martes, 12 de abril de 2016

Día 695: Nueve lunas

      La sonda dio positivo. El ultrasonido dio positivo. Todos los putos análisis dieron positivos. Embarazo. Y de los buenos. Ya saben, uno con bebé adentro. ¿Y ahora qué? Esa es la pregunta. Llorar, ponerse de los pelos por las hormonas, esa clase de cosas que hace la gente cuando se embaraza. Esperar a que te cedan el asiento en el micro, claro, si se dan cuenta del embarazo. ¿Y después? Reservar un lugar en el circo junto a la mujer barbuda. Pasen, jóvenes, pasen y vean al único hombre embarazado del planeta.
      Nueve meses. Tiempo suficiente para engordar, ceder a los placeres del antojo y encontrar una vía de escape para el pequeño. De acuerdo con las ecografías, el feto se encontraba a la altura de la vejiga, cerca del ano, una cosa increíble. Preparate, le aconsejó el obstetra, el bebé va a nacer por atrás.
      Parto anal. Ese sería el título de múltiples diarios de tinte amarillista. Parto anal. Desgarro. Muerte. Muchos peligros. El riesgo de ser papá. Papá y mamá al mismo tiempo. Y nadie se preguntó de dónde vino todo.
      Hasta que los meses pasaron y el asunto se empezó a figurar de un mejor modo. El bebé parecía deslizarse de los patrones normales de un embarazo femenino.
      El bebé creció hasta que dejó de ser llamado bebé. Para el octavo mes su posición varió unos grados. Ahora su cabeza señalaba el estómago. Para la última semana cubría toda el área del tórax. Cumplidos los nueve meses de embarazo el feliz padre dio a luz a un pequeño alien que desgarró todo su abdomen. El recién nacido mató a su padre en el acto, como es de esperarse. Se devoró a una enfermera, dañó al anestesista y salió corriendo por el pasillo. No lo volvieron a encontrar. Curioso, porque no era un bebé normal.

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