martes, 31 de mayo de 2016

Día 744: Palimpsesto

      Las cenizas de un carnaval muerto se posaban sobre las calles del pueblo ya fantasma. Hubo bandidos y de los buenos que se llevaron consigo hasta la última alma. Solo quedó en pie una cabina telefónica. Cada tanto recibe algún que otro llamado. Situación extraña, por cierto.
      De lo que se puede llamar habitantes persisten las alimañas. Perros salvajes, comadrejas, zorros y cosas así. Dicen que una vez un hombre osó tentar la leyenda desértica del pueblo. Testigos fueron sus huesos. La poca carne adherida al cadáver se la comieron con apremio las ratas.
      Y nadie se preguntaba acerca de la naturaleza fantástica de estos eventos. Para la mayoría las cosas son así. Un caso extremo de tómalo o déjalo. Cierto que muchos trataron de resolver el misterio. Terminaron igual que al principio: vacíos y sin respuestas.
      La cuestión, si se la observa desde lo lejos, puede ser explicada, aunque sea de un modo burdo. Palimpsesto de la creación o zonas yermas, estériles. Nada crece, nada nace.
      Esos espacios necesitan ser borrados y vueltos a borrar. La naturaleza del pueblo es concomitante a la de un agujero negro. El vacío es su esencia misma. Nada creado sucinto de ser destruido en lo inmediato. Crear, borrar, crear, borrar, y así sigue el ciclo.

lunes, 30 de mayo de 2016

Día 743: Doble yema sin caballo

      El héroe de la gente, el huevo frito, vuelve a las andanzas. Capaz de patear el hígado de los malhechores en menos del que se tarda al decir infundíbulo cronosinclástico. El huevo frito vengador. Pura yema. Ese centro jugoso para hincarle con gusto la papa frita. Ha renacido ese alimento capaz de salvar a las damas en peligro o los caballeros en apuros.

      Volvió un buen día y abrió un consultorio on line en Internet. Le pareció bien aconsejar a las personas, de la manera en que lo haría un psicólogo. Las visitas en su página explotaron. Fue tendencia en twitter por dos años consecutivos. Huevo frito psicólogo, más el hashtag. El huevo frito tenía una respuesta para todo. Pero digo, todo. Todo.
      El huevo frito sabe quien es primero del huevo y la gallina. También sabe porqué la gallina cruzó el camino. Incluso sabe respuestas más trascendentales como el punto de hervor del nitrógeno o los minutos de cocción que se necesita para hacer una torta galesa. Incluso aconseja a las personas con problemas de pareja. Es todo un huevo frito poderoso.
      Pero algo extrañaba el huevo frito, y no es a la papa frita. Lo que en verdad añoraba el huevo frito eran aquellos tiempos de combatir el crimen con sus propias manos. Como Superman, o esa clase de héroes. Era el Aquiles de las proteínas. Nadie pudo vencerlo. Salió a la calle, sin miedo a que lo reconozcan. Un vagabundo que pasaba por ahí lo vio y no supo quién era. No preguntó nada. Ahí mismo se lo comió. Estuvo rico.

domingo, 29 de mayo de 2016

Día 742: Carmageddon

      Si fuese un edicto policial lo habrían detenido. El tipo manejaba contra la ley, con ganas de pegarse un palo, de estampar el auto contra una pared y, si es posible, matarse en el acto. Manejaba con una total falta de control. Por supuesto, lo perseguían. Tenían miedo a que se accidente y deje herido a alguno más, aparte de su inservible vida.
      Por supuesto, detrás de sus acciones se escondían nobles propósitos. Una búsqueda del bien mayor de la humanidad. No, en verdad no tanto. El hombre siempre quiso permanecer en su beoda conducta. En realidad estuvo lejos del bien, pero también del mal. Una voz, un pequeño llamado, lo incitaba a conducir sin piedad del peatón. 
      Esa voz se elevaba, salía de las nubes. Era el comando que guiaba. El hombre, el auto, dos extensiones sin principio ni final. Sin motivaciones propias. Solo obedecer el comando. Qué tan desesperante puede ser una situación sobra la que no se tiene control absoluto. De la voz que incita. Atropella dice. Mata. Y no aclara. Todo es un juego. Un gran juego. 

sábado, 28 de mayo de 2016

Día 741: Bungle in the jungle

      El depredador se camufló en la selva. Tenía mucho miedo de aquel humano. A decir verdad, había malogrado sus propósitos. Solo quería tener un amigo. Era feo, alto y con poco carisma. Nadie podía ser amigo de una cosa así. Y el humano bien lo entendía. Desde el primer momento en que se vieron las caras el depredador fue visto como una amenaza.
      Activó su modo de invisibilidad. Es la piel que reacciona ante el miedo, tanto que le dan ganas de desaparecer. En momentos así, con la soledad extremada, el depredador recordaba su infancia de tierno renacuajo. El mejor sapito de estanque, así lo mimaba su difunta madre, sea el Creador en la gloria.
      Pasaron semanas y tanto humano como depredador se esquivaron, gozosos de no encontrarse en la misma selva. Es grande la selva, muy grande. Y es curioso los giros que a veces tiene la vida. Los sentimientos mudan la piel. A veces se perciben escamas o el picor del nuevo recubrimiento epitelial.
      Así fue como hombre y depredador pasaron del miedo y odio al amor más desmesurado. Se quisieron con locura, como en una buena novela del siglo XIX. Por si lo preguntan, tuvieron tres hijos. Si quieren averiguar cómo lo lograron eso ya es motivo de otra historia.

viernes, 27 de mayo de 2016

Día 740: Sofocado

      La veracidad. A veces hay que comprobar los hechos. Otras veces no se hace tan necesario. Podemos mentir al mundo con palabras sin que eso mucho importe. Y si. Es lamento para otro recipiente. El voluble disipar del que cuenta hacía atrás.
      Tarde de permitirnos no ser fieles a la fuente. Podemos inventarlo un poco y no ser todo lo idiota que dicen ser las Escrituras. Ese gesto es temerario. Viejo y temerario. No nuevo. Algo ya visto se retuerce entre las sombras. Es un paraje repetido hasta el hartazgo. Una voz ya afónica de tanto poco decir.
      Con otros ojos el ciego es mejor ciego. Se quita de encima la responsabilidad por no ver. Somos ladrones de ojos. Pero vemos igual, con la mira torcida. Apuntamos al inocente. Le hacemos pagar la cena y el desayuno. Y dicen, no creo, que la injusticia no existe.

