viernes, 15 de abril de 2016

Día 698: Culpable

      Cometí un crimen. Pero la puta se lo merecía. No tengo señales de remordimiento. No al menos esta noche. Esparcí su cuerpo a lo largo de todo el jardín y luego regué el pasto hasta cansarme. Cualquiera podría decir acá no pasó nada. Y así fue.
      Me desperté esa mañana con una idea. Todo había ocurrido en mi mente. Mi pobre y sucia mente. Con sus idas, sus vueltas y sus derivadas. Al que no le pasa eso me cuenta, lo sabré tener en buena estima. Vayamos a las pruebas.
      No encontré señales del cadáver. Por mucho que busqué no salió ni un pelo. Y eso que soy un asesino descuidado. De los pasionales. Eso abonaba la teoría del engaño. O quizás si la maté y esta vez fui más cuidadoso. O estaría borracho y llevé el cuerpo a otro lugar que no recuerdo.
      Pensé en confesar. Pero cómo confesar algo que no puede probarse. Mi victima estaba desaparecida, es cierto. Pero le podría haber ocurrido tantas cosas que me eximieran de la culpa. Tantas cosas.
      No me animé a confiar en la ley, quizás por un miedo oculto a descubrir la verdad. Creo que el recuerdo mismo de los hechos arrojó una luz en el túnel de mis oscuridades. La maté, si. Sigue viva, si. Aunque muchos mundos existan. En este vive, si, en el mío, el de las letras, no. Decidí matarla con las palabras. Hacer de mi historia su muerte, con la estúpida esperanza de enterrar o hacer desaparecer un sentimiento evidente. Quizás la amé. Quizás no tanto.

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