miércoles, 13 de abril de 2016

Día 696: Cuento de la comadreja y la gallina

      En el sutil arrebato de la noche entró la comadreja por la ventana. Se saboreó a la gallinita con los ojos. La pobre dormía en la cama, semidesnuda, ajena al mundo que le esperaba, dentro del estómago de la comadreja. De un saque se la comió, sin giros melodramáticos, fue una muerte bastante eficiente, con poco dolor, si se quiere.

      Contenta por haber calmado el hambre, la comadreja salió a dar una vuelta por la calle. Estoy gorda, se dijo, tengo que dejar de comer como una bestia. Voy a hacer dieta, agregó, mientras se tocaba una panza prominente rellena de gallina recién comida.
      Dejó las comidas nocturnas, eso es algo. También aprovechó para retomar el ejercicio, eso es bastante. En pocos meses la comadreja volvió a tener la figura esbelta de su juventud. 
      Unos cuatro meses después de iniciado el régimen, la comadreja se sintió con antojos. Quiero comerme una gallinita, bien tierna, adolescente. Esta noche cuelgo los zapatos de running, a comerla, se dijo. 
      Repitió el modus operandi. Se aseguró que no estuviese encendida ninguna alarma y poco a poco movió el pestillo hasta que una rendija de espacio le permita el paso a través de la ventana.
      Una gallinita hermosa, virginal, yacía sobre la cama. El ave incitaba a los delitos más oscuros. Ya vas a cacarear, dijo la comadreja, mientras se golpeaba sus abdominales marcados.
      Pobre comadreja, ni se percató que la gallinita aguardaba al intruso, con un ojo abierto. En el barrio la conocían como pico de acero, por esos curiosos injertos de dientes que solía colocarse para salir a la calle a hacer facha. La gallinita tenía mucho más aguante de lo que su remilgada figura daba a entender.
      Cuando la comadreja acometió la gallinita ya la esperaba de pie junto a la cama. Sonreía con esos feos dientes mecánicos. No fue eficiente. Hubo mucho dolor. Miembros desgarrados, de forma muy lenta. El suplicio se extendió por horas. La comadreja quedó hecha una bolsa de carne y venas rotas. La gallinita, feliz por sus actos, se posó sobre el cadáver de la comadreja y de la alegría puso su primer huevo.

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