jueves, 26 de mayo de 2016

Día 739: Yoga

      El anciano esperaba su turno en la ronda. Pronto sus armas serían expuestas. Nadie podía vencerlo en el campo de batalla. Sus treinta y cinco centímetros eran demasiado para la imaginación de cualquier correligionario del pene. Era un pene enorme, a decir verdad. El glande acariciaba casi la rodilla. Trompa de elefante, le decían, y no en vano.
      La mujer suspiraba a medida que las personas se sucedían. Era una prueba a su fortaleza. Luego de acometer el acto sexual los mataría a todos y, quien sabe, tal vez hasta podría hacerse con un trofeo.
      El cetro del anciano, ese inmenso molusco de una sola pata le sería suficiente. Antes cumplió con la primera promesa. Sigilosa como un ninja decapitó a los cinco amantes que tuvieron la suerte de probar su vigor sexual. El anciano quedó apartado en un rincón, muerto de miedo.
      Un chorro de pis se escapó de manera involuntaria. Sus piernas mojadas anticiparon el posible desenlace. No voy a matarlo, señor, dijo la mujer. Usted es, demasiado, apetitoso. La boca de la mujer saboreó cada centímetro de su trofeo, como si fuese un helado de palito. Tenía una destreza milenaria. Con un compás milimétrico intercalaba entre la lengua, los labios y la mano. Una melodía que hacía tintinear las castañas duras del anciano.
      Cuando quedó seco de todo jugo corporal la mujer escupió hacia un costado y en un solo movimiento rebanó el pene del anciano. Un hilo de sangre brotaba del nuevo muñón. Le aconsejo que se haga presión antes que se desangre, buen hombre, dijo la mujer.
      El anciano hizo un gesto de negación. Hacía fuerza, como si no pudiera esperar para ir al baño. Tenía todo su rostro pintado de rojo. El sangrado se detuvo. La mujer quedó asombrada, sin palabras. Yoga, eso dijo el anciano. Un nuevo pene, más grande que el anterior, nacía de su entrepierna.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Día 738: Lo que nunca pasó y pasa

      Confiscaron los globos. Ayer el FBI realizó la mayor redada en la historia de la humanidad. De acuerdo a una versión de informantes anónimos, la fiesta de cumpleaños del pequeño Juan no era más que una fachada para el acto delictivo más grande del universo. Esa tarde traficarían drogas a lo loco, mientras millones de prostitutas de narices blancas soplarían en los habanos de miles de narcotraficantes uruguayos y puertorriqueños. 
      El informante dio una data precisa. Que no ocurrió. Cientos de agentes especiales arruinaron el cumpleaños del pequeño Juan sin mayores motivos. Pisotearon las tortas. Tiraron las guirnaldas al piso. Y uno de los agentes se comió dos papitas. La verguenza cayó sobre el FBI. Los norteamericanos, aunque no lo crean, lo tomaron por una ofensa mayor que la existencia de Guantánamo. Querían la cabeza de alguien. Era muerte o revolución. 
      Así es como los días de una de las agencias de inteligencia más grandes de la Tierra llegaron a su fin. El alivio fue inmediato. Las personas empezaron a sentirse feliz sin motivo aparente. Algunos, los pocos, conocían el motivo. Es la sensación de no ser observados. Otro acotó, se llama libertad. O algo así. Pronto, más que pronto, inventaron unas nuevas cadenas para atar a los nuevos libres. 

martes, 24 de mayo de 2016

Día 737: Puente sináptico

      Por unos cuantos minutos velados de eternidad. Convida el arrojo con su lanza el temerario. Por el campo de batalla vuela, es una máquina autónoma de combate. Degolla y baila. Sufre, escupe y traspira. Pero mata, es su finalidad ulterior. Podría ser un robot. Un robot asesino. De no ser por sus fluidos delatores. Sufre el humano por ser humano. 
      A cada paso es más desconocido a su especie. Quiero menos cuerpo y más acero. Quiere ser el androide ideal. Una sola finalidad. Allá, por el campo, los muertos piensan distinto. Pensaban. No de acuerdo con el sistema de ser asesinados protestan. Quieren vida no más muerte. Putean a la guerra a falta de mejores argumentos.
      Cuantas tristes realidades avasalladas por el derecho etéreo a pertenecer. Es el pecado de los que nacen sabiendo e ignorando. De aquellos hombres que con una sola idea aplastan, por ser menos pero por tener más. Velada diferencia que marca la linea de meta. El robot no piensa, el robot mata. Es el despojo de la carne y el gozo del metal. Una cruel paradoja nunca resuelta. De si es, de si no. Sufre y mata, autómata desierto.

lunes, 23 de mayo de 2016

Día 736: La veintiunava extinción

      Es insostenible. Existe la posibilidad y sucederá. Después no me digan que no se los dije, porque se los dije, y mucho. Pero claro, ustedes prefieren tratarme de loco, porque es lo que más les conviene para su acotada sabiduría. Dije, ahí vienen los advenedizos. Ahí vienen. Van a tomar nuestras almas y van a hacer un yogurth con ellas. Si, un yogurth de alma. No se qué sabor tendrá. Eso habría que preguntarle al advenedizo.
      Estas criaturas son horribles, lo juro. Permanecen la mayor parte del tiempo invisibles al ojo humano, pero cuando aparecen, agárrense. El máximo terror concebible por ustedes no puede equiparar lo que van a observar en los advenedizos. Son como un Cthulhu más feo y con resaca de droga. Y con escorbuto. Y con todas las enfermedades que puedan imaginarse. Son como zombies más feos. Algo en verdad horrible. Horrible. 
      No quiero asustarlos más porque como bien dije, el advenedizo prefiere quedar invisible. Por suerte tampoco suelen intervenir demasiado en nuestro plano de existencia. Salvo que estén hambrientos. Por suerte no comen por millones de años hasta que les llega la inanición. La última vez que comieron fue durante la era de los dinosaurios. Y no, no fue el meteorito lo que los extinguió.
      Me preguntarán, y es legítimo hacerlo, cómo es que sé tanto acerca de estas criaturas, qué me distingue de un loco de remate. Y les puedo responder, con el valor absoluto de la verdad. Yo soy un advenedizo. Bueno, al menos en parte.
      Verán, estos bichos suelen introducirse dentro de cuerpos humanos. Eso hicieron conmigo. Pasaron a través de mi sangre, como una buena enfermedad de transmisión sexual. Estoy seguro, no necesito comprobarlo (porque lo sé) que ellos jodieron alguna cadena de mi adn. 
      Ahora soy capaz de producir las células que ellos desean. Desean y saborean. Me convertí en un restaurante ambulante. Los tipos beben de mis entrañas y nunca se cansan.
      La extinción de los dinosaurios se llevó a cabo en el transcurso de miles de años. Así es el hambre de estos sujetos. Los advenedizos comen, comen y comen, hasta dejar seco al huésped, en este caso yo. Luego, al finalizar, buscan a otro. Y a otro, y a otro. Hasta que el hambre por fin se va. Dudo, y se los repito, que nuestra raza logre calmar su hambre. Así que más o menos saben lo que nos espera.

