sábado, 14 de mayo de 2016

Día 727: De lo múltiple y lo mucho

      La lanza atravesó el duodeno del gladiador antes que el César emitiera un veredicto. Pocos sabían que el hombre que había peleado con tanto ahínco por su vida era de hecho el mismo César. Ese hombre que hasta ayer comandaba los destinos de Roma ahora chorreaba sangre por toda la arena.
      El público, aturdido por semejante revelación, poco se preocupó por indagar las causas que llevaron al soberano a terminar de ese modo. La pregunta que nacía de sus corazones es, ¿quién es el impostor que ocupa el asiento del emperador en el circo? Aunque parezca curioso, el César era el hombre sentado. Dos César, un imposible. Alguien miente. Pero no, en la carne y la palabra ambas personas respondían a las características que se esperaba encontrar en un César.
      El asunto habría quedado en esa tarde de no ser por la aparición de un tercer César mendigando en la calle. Luego el cuarto, desnudo y a los gritos en el Foro, borracho, seguro. Y un quinto, y un sexto. Quince César de acuerdo a los recuentos de un tribuno. 
      Dentro de las puertas del palacio un hombre tomaba su baño. Un baño especial, con burbujas. Rojo era el color del agua. Las carnes se asociaban para formar nuevos cuerpos. Y allá salía el decimosexto, y el decimoséptimo, así hasta poblar Roma. 

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