domingo, 24 de abril de 2016

Día 707: Ruleta hindú

      Lo supe al momento de verlo jugar. Ese hombre sería capaz de almorzarse un búfalo en la cancha. Así de enorme era su talento con la pelota. No lo dudé. Me ofrecí en ese mismo momento como manager. Todos me miraron raro. Creo que fue por vergüenza. Pero solo tiene dos años. Esa fue la madre que se animó a detener mi gran visión del futuro. Sí, tiene dos años, pero juega como un pibe de veinte. 
      Todos me trataron de loco. Loco ambicioso pederasta, si quieren agregarlo. Ni una cosa ni la otra. Menos pedófilo. Menos de menos. Solo quería poseer ese par de piernas, que no se entienda mal. Poseerlas en un sentido económico. Y ahí sí me jugó la ambición. 
      La vida tiene giros extraños, como de ficción. En realidad creo que es la ficción la que termina por copiar a la vida. Capaz dije una obviedad, pero no importa. El caso es que mi futbolista mágico terminó en mis manos por un acto trágico del destino. 
      Creo que le pasó también a Oliver Twist. El caso es que este chico quedó huérfano de padre y madre a temprana. Y por esas vueltas que a veces tienen las cosas o la bolsa del mercado de valores el pequeño futbolista terminó bajo mi custodia. Digamos que lo compré, no tengo prurito en decirlo.
      El chico creció. Vaya si creció, creo que ahora debe medir como dos metros, no exagero, y ahora tiene quince años. Si me preguntan acerca de sus habilidades con la pelota, también les respondo que sí. Mierda que sí. El pibe es el mejor jugador de fútbol del universo. Y no solo eso. Más todavía. Defiende como una reencarnación humana de la muralla china. No existe persona que le haga goles cuando juega de arquero. Y de volante y delantero no lo para nadie, va derecho hasta que la red del arco contrario lo detiene. Es un puto tractor humano. Y es mi puto tractor humano, porque como ya les había dicho, yo lo compré. Y muy barato me salió, por cierto. 
      Pero lo bueno no dura para siempre, al menos así creo que son las cosas. Un contrato millonario, qué digo, billonario, plurimultibillonario, me llegó desde Europa. Un equipo lo quería para tenerlo toda la vida, hasta triturarle las piernas. Me saboreé la cifra con los labios. A dos semanas de firmar todos los papeles, el chico se me acerca y me hace gestos como para empezar a hablar. Saben, el chico es medio tímido, no se le da demasiado la cosa de socializar.
      Papá, me dijo, quiero. Bueno, aclaro, el chico me llama papá, no sé por qué, siempre le aclaré que soy su representante, pero él insiste en llamarme así, a un adolescente no hay que llevarle mucho la contra, lo sé por experiencia. Continúo, papá, me dijo, quiero dibujar.
      Que qué, le respondo. Que quiero dibujar, ya no quiero jugar más a la pelota, me dice Valerio. Así se llama, Valerio, un nombre horrible, pero bueno, qué puedo hacer, ¿culpar a un par de muertos por su pésimo gusto a la hora de elegir nombres? No, no puedo. Así que me resigné, y le digo, bueno Valerio, tenemos un contrato millonario por delante, billonario, quiero decir, plurimultibillonario, eso. ¿Sabés dibujar? Un poco me responde. Me imaginé de repente una horda de Picassos, supuse que el chico también tendría esa clase de talento, así que lo alenté en el cambio. Y me equivoqué, aposté todo en la ruleta a un número que nunca salió. El chico es un desastre en el dibujo. Horrible. Perdón, peor, repugnante. Nunca más volvió a jugar al fútbol. 

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