jueves, 19 de mayo de 2016

Día 732: Post-torta de cumpleaños

      De vez en cuando el invierno vuelve y se queda. Con el frío y todo. Así, con la desolación prefigurada en un recinto de cuatro paredes, el conde Drácula se dispuso a beber su último vaso de sangre. Las noticias corrieron rápido, muy rápido por Transilvania. Es el conde, es el conde, ¿se murió? ¿se casó? no, va a entrar en un programa de rehabilitación para vampiros adictos.
      Así que adiós aperitivos de mañana. Chau a las deliciosas mujeres suministradoras de almuerzos. El cambio de dieta, aunque parezca poco creíble, favoreció a Drácula. Su tolerancia a la luz mejoró en un ciento por ciento. Lo mismo con la piel, que comenzó a adquirir una preciosa coloración rosada. Las horas de sueño pasaron a ser las horas de vigilia. Y viceversa. Podría decirse que el Conde era casi humano. Bueno, casi.
      Todavía estaban los colmillos. Y el fantasma, por supuesto. El fantasma demandaba un regreso glorioso a la antigua rutina. Era el encargado de recordarle que tan sobrio se podía encontrar una tarde de domingo sentado en una reposera del castillo, tomando sol, con un vaso de te helado en la mano y el diario de variedades transilvanas en la otra.
      Usted es más que esa caricatura, Conde, le susurraba el fantasma a sus oídos puntiagudos. Luego colocaba su cuello fantasmal en las fauces de Drácula y lo instigaba a beber de su sangre espectral. Actos inútiles, por cierto.
      El Conde Drácula no tardó en demostrar su escondida belleza al mundo. Sus encantos cautivaban a cualquier transilvana soltera. Incluso era objeto de alabanza de sus nuevos pares, los hombres. Días y noches, catervas de personas, atraídas por su antigua leyenda, caían al castillo ofreciéndole su amor incondicional.
      El desencanto ante su retiro no tardaba en aparecer. Pocas personas siguieron fiel a pesar de sus nuevos hábitos. A los pocos meses el conde se puso de novio con una bella muchacha llamada Anna. Con ella descubrió el amor en toda su dimensión. 
      El casamiento entre ellos fue un hecho casi inevitable. Hubiera ocurrido de no ser por ese fatídico día en que el Conde enfermó. Sin dilaciones fue llevado al Hospital de la ciudad en donde los médicos más prestigiosos de Rumania trataron de salvarle la vida. Y fue una pena, porque sobrevivió. Se necesitaron varios dadores de sangre para realizar las transfusiones necesarias. Es sabido que, como algunas prácticas humanas, hay vicios que nunca se dejan atrás. El conde abrazó la oscuridad y, por más curioso que parezca, pudo ver la luz.

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