viernes, 6 de mayo de 2016

Día 719: El almacén de la Alhambra

      El puesto del comerciante a la vista decía poco. Solo unas cuantas reliquias carcomidas por el polvo. Las paredes del palacio ensombrecía cada uno de los productos exhibidos. Además el comerciante tenía mal aliento. La suma de todas las codas daba por casi negocio abandonado al lugar.
      Un transeúnte paseaba por el mercado. Tenía toda la pinta de extranjero. Las aves de rapiña lo seguían con los ojos. Era fin de mes y el bolsillo de unos cuantos estaba flaco a la espera de una hipotética venta. El hombre pasó por alto tales detalles, solo quería un recuerdo para su amada esposa. 
      Sus manos tocaban las reliquias con el cuidado requerido para tal menester. Tenía aspecto de antropólogo o algo así. Quizás escribe un libro, le susurró al oído el vecino de Ahmed. Ahmed no lograba salir de su estado de ensoñación. Ese hombre debe tener un gran capital para dejar vacía mi tienda.
      El sueño de Ahmed se esfumó pronto. El hombre siguió su camino y saludó con la cabeza al comerciante del negocio de paredes ensombrecidas. Pocos ahí conocían a este vendedor. No era dado a la conversación. Fumaba todo el tiempo una pipa de madera mientras se dejaba llevar por desconocidas cavilaciones.
      Tengo lo que necesita, dijo el comerciante con una voz estruendosa que asustó a más de uno en el mercado. Lo sé, respondió el supuesto antropólogo. Sostenía en su mano un objeto de metal con unas tuercas blancas giratorias. Es del futuro, dijo el comerciante, pertenecerá a un automóvil. Lo sé, volvió a repetir el hombre al tiempo que apuntaba con un revólver láser a la cabeza del comerciante. Deme las llaves, ¡LAS LLAVES! Una pelea entre ambos se suscitó en cuestión de segundos. Todos observaban desconcertados. Objetos de extraña procedencia volaban por doquier. Televisores, radios y computadoras, todos aparatos con la indicación de precio. Inventos de un futuro distante, ocho siglos adelante, para ser precisos. 
      Un gran agujero con forma de remolino se abrió a espalda de los hombres involucrados en la pelea. Poco a poco empezó a engullirse el negocio de paredes ensombrecidas, junto con su dueño y su primer cliente en años. Nadie volvió a saber de ellos.

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