domingo, 22 de mayo de 2016

Día 735: La primera extinción marciana

      Las tropas lanzaron un furibundo ataque antes de caer el sol. El último, que concluyó con la guerra de la sangre verde. Nunca bastaron los eufemismos, dado que la palabra más acorde era masacre. Mil millones, esa fue la cifra, marciano más, marciano menos. No quedó un solo nativo en pie. Bastó un lustro para despoblar Marte. Las colonias humanas crecieron a un ritmo desconcertante. Así, en pocos meses, la sangre verde fue olvidada.
      Los marcianos no solían tener dichos que avalen la sabiduría acumulada a través de miles de años de existencia, de existir uno solo que los definiera ese podría ser: "nunca des por perdido algo, aún si ese algo se muere" o algo así. Fueron las almas marcianas, cosas más difíciles de matar. Cosas más corpóreas que las de cualquier otro animal similar en la galaxia. 
      Por supuesto volvieron para hacerse con su venganza. En poco tiempo invirtieron el plan de matanza establecido para su especie. Poco espacio quedó para el gran vacío que desde ese día fue Marte.

sábado, 21 de mayo de 2016

Día 734: Azares

      Instigado por la culpa el apostador contrajo una deuda más con el fisco. No fue a propósito, fue la única explicación que salió de su boca. La esposa, fiel, dócil y paciente, observaba. La última gota explotó el vaso. No fue una discusión de palabras fuertes. Más bien se dijeron frases acertadas. Precisas. Como el escalpelo que sabe conducirse al lugar justo.

      Dieciséis años de matrimonio echados a la basura por una mala jugada de póker. La historia de su vida. Por cierto, el apostador tenía serios problemas con el alcohol. Él y la bebida se amaban con locura, y eso no es algo bueno. Las personas suelen ver prontuarios de gente adicta en esta clase de amores. Pero su amor por la bebida no era superado por las cadenas del juego.
      El tirano mono no se colgaba de su espalda, era un maldito hijo de puta que arañaba sus piernas y no lo dejaba caminar. Ese mono incitador de catástrofes. El que hace flotar con delicadeza las palabras. Que suaviza las pérdidas y exacerba las ganancias por más ínfimas que sean. Palabras del mono: "por una jugada peor cayó Roma" Así fue. Pero el apostador nunca fue Roma. Ni siquiera llegó a consolidar su imperio. Nació derrumbado desde la cuna.
Así fue como en su tierna infancia el apostador delineó parte de lo que sería el constructo de su destino. Colocó ladrillos fuertes, a prueba de sopladuras de lobos maliciosos. Fue un chanchito trabajador, de los buenos. Para cagarse la mente hay que hacerlo con ganas, sino no sirve. Esa fue la enseñanza de su padre, que en eso de cagar mentes lo aventajaba con creces. Padre, esa institución monolítica, laberinto impenetrable, dador y quitador de sabidurías. Su salvación y su tumba. El apostador apostó a una relación con su progenitor y perdió todas las fichas. Padre es una palabra muy grande. Padre Salomón.
      El apostador y el hombre que cagó su mente tomaron caminos separados. El apostador huyó de la casa paterna al cumplir la mayoría de edad. Padre murió bajo el signo de Cáncer, con ascendente en próstata. Librado del pesado fantasma del cagador de mentes. El apostador se sintió libre de hacer lo que bien le salía desde jardín de infante: jugar y hacer apuestas.
      Primero fueron bolitas, luego juguetes. De joven apostó relojes y el dinero que venía de ciertas ventas de droga. Los malos hábitos con la edad se disiparon. Solo quedó el mono. Ese mono ancestral, el rasguñador de rodillas. Ese mono hijo de puta. Su nuevo padre.
      Más temprano que tarde las deudas aparecieron. Facturas impagas por acá, préstamos no devueltos por allá. Y claro, la moratoria eterna con el fisco. Cansado de perder en lo que sea, el apostador cayó en la única tentación hasta ese día evitada. Haría trampa. Como los mejores.
      Convocaría a cinco personas de su confianza para una partida de ruleta rusa. El reglamento del juego es sencillo. Una bala dentro de un revolver. Aquel que pierde, recibe la bala dentro de su cráneo. Los ganadores o sobrevivientes se reparten las ganancias del perdedor. Y así prosigue el juego hasta que alguien se aburre o tiene miedo de perder.
El juego lo llevaría de nuevo a la cima. No le fue difícil conseguir el revolver necesario para tales menesteres. Uno trucado, que dispara solo en el momento indicado de acuerdo al modo de uso del percutor.
      Esa noche se armó la ronda. Seis personas se pasaban de mano en mano el revolver como si fuese un cigarrillo de marihuana. Click. Click. Click. Click. Así hasta contar siete. Uno de los jugadores revisó el barril para cerciorarse de encontrar la bala en su lugar. Click. Click. Click. Los sesos de la persona sentada al lado del apostador mancharon la mesa y parte de su pantalón. El apostador propuso una nueva ronda. Dos de los jugadores desistieron. Solo quedaron, entonces, dos personas en juego. Cargó una vez más el revolver y, como una gentileza, el apostador tomó el primer turno. Click. Click. Click. Un click extraño. Click. Un dato curioso: el apostador ganó.

viernes, 20 de mayo de 2016

Día 733: Houdini

      El hombre fue en todo momento consistente a su fachada. No adiviné el precio de sus mentiras hasta que fue, digamos, muy tarde. No debo culparlo, a veces es la juventud lo que nos hace cometer ciertas impertinencias, a veces pasajeras, a veces no tanto. 
      Hubiera dado parte de mi herencia con tal de saber al menos el nombre del ilustre desconocido. Debí contentarme, en cambio, con unas siglas: W.R. Walter Rodney, Wilson Richards o William Reichhart, lo mismo da. Nunca me van a alcanzar las guías telefónicas del mundo para develar el misterio del nombre.
      Advertirán pronto el peligro de mi obsesión. Muchos en el pasado trataron de importunarme en ese mismo tópico. Palabras de mi hermana: "Déjalo ir, Bautista, ese hombre es tu pasado. No dejes que la obsesión sea el gusano que roe tu carne" un comentario sagaz, ¿no les parece?
      Perseguí las huellas borroneadas de W.R. al menos por tres de los cinco continentes conocidos. Eso es mucho decir. Fueron diez años en mi vida. Pasé hambre y fastuosidad, y a veces nada. Es el sentimiento más grato, sentir nada. Creo que es lo más cercano que podemos estar de los dioses. Al menos es lo que se nos permite a nuestra especie.
      De todos modos no importa. Vuelvo a mi relato. Juré ser fiel a la historia que deseaba narrarles. No es a mis digresiones adonde quiero conducirlos si no al descubrimiento capital, el día en que desenmascaré el vil accionar de mi enemigo.
      Lo supe tratar como a un hermano, no por conveniencia de sentimientos, no. Fue más bien la circunstancia de los eventos. No dilataré más esta situación. El hombre estaba prometido con mi hermana. El título es futuro cuñado. Cuesta entender como mi hermana tampoco pudo confesarme su nombre. Una explicación lógica situaría a este hombre en el lugar de un loco, analfabeto, huérfano bastardo, gangoso o una combinación de varias. H la verdad no, nada de eso. W.R., a mi pesar, insiste en vivir la existencia de un hombre normal. Nada que sea lógico, nada que merezca explicaciones.
      Iré al evento principal. Una noche en mi casa fui anfitrión de una partida de canasta. Bebimos y fumamos habanos hasta que el sol nos expulsó a la calle. Fuimos locuaces, temerarios y todo lo que se pueda pretender de un caballero. Pero no lo se por mi boca, ni por los tres concurrentes de aquella velada. Es una suposición. Igual que esta animadversión hacía W.R. No volví a verlo por la ciudad. Dejó a mi hermana con una escueta carta y muchas preguntas en la garganta. A mi me descolocó, en un sentido literal. Ya no volví a ser el mismo. Fui extirpado de mi esencia. No quise culpar al tabaco o la bebida. Debió ser W.R., un ladrón de buena monta. Allá debe estar, con algo que era mio y no sé qué es, salvo que era mío. Debe estar. Por las noches oigo al viento reírse de mí. A veces me pregunto qué tan cerca pueda estar. Y la ventana sigue abierta, a la espera.

