martes, 10 de mayo de 2016

Día 723: Aire negro

      La calesita giró hasta que el parque murió. Restos de pochoclo alimentaron a las fieras y el pasto avanzó sobre las principales diversiones. Los dueños optaron por buscar sus ganancias en otro emprendimiento, así dijeron. Al menos ese fue el comunicado oficial. Con la clausura del parque fueron a parar al tacho más de treinta años de historia.      
      No fue mucho tiempo después cuando se descubrió lo del asesinato. Allá adentro mataron a alguien, fueron las primeras voces que se escucharon. Rumores. Iban de acá para allá. Inventaban una cosa, luego la retocaban. Y si surtía efecto se inventaba otra. Así es como poco a poco el parque de diversión del pueblo fue adquiriendo una dimensión mítica. 
      Antes alimentaban a los animales con fetos humanos. Puertas adentro practicaban canibalismo. El dueño del parque era un pederasta. Tenían una habitación destinada a los placeres más aberrantes. Y zonas libres donde la droga y los objetos sexuales manaban como agua de catarata. Por supuesto gran parte de estas afirmaciones eran mentiras. 
      Pero uno entre tantos rumores si era cierto. Uno que refería acerca de ciertas costumbres extrañas del dueño. El hombre perdió una apuesta y con ello, gran parte de su vida. Jugó con fuerzas oscuras y terminó arrastrado a una oscuridad inevitable. 
      La realidad se entreteje con el mito y parte de las mentiras se vuelven verdades a fuerza de ser repetidas. El hombre dio paso a las sombras para ser su propia sombra. Se acogió al abandono de su propio parque y su alma se resquebrajó el miles de pedazos, los cuales cayeron como lluvia sobre el parque, impregnando el lugar con la totalidad de su esencia. La calesita dio un par de vueltas más. Para ese entonces, en su muerte, el parque siguió vivo al respirar aire negro.

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