la clase de cosas que pasan por acá. Pero no. Fue diferente. Hasta derramé unas lágrimas. Y soy bien hombrecito, lo juro.
      Vi a dos toros haciendo el amor. Ya está, lo dije. Al principio parecía que estaban peleando. No. Era el infausto mar de Venus, que inflama los corazones con las saetas cupideas. En realidad deberían cornear a alguno. En San Fermín eso es lo que ocurre. Es lo normal. Pero no. Se dedicaron a arte del sexo. Hubo penetraciones y fellatios. Y besos negros, incluso. Todo muy visual.
      Cualquier adelantado progresista hubiera pensado esa acción como una protesta en contra de la violencia animal. Estarían equivocados. Los toros, mejor dicho, esos toros, eran la definición del animal homoerótico por antonomasia. 
      Las personas, corneadas por toros amantes de vacas, se impacientaron ante esta demostración de amor consuetudinario. Los picotearon. Fue un acto feo. Los toros se inclinaron por defenderse. Sacaron lo mejor de sí para luego proseguir con el acto. 
      Y lo increíble ocurrió. Claro que es así como tiene que suceder todo. Ese acto inesperado, el Deus ex machina que todos sabemos que debe suceder. Un ternero salió de un testículo de toro. Nació con dos meses de vida. Algo increíble. La vida ante los ojos de miles de personas destinadas al mundillo de la violencia. Un hecho de amor dio lugar a otro hecho de amor. Y así fue. 

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