sábado, 9 de abril de 2016

Día 692: Purgatorio

      Conté veinte años. Durante todo ese tiempo acumulé deudas, con el bar, con los vecinos y con mi mamá. Deben pensar que soy un delincuente. Y no se equivocan. Pero soy uno de los buenos. De verdad. No se dejen engañar por esta fachada de estafa monetaria, por Dios. Bueno, vamos a lo que nos compete, o sea, la historia. 
      Creo que fue en el 95 cuando me gané el Quini 6, fue un lindo premio. Lo quemé todo en drogas, es cierto. Se sorprenderían la cantidad de sustancias ilegales que se pueden meter en un solo cuerpo sin matarlo. Ahí empezaron mis problemas de deudas. La primera acreedora, como bien lo imaginan, fue mi querida madre. Se imaginarán como me sentí. Nunca le terminé de pagar todo. Le fundí la pensión a la vieja. Cada tanto le llevo una monedita a su tumba.
      Después me metí en cosas más oscuras y fuleras. La mamma, que Dios la tenga en la gloria, nunca me iba a recordar que le debía plata. Tampoco me amenazó con cortarme el dedo o cosas así. El resto de mis acreedores si. Así son las cosas con el juego. Uno empieza, le gusta, siente que va a ganar y lo termina perdiendo todo. Luego pide prestado, vuelve a empezar, vuelve a sentir que va a ganar y vuelve a perderlo todo. Y así hasta que no queda nadie a quien pedirle prestado. O cuando te morís y vaya uno adonde terminás por apostar.
      Yo sentí el mal del Y2K. Digamos, en términos informáticos, que me reinicié con el siglo XXI. Traté de conseguir un trabajo decente, pagar mis deudas y todas esas cosas que hacen las personas con buenos basamentos. No me salió. Pero lo intenté, de verdad lo intente, como un condenado hijo de puta. Saben que hay falopa que me pega mal y me vuelvo loco. Y ahí me dan ganas de apostar. Otra vez. Por cierto, nunca volví a ganar el Quini. Tengo todos los dedos, pero esa historia, una de las grandes curiosidades del universo, la dejo para otro día. 

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