jueves, 21 de abril de 2016

Día 704: Una idea mágica

      El hombre sería un esclarecido. De esos que nunca dejan de ser aunque el tiempo diga otra cosa. Mejor dicho, un innovador. Alguien que rompe con la caja de cartón y su falta de luz. Esa persona que arroja una bolsa de caca prendida fuego y lo ilumina todo. Pero todo.

      El Sultán recibió al súbdito con grandes intrigas. El invento debería ser revolucionario o las revoluciones pasarían del cuello a la cabeza. Los guardias trajeron al intruso encadenado. Sostenía en su mano una pequeña caja de madera.
      La sala aguardaba en silencio la intervención de alguien, el que sea, hombre, Sultán. Nadie se atrevía a decir nada. Quizás el temor a caer en engaños de alguna especie de nigromante era mayor. Eran tiempos difíciles. El camino hacia el mar y las tierras verdes de occidente tenían al pueblo del Sultán más que cansado. Tenían poca esperanza, y aún menor paciencia. Lo querían todo ya, sea comida, sexo u otros menesteres.
      Luego surgió la idea del concurso de talentos, algo novedoso para esos tiempos. El llamado fue realizado hacia todas las fronteras del reino. Se necesitan genios, inventores, chamanes de la ingeniería. Gente dedicada a crear cosas nuevas, y así. El sultán, atemorizado por una posible revuelta ciudadana, necesitaba de alguien que le salvara el pellejo. Una idea mágica.
      Cayeron unos cuantos candidatos. Más de mil, según los registros. Todos esperaban su momento de gloria. Querían sorprender al Sultán y obtener así fama y oro, de acuerdo a lo que establecía la recompensa. Ninguno logró mover dos pelos al dueño del palacio. Más de lo mismo, más de lo mismo -dijo el Sultán-  hombres de poco ingenio, ¡que les pese la pena de muerte! ¡A todos! Ese día los verdugos tuvieron mucho trabajo.
      Cuando pasó una semana del desafío el Sultán empezó a oír gritos. Eran fuertes lamentos, como de chancho prendido fuego. Venían de abajo. La mazmorra, pensó. Un pequeño esclavo condenado a muerte era el promotor de los ruidos. Su intención se había cumplido. El Sultán lo observó y dijo como al pasar que la condena podía llevarse a cabo más pronto de lo esperado.
      ¡Alto! dijo el esclavo, tengo la solución a todos sus problemas, deme una hora más de vida. Por favor, agregó. El Sultán, afín a los buenos gestos, concedió la prórroga a la sentencia del esclavo con gusto. Una hora, no más, no menos. Soltad al esclavo, guardias, si osa escapar, ya saben que hacer. Con la mano cruzando la garganta se despidió el Sultán del esclavo.
      La caja de madera se abrió ante la presencia del Sultán. Aquí puede guardar libros, dijo el esclavo rompiendo el silencio. También otra clase de papeles, y juguetes. Tiene muchos hoyos para que pueda ser utilizado como instrumento musical. También puede guardar almuerzos y hacer sus deposiciones si no cuenta con un agujero en donde realizarlas. Este invento dará que hablar. Yo lo llamo: la computadora. El Sultán, aburrido, hizo un gesto para que le cortaran la cabeza. Por una suerte del destino, el pueblo cedió a sus reclamos y su sultinato se extendió por unos treinta años más. La caja de madera quedó archivada entre sus tesoros. La utilizó hasta el último día de su vida.

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