sábado, 16 de abril de 2016

Día 699: ¡Que le corten la cabeza!

      Un día a Carlos le estalló la cabeza. Nadie supo cómo ni cuándo. Su cráneo se partió en mil pedazos como una piñata feliz. Lo importante del caso es que contra todo pronóstico el resto de su cuerpo se negó a morir. De acuerdo a las enciclopedias más prestigiosas de la Tierra un ser humano no puede vivir sin su cabeza, ya que allí arriba radica el centro de operaciones, o sea, el cerebro. Sin cerebro no hay persona. Al menos Carlos podía jactarse de ser una curiosa excepción a la regla.
      Tienen que imaginarlo, los humanos no son como las lombrices, una vez que cortás algo importante del cuerpo, el resto no se sigue moviendo, mucho menos con la idea de persistir en el plano de los vivos. El caso de Carlos fue más o menos así. Un cuerpo decapitado que se negó a las concepciones terrenales. Digamos que Carlos, o al menos la parte inferior de Carlos, mandó a la reverenda mierda todas las convenciones acerca de la naturaleza de ciertos animales, por el caso, los mamíferos.
      Cuando sangra el muñón del cuello es un feo espectáculo, eso es verdad. Ocurre cada dos días, más o menos. Luego supura un líquido amarillento, como si fuese semen vencido. Da asco, de verdad. Pero más allá de ese detalle, Carlos lleva una vida normal. Es un tipo que trabaja, come y tiene novia. No me pregunten cómo, yo solo soy un cronista de lo inesperado. La cosa es que lo hace y bastante bien. Ahora llegará el momento en que me preguntan, claro, ¿cómo?.
      Segundo cerebro, esa es la respuesta. Y en el lugar menos esperado. Algunos científicos se atrevieron a pensar que ciertas funciones cerebrales podían llevarse a cabo en el estómago, pero se equivocaron. A Carlos le nació, a la manera de un tumor benigno, un cerebro de admirables proporciones a la altura del escroto. Digamos que a la vista parecía un tercer testículo. No confundir con el misticismo en torno al tercer ojo. El tercer huevo en este caso sirve. Y mucho.
      Igual miento. El secreto de Carlos no es el segundo cerebro. En realidad el cerebro, para las civilizaciones actuales, es un bien en deshuso, un fenómeno áltamente sobrevalorado. En realidad el poder de la vida se hallaba por ahí, cerca del segundo cerebro, por cierto. Se imaginan. Ahora entienden la causa del sangrado en el cuello. Para mantener a semejante mastodonte hay que irrigar mucha, pero mucha sangre. Dicen que nunca se lo midió. Lo vimos en muchas películas. Su novia, una actriz del medio, dijo que debe medir una cosa de treinta centímetros. Y diez de grueso, agrega la mujer con mirada perversa.

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