jueves, 19 de mayo de 2016

Día 732: Post-torta de cumpleaños

      De vez en cuando el invierno vuelve y se queda. Con el frío y todo. Así, con la desolación prefigurada en un recinto de cuatro paredes, el conde Drácula se dispuso a beber su último vaso de sangre. Las noticias corrieron rápido, muy rápido por Transilvania. Es el conde, es el conde, ¿se murió? ¿se casó? no, va a entrar en un programa de rehabilitación para vampiros adictos.
      Así que adiós aperitivos de mañana. Chau a las deliciosas mujeres suministradoras de almuerzos. El cambio de dieta, aunque parezca poco creíble, favoreció a Drácula. Su tolerancia a la luz mejoró en un ciento por ciento. Lo mismo con la piel, que comenzó a adquirir una preciosa coloración rosada. Las horas de sueño pasaron a ser las horas de vigilia. Y viceversa. Podría decirse que el Conde era casi humano. Bueno, casi.
      Todavía estaban los colmillos. Y el fantasma, por supuesto. El fantasma demandaba un regreso glorioso a la antigua rutina. Era el encargado de recordarle que tan sobrio se podía encontrar una tarde de domingo sentado en una reposera del castillo, tomando sol, con un vaso de te helado en la mano y el diario de variedades transilvanas en la otra.
      Usted es más que esa caricatura, Conde, le susurraba el fantasma a sus oídos puntiagudos. Luego colocaba su cuello fantasmal en las fauces de Drácula y lo instigaba a beber de su sangre espectral. Actos inútiles, por cierto.
      El Conde Drácula no tardó en demostrar su escondida belleza al mundo. Sus encantos cautivaban a cualquier transilvana soltera. Incluso era objeto de alabanza de sus nuevos pares, los hombres. Días y noches, catervas de personas, atraídas por su antigua leyenda, caían al castillo ofreciéndole su amor incondicional.
      El desencanto ante su retiro no tardaba en aparecer. Pocas personas siguieron fiel a pesar de sus nuevos hábitos. A los pocos meses el conde se puso de novio con una bella muchacha llamada Anna. Con ella descubrió el amor en toda su dimensión. 
      El casamiento entre ellos fue un hecho casi inevitable. Hubiera ocurrido de no ser por ese fatídico día en que el Conde enfermó. Sin dilaciones fue llevado al Hospital de la ciudad en donde los médicos más prestigiosos de Rumania trataron de salvarle la vida. Y fue una pena, porque sobrevivió. Se necesitaron varios dadores de sangre para realizar las transfusiones necesarias. Es sabido que, como algunas prácticas humanas, hay vicios que nunca se dejan atrás. El conde abrazó la oscuridad y, por más curioso que parezca, pudo ver la luz.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Día 731: Pre-torta de cumpleaños

      Sufro el mal de la época, el de tener más años de los que me permite mi sistema inmunológico. Está claro que el decoro que acompaña a la vejez es una bella formulación de tinte oximorónica. Quiero creer que pierdo filo como el cuchillo. Una cuchillara, algo que no corta ni junta sopa. Un mal endémico al mismo puto principio de siglo. Como todo inicio, uno no sabe por dónde empezar. Está toda la habitación sucia y hay que limpiar. ¿Tiramos a la basura los papeles resecos de semen ancestral? ¿Alineamos los planetas de los calcetines perdidos? No, primero observamos. Le prestamos el ojo para contemplar al quilombo en su justa grandiosidad.
      Eso me pasa a medida que acumulo años. El sustento de la estantería tiene óxido en las uniones, es cuestión de meses para que todo se venga abajo, como una torre de jenga sin buenos basamentos. Es la edad de la aceptación. Aceptar el mal carácter. Aceptar la cana. Aceptar la panza. Aceptar a la puta tirada de la fortuna. Y cosas así.
      No pregunten. Es sabio callar y obedecer al mono. Lo que el mono ordena nosotros hacemos. Es una buena filosofía para la vida que llevamos con tanto gusto hacia la muerte. Aceptar la muerte. Eso. Nos enteramos que nuestro coche deportivo último modelo va camino al precipicio y que le va a tomar años en caer y tocar el fondo. Una metáfora así imaginar. Eso sería morir, por si no queda claro. Aceptar la dificultad al expresarse.
      Tengo que sufrir y no queda otra. Porque existe una porción de mi ser que debió quedar atorada en el siglo XIX. Esa parte mía que le encanta la sal de la lágrima. Que haría un tarro de aceitunas de tanta lágrima. Llorar, si, pero llorar bien. Hasta que la cara quede roja o se caigan los ojos. Lo que ocurra primero. Debo sufrir, es un recurso necesario para acceder al Libro. Al Libro, así con mayúscula. Ese Libro que me va a decir que todo está bien y que yo estoy mal. Que acepte la muerte porque aceptar es divino. Y porque aceptar es bueno en la edad de la adaptación.
      Y uno se pregunta si es que en realidad somos autores del Libro o si tenemos que demandarlos por plagio. O tal vez sea una obviedad producto de un consuelo insatisfactorio. No sé. En todo caso si no le gustan mis excusas, puedo inventarme otras nuevas. Aceptar la aceptación.

martes, 17 de mayo de 2016

Día 730: Todavía sirve

      Un cuarto de boca de lomo. Te hice poesía para comerte. Pude ver cómo hacías chorrear esa sartén y gustoso te metí en mi boca. Hice ñam ñam a falta de un mejor sonido. Te sugerí como el mejor manjar adobado por los dioses. Mandé un aplauso simbólico al asador. Y luego eructé. De placer. 

