jueves, 7 de abril de 2016

Día 690: El prisionero

      Volví como se vuelve de toda guerra: con una mano adelante y otra detrás. No fui muy directo con el mensaje. Por las noches, mientras caían las bombas, una tras otra, como fuegos artificiales, algunos soldados enemigos aprovechaban para meterse en nuestros campamentos. Nos violaban, eso hacían. Más de una vez tuve que dejarme. Eran demasiados. La batalla cuerpo a cuerpo no era nuestra guerra. Éramos unos simples operarios informáticos. Llevar y traer los drones de ataque era nuestra labor. Y ser las putitas de los chinos, claro.
      Todavía no sé ni como carajos nos pusimos en contra de China. Son demasiados, están armados hasta los dientes y por si fuera poco, saben esconderse mejor que un camaleón. Era sabido que íbamos a perderlo todo. Un estúpido orgullo occidental, diría yo, eso es lo que seguía apretando el gatillo contra toda lógica. 
      Perdimos en tres meses casi la misma cantidad de gente asesinada durante las dos guerras mundiales, para que se hagan una idea. Los chinos apenas dieron gestos de cansancio. Parecían reírse a nuestras espaldas. Estamos recién empezando, parecían decir. Hijos de puta.
      No sé cómo fue que me perdí. Una tarde me separé del grupo para buscar una planta donde mear. No los vi más. Crucé miles de campos de arroz. Recordé la guerra en Nam y me dije, no, nada que ver. Esto es diferente. 
      Por supuesto lo era. La tecnología destinada a los asesinatos masivos se había perfeccionado desde ese entonces. Así que podía vagar tranquilo. Pronto me encontraría alguien. Lo que menos esperaba era caer prisionero. Fue algo sorpresivo. Quizás pequé de iluso. Vaya uno a saber. 
      Luego de pasar un día entero caminando di con una casa de madera pintada de gris. Estaba justo en el medio del campo. Parecía ajena a la guerra. Ajena al mundo. Ajena a todo. La creí vacía. Grave error.
      Alguien movía mis cadenas desde dentro y lo ignoré por completo. Mi captor dijo unas cuantas palabras en su idioma y otras tantas en el mío. Fue suficiente. Me resigné a aceptar mi sentencia. La tomé entre mis brazos y la besé sin decir palabras. La mujer me dio dos hijos. Nunca más abandoné la casa.

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