jueves, 14 de abril de 2016

Día 697: El baile de la aspirineta

      El bar, de nombre Cunnilingus, daba espacio a las fantasías más oscuras de las personas. Nació con la idea de un empresario. Pensó, tal vez, que las mujeres necesitarían un lugar para lamerse las vaginas entre ellas sin la condena social terrícola. Así funcionó el comercio durante los primeros años. El desenfreno sexual, acentuado por las drogas, era la tónica de Cunnilingus.
      No se necesitaba ser lesbiana para tener acceso al bar. Cualquier mujer podía experimentar el sentimiento de algo húmedo que se estruja en la entrepierna.
Luego vinieron las prohibiciones y parte del secreto salió a la luz. Los dueños del lugar tuvieron que hacer "buena letra" para poder volver a la normalidad. Con motivos de las fiestas de fin de año, Cunnilingus promovió una gran reapertura.
      Así fue como viejas clientas notaron los primeros cambios. Las vasijas en el suelo. Todas se percataron. Las mozas explicaban: "es para prevenir el enchastre, hay chicas muy activas" luego venía un guiño de ojo. Cunnilingus incitaba a las mujeres a usar las vasijas. Dejen aquí sus flujos, dejen aquí sus flujos. Esa era más o menos la idea.
      Nadie dijo nada. El clima de orgía era el mismo de siempre. Salvo las vasijas. Pasaban los días, las horas y terminaban por llenarse, como ceniceros sexuales.
      Una mujer de túnica entraba cada media hora a cambiar las vasijas. Tenía ojos de gula. Allá detrás del recinto se cocinaba un misterio. Y pronto fue resuelto. Rituales satánicos al por mayor, así lo titularon los grandes diarios de la ciudad. Los noticieros arrojaron un sin fin de información al respecto. Pero lo que nadie agregó es que los sacrificios y ofrendas terminaron por ser exitosos. 


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