      El vino fue la víctima siguiente. Llené el vaso a medio limpiar. Con agua. Sin cubito. Al natural. Me felicité en mi hedonismo. Soy tan terrenal como una bolsa de tierra en el medio de un campo. Tan terrenal como el humus. Me dejé de pensar y serví otro vaso. Lo tomé y con gusto creo.
      Algo de tiempo me di, con el semipedo en la boca, para pensar en la vida. En los tiempos que nos quedan y los tiempos que nos sobran. Somos como calculadoritas mentales de tiempo. Pequeños capitalistas de las sensaciones. Qué feo es ser a veces. Qué feo es vomitar un buen plato de comida. Me abandoné a la buena filosofía no escrita y con hambre en el estómago acometí al postre.
      Es borroso el recuerdo, si tiramisú o ensalada de frutas. Tal vez helado de sambayón. Un algo dulce y no tanto pasó por mi tráquea camino a donde ustedes ya saben. Gracias tapita. El pulmón no come. Es divertido y gratificante. Llenalmas. Todo lo que se pueda agarrar por encima de la mesa. Y algo más. Sí. Algo más. No cierren el ataúd. Todavía sirve.

lunes, 16 de mayo de 2016

Día 729: La carrera más larga del mundo

      Completó la vuelta arropado en una estela de humo. La tierra era incansable, se pegaba en cada poro del vehículo como si de eso valiera su corta vida. Leyes en el desierto, por supuesto, dijo el piloto. ¿Vamos bien? Vamos bien, contestó el copiloto. Tres cuartos de carrera. Sin competidores. La soledad extensiva de un rincón abandonado a la misma nada pero así como el desierto tiene sus reglas lo mismo es para la carrera. 
      El reglamento en su escritura era bien cristalino a toda buena interpretación. El ganador de la carrera será aquel que atraviese la línea de meta en primer lugar, cualquier abandono de diversa índole dará por concluida la participación del piloto. Doscientas páginas de reglamento se extienden acerca de estas cuestiones.
      Una carrera con trescientos competidores es una cosa. Entretenida por cierto, sobre todo cuando, llegado el caso, se tarda meses en terminarla. Sí, así se llamaba y así cumplía, la carrera más larga del mundo. Era tan larga que ni siquiera cabía dentro de los record Guinness. Tres vueltas y media a la circunferencia terrestre más extensa, la línea del Ecuador, esa es la distancia.
      Aunque para que no se haga tan larga la carrera se suele hacer en círculos pequeños en un desierto. Como el circuito es tan ínfimo se precisan infinitas vueltas para cumplir la extensión de tres veces y media la extensión de la línea del Ecuador. También, como existen tantos vehículos en competición, los vehículos suelen tener múltiples accidentes. Además no todos cuentan con los medios económicos para tantas cargas de combustible. Técnicamente nadie gana la carrera, a lo sumo uno o dos vehículos terminan la carrera. Aunque lo normal es que todos choquen, o que mueran, o que se queden sin combustible. No en balde también es la carrera más difícil del mundo.
      Luego de quince años de ausencia de ganadores ese día podría pasar a la historia. Ganador. Eso diría el trofeo, y los millones de dólares que se embolsaría luego de ver la bandera a cuadros. Si tan solo pudiera evitar la arena. Y la soledad. Y la locura. Las alucinaciones cada vez eran mayores. Nada que las drogas pudieran contrarrestar. Estaba loco. Tan loco como cualquier persona sola a lo largo de una extensa nada. Debería matarse. Si pudiera. O cruzar la línea. Esa línea. Cercana. Cada vez más lejos. Penetrarla. Loco. Eso es. Loco. Carrera de mierda.

domingo, 15 de mayo de 2016

Día 728: Otro cuento de los otros

Los burócratas estallaron de placer al anunciar un nuevo paquete de leyes que subyugaría a toda la república. De acuerdo a su programa de Estabilidad sostenida, el incremento a la efectividad en la tasa de los servicios públicos representaría una clara mejora en la imagen del gobierno. Algo así. Por supuesto el pueblo no dijo nada. Nadie tenía voz. Ni voto. Ni boca.
Desprovisto de la verguenza necesaria para aceptarlo, estos mandatarios de los papeles confiscaron decenas de millones de vidas humanas para promover el bendito plan. La Estabilidad sostenida se delineó como un propósito a seguir por etapas delineadas con mucha circunspección. Claro, nadie entendía nada. Existían pocos cerebros. Pocas bocas. Ninguna voz. Cuerpos muertos.
Las decisiones de estos hombres de corbata arrojaron al país por la borda. Ninguno pudo prever una situación de tanta crisis. Una realidad tan evidente que pocos podían ver. De a poco el aire se fue haciendo más fino.
Así fue como la respiración se convirtió en un asunto de privilegio. El impuesto a la vida provocó el giro definitivo. El mundo entero empobrecía a expensas del programa de Estabilidad sostenida. A la larga el dragón dormido se los comió a todos. Pronto le llegó el turno a los burócratas de rendir cuentas. Sus cabezas rodaron como en los mejores tiempos. Fue algo digno de verse.

sábado, 14 de mayo de 2016

Día 727: De lo múltiple y lo mucho

      La lanza atravesó el duodeno del gladiador antes que el César emitiera un veredicto. Pocos sabían que el hombre que había peleado con tanto ahínco por su vida era de hecho el mismo César. Ese hombre que hasta ayer comandaba los destinos de Roma ahora chorreaba sangre por toda la arena.
      El público, aturdido por semejante revelación, poco se preocupó por indagar las causas que llevaron al soberano a terminar de ese modo. La pregunta que nacía de sus corazones es, ¿quién es el impostor que ocupa el asiento del emperador en el circo? Aunque parezca curioso, el César era el hombre sentado. Dos César, un imposible. Alguien miente. Pero no, en la carne y la palabra ambas personas respondían a las características que se esperaba encontrar en un César.
      El asunto habría quedado en esa tarde de no ser por la aparición de un tercer César mendigando en la calle. Luego el cuarto, desnudo y a los gritos en el Foro, borracho, seguro. Y un quinto, y un sexto. Quince César de acuerdo a los recuentos de un tribuno. 
      Dentro de las puertas del palacio un hombre tomaba su baño. Un baño especial, con burbujas. Rojo era el color del agua. Las carnes se asociaban para formar nuevos cuerpos. Y allá salía el decimosexto, y el decimoséptimo, así hasta poblar Roma. 

viernes, 13 de mayo de 2016

Día 726: Avemaquia

      Los buenos augurios son interrumpidos. Tenemos un recorte presupuestario, digamos menos, hagamos poco. Señales de humo a la humanidad. Seamos los pobres pichones caídos del nido. Seamos esos pajaritos muertos descarnados por los perros. Lo bueno es yacer en la ignominia. Lo bueno es parecer aun no siendo.
      Y de cuántos momentos podemos decir que sean buenos. No me asombra la sorpresa. Ya está todo digerido y masticado. Es un buen síntoma, el paciente mejora. Solo en la pobreza de paredes blancas y puertas rojas. Es la casa del espanto. Un artilugio para juntar dólares. 
      El hombre de la calle perece sin lastimar. Olvida sin querer. Bosteza sin abrir la boca. Elige una mejor historia para contarse a si mismo. Para engañar al frío, al hambre o a la muerte. Afuera los pichones degollados. Desde afuera se los observa. Es una visión presuntuosa, sobrecogedora. 
      El talento infecto con el que nacemos oficia de psicopompo. Hacia un mejor pasaje de la vida los cuerpos conduce. Y no hay mensaje que sin voz resuene. Un buen silencio al que gustoso las penas obedecen.

jueves, 12 de mayo de 2016

Día 725: Con permiso

      Apuren los sentimientos y beban hasta cagar. Es la orden repetida que se siente más allá de los muros. Un muerto que acongoja es sed para el lamento. El deseo mal conducido de las personas que lloran detrás de invisibles causas.
      Porqué pregunto porqué. No tiento al abismo que pocas horas restan. No siento y ya es suficiente. Como testimonio de lo poco pueden erigir el palacio de la duda y la incertidumbre. Con lo poco hacer una estatua y arrojarla contra la ventana de la casa de Dios. Luego, con la abertura realizada, introducir cinco litros de nafta y prenderlo fuego todo. Lo pequeño se hace gigante.
      Si nadie pregunta es el miedo el que habla. Si nadie presupone el estima del que varado queda, sollozando en la intemperie. El pobre de corazón se arropa en su desnudez. El pobre de mente se viste demasiado a la llegada del verano.
      Dónde pregunto dónde. Del espacio sentirse disparado. Como el cohete fuera de la órbita alcanzada. Sin espacio. Sin cielo. Las preguntas acogotan el espíritu y el aire del pulmón vaciado. Cuando preguntas de las no preguntas queden, y la nada se figure eterna, quizás ese día tengamos permiso de ser.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Día 724: Iso 666

      Envío demorado en aduana. Envío demorado en aduana. Envío demorado en aduana. Un buen día todos los envíos quedaron demorados en aduana y nadie supo por que. Ciertas fuentes aludieron acerca de un cambio de política de la empresa. Pero nadie podía creerlo del todo, la situación tenía poco gollete.
      La realidad era aún más descabellada de lo que se presuponía. Las líneas telefónicas estaban cortadas. Ningún trabajador salió o entró de la aduana. Los parapsicológos amantes de esta clase de fenómenos lo bautizó como "efecto Willy Wonka"
      Algo así pasaba en la aduana, salvo por los oompa loompa. En realidad no había un problema, si no dos. Por un lado un agujero negro a la altura del ala norte, donde se encuentra la puerta de entrada principal. Como todo hombre de ciencia sabe, los agujeros negros pueden aparecer y configurarse de la nada, así como por arte de magia. Un agujero negro es el equivalente en la física de un severo caso de bulimia existencia. El agujero negro todo lo traga, nada lo escupe. Por fortuna la fuerza gravitacional de este agujero aun resultaba controlable, aunque tenía inutilizada la puerta de entrada.
      Por otra parte, como producto de una fea jugarreta divina, la puerta de salida de la aduana también parió de la nada su propio horror sobrenatural, en este caso un portal interdimensional que conduce al planeta de unas criaturas que, dato curioso, consumen carne de seres vivos al igual que los humanos.
      Es de suponer, no, es lo que pasó, ocurrió una total debacle en la aduana. Los empleados enloquecieron en una prisión laboral donde primaba la desesperación. Los pocos que conservaron la calma buscaron soluciones en internet. Los intentos fueron infructuosos.
      El encierro duró una semana. Otro dato curioso, la mayoría sobrevivió, a pesar de la amenaza extraterrestre antropófaga. Sólo unos cuantos heridos y otros tantos con estress post traumático. Y un último dato curioso, desde ese día ningún otro envío se demoró en aduana. De acuerdo a las calificaciones de una empresa extranjera, los niveles de excelencia fueron sobrenaturales.

martes, 10 de mayo de 2016

Día 723: Aire negro

      La calesita giró hasta que el parque murió. Restos de pochoclo alimentaron a las fieras y el pasto avanzó sobre las principales diversiones. Los dueños optaron por buscar sus ganancias en otro emprendimiento, así dijeron. Al menos ese fue el comunicado oficial. Con la clausura del parque fueron a parar al tacho más de treinta años de historia.      
      No fue mucho tiempo después cuando se descubrió lo del asesinato. Allá adentro mataron a alguien, fueron las primeras voces que se escucharon. Rumores. Iban de acá para allá. Inventaban una cosa, luego la retocaban. Y si surtía efecto se inventaba otra. Así es como poco a poco el parque de diversión del pueblo fue adquiriendo una dimensión mítica. 
      Antes alimentaban a los animales con fetos humanos. Puertas adentro practicaban canibalismo. El dueño del parque era un pederasta. Tenían una habitación destinada a los placeres más aberrantes. Y zonas libres donde la droga y los objetos sexuales manaban como agua de catarata. Por supuesto gran parte de estas afirmaciones eran mentiras. 
      Pero uno entre tantos rumores si era cierto. Uno que refería acerca de ciertas costumbres extrañas del dueño. El hombre perdió una apuesta y con ello, gran parte de su vida. Jugó con fuerzas oscuras y terminó arrastrado a una oscuridad inevitable. 
      La realidad se entreteje con el mito y parte de las mentiras se vuelven verdades a fuerza de ser repetidas. El hombre dio paso a las sombras para ser su propia sombra. Se acogió al abandono de su propio parque y su alma se resquebrajó el miles de pedazos, los cuales cayeron como lluvia sobre el parque, impregnando el lugar con la totalidad de su esencia. La calesita dio un par de vueltas más. Para ese entonces, en su muerte, el parque siguió vivo al respirar aire negro.

lunes, 9 de mayo de 2016

Día 722: El gato epiléptico

      Nació con un gran temor por las hazañas del gato epiléptico. Le contaron cosas horrorosas, inimaginables, acerca del poder de su espuma mágica. Entre tantos rumores se decía que las convulsiones del gato epiléptico podían teletransportarte a otra dimensión. Además araña y tiene rabia. Y no le gusta bañarse. Y huele feo. En ese tiempo era normal tenerle un poco de miedo a un gato así.
      A diferencia del resto de los monstruos de la cultura popular al gato epiléptico solía salir de día a la hora de la siesta. Agarraba a los pibes desprevenidos y los meaba en los pies. Después le escupía bolas de pelo con espuma y convulsionaba alrededor de sus víctimas, que caían dobladas al piso como una hoja de papel con un ataque de pánico.
      La situación, como era de esperarse, se hizo insostenible. Y antihigiénica, por cierto. Así fue como un buen día el grupo de los adultos más temerarios del pueblo se alzaron en armas para darle fin a la alimaña.
      Es tan solo un gato montés desorientado. Debe estar rabioso, decían. De ese modo se burlaban del discurso mágico de los chicos. Lo esperaron escondidos detrás de un árbol de la plaza del centro cívico. Allí el gato epiléptico se tomaba una siesta. No faltó a la cita, fue puntual.
      Las balas empezaron a volar en todas direcciones. La mayoría impactó contra el cuerpo del gato epiléptico. Una bala hirió a un anciano que daba un paseo por la plaza, pero no hubo nada por qué lamentarse, gracias a Dios.
      El gato epiléptico no alcanzó a decir miau. Ya estaba tan muerto con los restos de pólvora que adornaban su cadáver. Los habitantes ensayaron un hurra, pero fue cortado a la mitad debido al silencio. Todo fue tensión. Decidieron pasear el cuerpo del gato por el centro de la ciudad. Exhibirlo como trofeo. Hasta se lo enseñaron a un par de niños que no atinaron a hacer otra cosa más que llorar.
      No fue cosa de dos días que el gato epiléptico volvió al ruedo. Ahora era un gato epiléptico fantasma, que escupía bolas espectrales de ectoplasma. Todavía convulsionaba como en los mejores tiempos, aleccionado por la tragedia natural de su muerte. Ahora el gato epiléptico fantasma era casi invencible. Gracias a los hombres los niños volvieron a tener una razón por la cual temer.

domingo, 8 de mayo de 2016

Día 721: Vuelta e ida

      Partió vestido de lluvia. Hacia un rincón escondido de la galaxia. Un sombrero es poco para cubrir tanto cuerpo. Costumbres de un cielo misterioso. Suelen dispararle las preguntas directo al pecho. Existen muchas escenas, pocos escenarios. Respira vivo sobre la terraza un pájaro atrapado en un puente de cristal.
      Los pobres estorninos, flagelados por sus sombras. Emiten el canto del cisne. muerto y resucitado. Son el abandono de la ropa, el adiós a la civilización. Dejar atrás. Una nueva despedida. La suma de todos los adioses. Y nadie responde al teléfono. Un barco se hunde en alta mar sin más señales que sus bengalas apagadas por la sal del agua.
      Nació perdido y abandonado. Dado vuelta. Esclavo del negro opaco oscuro melancólico. Del pobre rezando un mantra sin más esperanzas que callos en las manos vacías de tanto esperar. Se encontró presuroso, absorto dentro de la danza de gotas que decoran las figuras de la noche. Decidió calmarse en una pastilla y dijo hasta mañana. Hasta que el barco vuelva a partir. 

sábado, 7 de mayo de 2016

Día 720: Nuevos depredadores

      Una gran X pintada en rojo aparecía a los costados de los vagones. El tren largaba humo, tanto como un fumador no pasivo. De acuerdo al gran reloj colgado sobre la estación de Londres, un vagón repleto de zombies debería arribar en el andén 8 a las 12.35 del mediodía.
Veinte años pasaron del primer brote. En solo meses la pandemia se extendió a cada rincón de los cinco continentes. Algunas islas del Pacífico esquivaron el ataque mundial zombie, pero fueron groseras excepciones de un gran chiste.
      Las sociedades futuras, por cierto, fueron mucho más expeditivas de lo que se puede estimar por todas las series y películas que cultivaron el imaginario del siglo XX y parte del XXI. En el siglo XXIII las cosas se hacen diferente.
      La idea del tren fue sublime. El mundo del futuro quintuplicó el hambre y la necesidad de comida. Si el zombie, que solo prefiere cerebro humano para su dieta, poco le importa ser asesinado, la ecuación es más que perfecta. Alimenten a las masas con jugo de zombie. Alimento orgánico, con mucha proteína. Como los insectos, pero con mejor sabor.
      Desde que la humanidad empezó a comer a los zombies, el hambre en el mundo bajó un 15 por ciento, una suma extraordinaria. Y lo mejor de todo es que los actuales métodos de esterilización de la carne previenen en un ciento por ciento un posible contagio. 
      Los años siguieron su curso. Los trenes fueron y vinieron a través de las vías. La plaga cedió a medida que fue comida en todo el sentido literal de la palabra. Así fue cono un buen día la plaga zombie fue erradicada. Los humanos sintieron esa falta, a pesar de combatirlos como la amenaza más peligrosa para la humanidad. La falta de un sabroso muslo asado de zombie. De las vísceras de zombie a la parrilla y cosas así. Tuvieron que volver a otra clase de carnes. Para ese entonces, la evolución producida en los bovinos los hacía casi indetectables.

viernes, 6 de mayo de 2016

Día 719: El almacén de la Alhambra

      El puesto del comerciante a la vista decía poco. Solo unas cuantas reliquias carcomidas por el polvo. Las paredes del palacio ensombrecía cada uno de los productos exhibidos. Además el comerciante tenía mal aliento. La suma de todas las codas daba por casi negocio abandonado al lugar.
      Un transeúnte paseaba por el mercado. Tenía toda la pinta de extranjero. Las aves de rapiña lo seguían con los ojos. Era fin de mes y el bolsillo de unos cuantos estaba flaco a la espera de una hipotética venta. El hombre pasó por alto tales detalles, solo quería un recuerdo para su amada esposa. 
      Sus manos tocaban las reliquias con el cuidado requerido para tal menester. Tenía aspecto de antropólogo o algo así. Quizás escribe un libro, le susurró al oído el vecino de Ahmed. Ahmed no lograba salir de su estado de ensoñación. Ese hombre debe tener un gran capital para dejar vacía mi tienda.
      El sueño de Ahmed se esfumó pronto. El hombre siguió su camino y saludó con la cabeza al comerciante del negocio de paredes ensombrecidas. Pocos ahí conocían a este vendedor. No era dado a la conversación. Fumaba todo el tiempo una pipa de madera mientras se dejaba llevar por desconocidas cavilaciones.
      Tengo lo que necesita, dijo el comerciante con una voz estruendosa que asustó a más de uno en el mercado. Lo sé, respondió el supuesto antropólogo. Sostenía en su mano un objeto de metal con unas tuercas blancas giratorias. Es del futuro, dijo el comerciante, pertenecerá a un automóvil. Lo sé, volvió a repetir el hombre al tiempo que apuntaba con un revólver láser a la cabeza del comerciante. Deme las llaves, ¡LAS LLAVES! Una pelea entre ambos se suscitó en cuestión de segundos. Todos observaban desconcertados. Objetos de extraña procedencia volaban por doquier. Televisores, radios y computadoras, todos aparatos con la indicación de precio. Inventos de un futuro distante, ocho siglos adelante, para ser precisos. 
      Un gran agujero con forma de remolino se abrió a espalda de los hombres involucrados en la pelea. Poco a poco empezó a engullirse el negocio de paredes ensombrecidas, junto con su dueño y su primer cliente en años. Nadie volvió a saber de ellos.

jueves, 5 de mayo de 2016

Día 718: Remembranzas de un pelo

      Recuerdo que fui un hombre de larga barba. En esos tiempos hasta las mujeres solían portarla. Fue mucho antes, por cierto, de la Reforma lampiña. Creo no recordarlo mal. Comenzó casi como una broma. Una sugerencia. Nadie supondría que un simple esteta de la noche a la mañana se convertiría en el mayor tirano opresor de toda la historia de la humanidad. Pero no nos apresuremos, ya vamos a llegar a eso.
      La era del pelo duró unos ciento veinte años, según mis registros. Nadie sabe a ciencia cierta de donde provino esa moda ya que, como muchos saben, internet explotó en el 51, luego del crack definitivo del petróleo. Así que desde entonces nos manejamos con documentos poco fiables y nuestra sociedad actual desconfía u olvida hasta lo que hace ayer. Para mí es una deficiencia, una falla en nuestra atención, pero no quiero ahondar en nuestros conflictos psicológicos.
      El caso es retratarles la dificultad que a veces atravesamos los historiadores cuando queremos cruzar este mare magnum de dulce de leche. Como les decía, el 51 o, si nos guiamos por el antiguo calendario Gregoriano, el 2051. Ese fue el año, aproximado, en que podemos enpezar a hablar de la fiebre del pelo. No existen crónicas verídicas que sustenten una teoría plausible. La idea que prima es la de una nueva glaciación que provocó un descenso inaudito en la temperatura de la Tierra. 
      Los procesos de evolución natural pudieron haber llevado al hombre a desarrollar más pelos de lo debido, o los adecuados, si se lo piensa de otro modo. De ahí podría venir este nuevo auge de la barba masculina y femenina. Eso ocurrió hasta entrado el siglo XXII, más cercano a nuestros tiempos. Si los documentos no fallan han pasado cuatro años de la primera Reforma lampiña y uno desde la segunda Reforma. De acuerdo a los representantes del parlamento, para marzo del año que viene se estaría discutiendo una posible ampliación a ciertos artículos peliagudos.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Día 717: Funda(i)ción

      Radiografía de una inconsistencia. Los puros permanecen pese a la volatilidad con que moran sus sombras. ¿Cuál es el término medio? ¿Cuál es ese famoso punto en que convergen las líneas de un boceto? Hay que ponerse a trabajar. Divagues atrás. Atrás esperanza de permanecer siendo.
      Cuánto eco puede contener el regocijo de una mañana alterada por la rutina. A las torres me concurro. Es sentir, ante todo. Sentir el perjurio de los huesos que acarreamos, con el juego de la carne, borracho de tanta sangre.
      Pudo parecer petulante mi empresa. Subir la Torre, bajar y luego subir. Pude haber pedido un ascensor o tal vez contratar a un enano que me lleve en andas, camino a la gloria eterna. Si, claro. Pero no sería más de lo que quise ser. Un espantapájaros hecho de cenizas. Sería capaz de acobardarme tanto detrás de mi propia naturaleza.
      Sin siquiera avisar podría conquistar el mundo. Esa y otras de los centenares de posibilidades. Un sinfín de alternancias, mundos posibles, diseñados en la perfección de sus anhelos, los míos. Tal vez me gustaría azotar al caballo y hacerle caricias al mismo tiempo. Toda la noche. Y repetir aquellos versos olvidados que ya nadie escribió, a falta de algo estúpido para decir. De lo que va iré y seré, ante todo, un muro fundante lleno de piedras antiguas. Muy antiguas.

martes, 3 de mayo de 2016

Día 716: Grandísimo hermano

      Un millonario estaba sentado en su escritorio haciendo lo que mejor saben hacer los millonarios: nada. De repente vino a su cabeza una genial idea. Giraría un cheque por medio millón de dólares para patrocinar una maratón. Y no cualquier maratón. Sería el evento deportivo del siglo, el equivalente a veinte finales de copa UEFA o treinta Ali-Frazier.
      Para asegurarse de la excepcionalidad de la contienda el mismo millonario confeccionó las bases y condiciones. Se invitaba a todo adulto mayor de 18 años a participar. La extensión a correr será de 12 kilómetros. Como condición sine qua non el participante deberá presentarse sin zapatillas. El millonario remarcó con tinta roja la palabra zapatilla. 
Tal era su emoción al escribir en rojo que agregó: ni remera, ni pantalón, ni ninguna clase de ropa. O sea desnudo. Una maratón de personas desnudas.
      Por curioso que parezca, muchas personas se inscribieron. No faltaron los exhibicionistas, tampoco aquellos que lo  pensaron como una oportunidad de ver en vivo y en directo un par de genitales humanos. Todo cierto.
      Otra cuestión, aún más peculiar, fue la correcta sujeción de todos los participantes al resto del reglamento. No era la típica carrera. Era el puto evento del siglo y eso necesitaría televisación exclusiva. Para ello se colocaron diez cámaras en cada participante, para observar el desarrollo de la competición en tiempo real. 
      Además, una última cuestión. No fue, repito, la típica carrera. No solo fue requisito la desnudez. Otro pasaje en rojo explica: "para hacerse ganador de maratón es necesario arrastrarse como una serpiente, es obligatorio que todas las partes del cuerpo froten el piso desde el punto de partida hasta el de llegada"
      Hubo un ganador, quince heridos, setenta y ocho muertos y dos corredores ilesos. El millonario volvió a repetir la convocatoria al año siguiente y la cantidad de anotados se duplicó. Tal como se prometió, fue el evento del puto siglo.

lunes, 2 de mayo de 2016

Día 715: Viva el show

      El cráneo se salió para afuera. La piel se escondió. Y las neuronas volaron por el éter. Nada de la cabeza quedó en pie, al menos nada como se la conocía. Explotó, esa es la palabra. A veces las palabras se quedan secas. Secas de entendimiento. Y de todo lo demás. Pero eso es otra cosa. Lo importante es la cabeza. La que ya no está.
      Después hay un cuerpo, por debajo del muñón. Hombre sin cabeza, le suelen decir. Deshombre, si existe el término, o exhombre, porque ya no es. Pero para que devanar un cerebro que ya no es en términos sin sentido. Una extremidad está perdida, y eso es todo. Vayamos a lo que es.
      Lo que es. La muerte. Eso es. Siempre será. Puede ser un futuro irreflexivo. Una necesidad imperiosa de la carne, de envilecer. La muerte pertenece y en ella recorta el pedazo a su antojo. Fue a la cabeza y por el resto. Que vuelen vísceras y viva el show. 

domingo, 1 de mayo de 2016

Día 714: Recursos agotados

      Los hombres dijeron adiós. Marte, en todo su esplendor, ahora era una tumba. Lo arruinamos, una vez más, ese es el pensamiento que flotaba entre los hombres que abandonaban al antiguo planeta rojo, ahora verde como una lechuga.
      El plan de marcianoxigenación fue un éxito. Las bombas irradiaban oxígeno desde hace veinte años a la fecha. Los árboles ayudaban al propósito. La nueva Tierra fue una realidad en menos de lo esperado.
      Pero no llevó otro tanto de tiempo para que los hombres lo arruinaran, tal como lo hicieron en la Luna o en Venus. Todos fracasos comprobados y datados en grandes libros de historia. Marte fue un desastre peor. Jugar con oxígeno es cosa muy seria. Sobre todo cuando se utilizan cantidades planetarias. Un mal manejo puede tener el efecto devastador de quinientos mil bombas atómicas.
      Bueno, en Marte no pasó eso, pero igual fue un mal manejo energético. De los peores conocidos por el hombre, eso es seguro.
     El plan de contingencia señaló las coordenadas. Júpiter. Próximo destino. Pronto, quizás dentro de unos cien años, el sistema solar quedará chico. Es una promesa.

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